Los kurdos: factor desequilibrante en la relación Estados Unidos-Turquía

Las tropas norteamericanas reclutaron, organizaron y entrenaron a las Fuerzas Democráticas Sirias, compuestas, entre otros, por soldados de las milicias kurdas sirias y, en concreto, por las Unidades de Protección Popular (YPG, por sus siglas en inglés)
Kurdos

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Donald Trump escribió en su cuenta de Twitter el siguiente mensaje: “We have defeated ISIS in Syria, my only reason for being there during the Trump Presidency”, lo que significa, “Hemos derrotado al ISIS en Siria, mi única razón por la que estar allí durante la Presidencia Trump”. Fue el pasado 19 de diciembre de 2018. Comenzaba, así, el proceso de retirada de los 2000 efectivos estadounidenses asentados en suelo sirio desde finales de 2015 cuyo objetivo era combatir al DAESH.

Para ello, las tropas norteamericanas reclutaron, organizaron y entrenaron a las Fuerzas Democráticas Sirias, compuestas, entre otros, por soldados de las milicias kurdas sirias y, en concreto, por las Unidades de Protección Popular – YPG, por sus siglas en inglés –, que es la milicia armada del Partido de la Unión Democrática sirio, brazo político del Partido turco de los Trabajadores del Kurdistán – PKK, por sus siglas en kurdo -. Esto provocó, entre otros factores, que se tensara la relación entre Estados Unidos y Turquía.

Fuente: IHS Markit

Para entender la complejidad del asunto es necesario dotarle del respectivo contexto geopolítico. El pueblo kurdo, cuyo origen étnico es indoeuropeo, actualmente se encuentra dispersado en 4 países – Turquía, Irán, Irak y Siria – puesto que no goza de territorio propio, al suspenderse el proyecto del Kurdistán Independiente y firmarse los tratados de Sykes-Picot, Ankara y Lausana a principios del S. XX. El hecho de no poder conformarse jurídicamente como Estado, pues es requerido el elemento territorial, ha llevado al pueblo kurdo a sublevarse, en mayor o menor medida, contra los países donde fueron instalados. Esto se ha dado especialmente en el caso de Turquía, donde existe un conflicto latente desde que, en 1984, el PKK, fundado 6 años antes, perpetrara un ataque armado asesinando a dos agentes de seguridad locales con el objetivo de reivindicar la independencia del Kurdistán turco. Hasta la actualidad, este conflicto se ha cobrado entre 30.000 y 40.000 muertes, según estiman diversas fuentes

No obstante, en Siria, la relación entre el pueblo kurdo y el gobierno de Bashar al-Assad ha estado vertebrada por un aprovechamiento en beneficio mutuo. En 2012, las YPG consiguieron hacerse con una franja de territorio al norte de Siria de mayoría kurda, proclamando la “autonomía” de dichos enclaves durante 2014. Todo esto propiciado, asimismo, por la retirada de las tropas de Bashar al-Assad de aquellos territorios, acción enmarcada dentro de la estrategia de Siria de presionar a Turquía por el apoyo de este último país a la oposición del régimen de Damasco.

De hecho, el pasado 28 de diciembre, las YPG solicitaron al gobierno sirio protección en el enclave de Manjib contra una posible invasión turca, anunciada por Ankara semanas antes con el objetivo de combatir a las milicias kurdas de la zona y desplegando, para ello, tropas turcas en la frontera con Siria. La respuesta del gobierno de Bashar al-Assad fue enviar a las Fuerzas Armadas a la zona e izar la bandera siria. 

El escenario se torna, si cabe, más complejo al incluir el apoyo de la coalición internacional liderada por Estados Unidos a las YPG durante la guerra contra DAESH, especialmente entre 2015 y la actualidad, lo que ha provocado el debilitamiento de los lazos entre Washington y Ankara. En un plano más pragmático, esto se ha manifestado, desde 2017, en la sucesión de sanciones económicas estadounidenses aprobadas contra intereses turcos y las respectivas contramedidas del gobierno de Tayyip Erdogan contra determinados sectores del mercado de Estados Unidos. El último episodio de tensión entre ambos países tuvo lugar el pasado 30 de enero, cuando un tribunal de Turquía condenó a un trabajador del consulado estadounidense en Adana a 4 años y medio de cárcel por mantener supuestos lazos con el PKK. 

En este sentido, la decisión de la Administración Trump de retirar a las tropas estadounidenses de Siria – en un principio en un plazo máximo de 30 días desde que se anunció la decisión el 19 de diciembre – plantea una nueva perspectiva: se podrían estar sentando las bases para el deshielo de las relaciones Estados Unidos-Turquía, puesto que la jugada de eliminar la presencia estadounidense en territorio sirio dejaría sin apoyo sobre el terreno a las YPG, de lo que se podrían beneficiar las Fuerzas Armadas turcas. En suma, el presidente turco Tayyip Erdogan manifestó ante un medio local el pasado 21 de enero su intención de aniquilar a las YPG declarando el siguiente mensaje: “Aniquilaremos a cualquiera que amenace la lucha nacional de Turquía. A las milicias les digo: no podéis depender del apoyo de Estados Unidos para derrotarnos”, proclamación que se une a las ya realizadas anteriormente por miembros de su gabinete, como es el caso del ministro turco de Defensa, Hulusi Akarquien afirmó que “Los terroristas tienen que saber que serán enterrados en las trincheras que han cavado”, refiriéndose a las YPG. 

Esta escalada de la violencia verbal ha provocado que Estados Unidos haya ido retrasando el proceso de retirada de sus efectivos de Siria. Si bien al principio se concedieron 30 días para la salida total de las tropas, el 31 de diciembre se anunció la decisión de ralentizar la retirada, alargando el proceso hasta 4 meses más, es decir, para finales de abril de 2019, lo que fue confirmado por Donald Trump en su cuenta de Twitter. En esta línea, en enero también se ha conocido que Washington ha establecido condiciones para el ejercicio de su retirada de Siria, puesto que John Bolton, asesor de seguridad nacional del presidente estadounidense, expresó durante una gira por Israel y Turquía su deseo de que no se pusiera en peligro a las fuerzas de oposición sirias – aludiendo a las YPG – que “habían luchado en el bando de Estados Unidos en la guerra contra el DAESH” y que, hasta que esto no se cumpliera, es decir, hasta que el gobierno de Erdogan no se comprometiera a respetar esta petición, – junto con la condición de la derrota total del autodenominado Estado Islámico – no se podría fijar una fecha definitiva de salida de las tropas. La respuesta turca no se hizo esperar y fue el propio Erdogan quien respondió a las exigencias de John Bolton alegando que eran “inaceptables” y que desde Washington estaban cometiendo “un grave error” al considerar a los kurdos como aliados. 

Por tanto, más allá de las palabras y de algún incidente aislado recientemente – la condena al trabajador turco del consulado estadounidense – la relación entre Estados Unidos y Turquía parece encontrarse en estos momentos en stand-by, aunque con un foco de tensión claramente localizado en Siria y en el papel que desempeñan los kurdos, especialmente las YPG. Mientras tanto, el pasado 23 de enero se reunían en Moscú el presidente turco y su homólogo ruso, Vladimir Putin, para debatir una salida al conflicto de Siria tras la anunciada retirada de las tropas estadounidenses. Habrá que ver, entonces, si este reciente acercamiento entre Turquía y Rusia podría contribuir a desequilibrar, de nuevo, la relación tan pendiente de un hilo entre Washington y Ankara.