El dictador Bashar al-Asad se sale con la suya y gana las elecciones

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Por Mohamed Sahli
La guerra en Siria ha causado la muerte de más de 160.000 personas y el desplazamiento de millones de sirios. Según la ONU, más del 40% de los 22 millones de sirios que vivían en el país antes de la guerra han huido de sus pueblos y ciudades o se han exiliado. Sólo en Líbano y Turquía viven en condiciones difíciles unos 2 millones de sirios. Al dictador de Damasco, Bashar al-Asad, que pertenece a la minoría alauí (el 10% de la población siria), no le importa el sufrimiento de su pueblo. Tiene el apoyo de Irán y Rusia, sabe que Estados Unidos y Europa no han podido ponerse de acuerdo para imponer una solución política al conflicto sirio, se aprovecha de las divisiones de la oposición y utiliza demagógicamente los desastres causados por el terrorismo yihadista con un solo objetivo: mantenerse en el poder. Cueste lo que cueste. Su padre, Hafez al-Asad, oprimió y reprimió a su pueblo durante casi 30 años, de 1971 a 2000. Siguiendo las directrices totalitarias del Partido Baath Árabe Socialista, el padre implantó una brutal dictadura en Siria, que contó con el apoyo de una parte del campo socialista mundial en tiempos de la URSS. Su hijo, aunque prometió cambios políticos, siguió el mismo camino. Para mantenerse en el poder a pesar de la guerra, necesita una cierta legitimidad de cara a sus seguidores. Por eso organizó elecciones presidenciales, para ganarlas. “Sirios apoyan a Bashar al-Asad en comicios presidenciales”, asegura  la Agencia Cubana de Noticias (ACN), que depende de la dictadura comunista de los hermanos Castro. Hay pocas dudas de que en medio de fuertes medidas de seguridad y con una sangrienta guerra civil como telón de fondo, muchos sirios de la parte del país controlada por el régimen acudieron con miedo a las urnas el 3 de junio para reelegir a al-Asad como presidente. Al-Asad, que controla el poder político y los medios, obtiene un tercer mandato para gobernar por otros siete años, pese a las críticas al proceso electoral. Para el Gobierno se trató de un “día histórico”, mientras que la oposición calificó los comicios  de “farsa”. Por su parte, la portavoz del Departamento de Estado norteamericano, Marie Harf, dijo que las elecciones presidenciales en Siria fueron una “desgracia” y calificó a al-Asad como un “dictador brutal” que ya “no tiene más credibilidad”.
 
Comicios sin garantías
El régimen de Damasco “negó intencionalmente a millones de sirios el derecho al voto y continúa la masacre del electorado que afirma representar y proteger”, aseguró la portavoz del Departamento de Estado.  En Bruselas, el secretario general saliente de la OTAN, Anders Fogh Rasmussen, dijo que los comicios fueron una “farsa”, porque “no cumplen con las normas internacionales para elecciones libres, limpias y transparentes”. El presidente dictador votó junto con su esposa Asma en el centro de  Damasco.“Qué Dios bendiga a al-Asad”, gritaron felices los seguidores del presidente cuando éste acudió a depositar su voto en la urna en el barrio de Al Malki, en el centro de Damasco, cerca del palacio presidencial. La televisión oficial mostró imágenes de seguidores de al-Asad que llevaban fotografías del presidente mientras esperaban ante los colegios electorales. “Yo voto a la voz de Siria, Bashar al-Asad”, gritó un votante. Otros vestían camisetas con la palabra “Juntos”, el lema de la campaña del dictador de Damasco. Los comicios  sólo se llevaron a cabo en los territorios  donde las tropas fieles al dictador controlan la situación, es decir, en Damasco, en la región costera y en las grandes ciudades del país árabe. Esta vez, Al-Asad  se enfrentó electoralmente  a dos supuestos rivales, el diputado comunista Maher al-Hayar y el exministro de Estado Hasan al-Nuri, dos personajes poco conocidos y, según algunos observadores, vinculados al régimen. La verdadera oposición fue excluida de las elecciones, porque sus líderes no reconocen al poder dictatorial y luchan contra él o porque viven en el exilio. Según informaciones del Observatorio Sirio para los Derechos Humanos, el día de la votación, en algunas zonas  de Damasco se produjeron ataques de mortero. En Alepo, en el norte del país, perdieron la vida al menos 11 personas en ataques de grupos rebeldes a zonas en las que se estaban celebrando los comicios.  Parece más que evidente que muchos de los cerca de 16 millones de sirios habilitados para votar lo tuvieron difícil para acudir a las urnas o hacerlo en condiciones adecuadas.  
 
Confirmada la victoria de El-Sisi
Por otra parte, en Egipto, el exmariscal y hombre fuerte del país, Abdelfatah el-Sisi, según resultados oficiales definitivos, ganó las elecciones presidenciales con el 96,91% de los votos en unos comicios caracterizados por la elevada abstención y la represión del poder contra los partidarios del boicot. El-Sisi, que llegó al poder por vía militar hace casi un año tras derrocar al presidente electo Mohamed Mursi, ganó las elecciones pero no consiguió que una mayoría aplastante de egipcios acudiera a las urnas. Según datos oficiales, la cita electoral sólo ilusionó al 47,4% de los votantes. El islamista Mohamed Mursi, en 2012, logró el 52% de los votos. Ambos datos demuestran que Egipto está dividido y que nadie, ni los islamistas ni los laicos democráticos o autoritarios,  tienen el apoyo de una amplia mayoría social. A sus 59 años, el exmariscal podrá presidir Egipto, pero con un margen de maniobra más pequeño que el que necesitaría para abordar las grandes reformas políticas, económicas y sociales que el país necesita. Aún así, El-Sisi se mostró convencido de que tiene apoyos suficientes para reconstruir Egipto, pero advirtió que, según él, “la democracia plena tardará en llegar 20 o 25 años”.  Los comicios legislativos, que han suscitado el rechazo de la mayoría de los partidos opositores, serán un nuevo desafió para el presidente. Mientras, los Hermanos Musulmanes, que a pesar de su ilegalización siguen controlando a una parte de la población,  y otros grupos islamistas y los partidos laicos liberales y de izquierda seguirán con su labor de oposición. De momento, El-Sisi tiene a su favor el apoyo de una parte de la comunidad internacional. Arabia Saudí, el principal valedor del exmilitar, apoyó su victoria electoral y llamó a organizar una conferencia de donantes para ayudar a la recuperación de la débil economía egipcia. Por su parte, la Unión Europea (UE), que envió a muchos observadores a Egipto, ratificó la limpieza de la cita electoral. El golpe de Estado protagonizado por El-Sisi provocó la muerte de unas 3.000 personas y el encarcelamiento de 41.000.