La CAN 2025 y el vacío narrativo de los medios marroquíes
Constituyeron, más bien, un momento revelador de un conflicto más profundo: una disputa por la imagen, por el sentido y por el relato. No fue una batalla de goles y pases, sino una batalla por la conciencia, librada con palabras antes que con piernas, con discurso antes que con resultados. Y, sin embargo, los medios marroquíes —en un momento en el que se esperaba la máxima preparación— aparecieron desorientados, a la defensiva y vacilantes, como si enfrentaran un huracán simbólico con un paraguas de papel.
Esta fragilidad no nació en las gradas de la CAN 2025; se fue gestando silenciosamente a lo largo de años, cuando los medios fueron vaciados de su espíritu cultural y transformados en un mercado abierto a la banalidad. Cuando el periodista formado fue sustituido por el “influencer” efímero, el análisis profundo por el ruido inmediato y la pregunta crítica por la tendencia del momento.
El torneo no creó la crisis, pero la dejó al descubierto, como un espejo que revela las arrugas de una conciencia que envejeció antes de madurar.
Lo que se puso en la mira no fue la selección marroquí, sino la imagen de Marruecos como opción civilizatoria en un entorno convulso; como modelo de estabilidad en medio del caos regional; como Estado que ha acumulado un capital diplomático y geopolítico que incomoda a muchos.
Sin embargo, la respuesta mediática no estuvo a la altura del desafío, porque las herramientas disponibles no fueron concebidas para este tipo de confrontación. ¿Cómo puede un sistema mediático desprovisto de intelectuales y cargado de rostros de consumo rápido librar una guerra de relatos frente a medios profesionales, combativos y atravesados por agendas políticas explícitas?
El periodismo no es solo transmisión de noticias: es construcción de conciencia, elaboración de un relato y custodia de la imagen del Estado en el imaginario colectivo. Cuando se reduce a un eco de tendencias o a un espacio de disputas estériles, abdica de su función estratégica.
Los medios públicos, llamados a ser el brazo simbólico del Estado en la defensa de sus intereses inmateriales, parecieron limitarse a un cumplimiento administrativo frío: sin visión, sin profundidad, sin un discurso persuasivo.
Más peligroso que el ataque es la ausencia de una respuesta inteligente: aquella que desarma el discurso adverso en lugar de limitarse a lamentarlo; la que convierte la hostilidad en materia de análisis y no en motivo de desconcierto. Un medio sin proyecto intelectual no puede sostener una posición; un medio que no invierte en la razón seguirá prisionero del instinto.
Desde la observación profesional y la experiencia cotidiana con un discurso mediático que huye de las preguntas de fondo hacia la excitación superficial, se impone una cuestión largamente postergada: ¿existe realmente una voluntad política para reestructurar el sector? No parches técnicos ni cambios cosméticos, sino un proyecto profundo que restituya el lugar del periodista cultivado, del analista capaz, del discurso que combine audacia y conocimiento, patriotismo y crítica, defensa de la imagen del Estado sin caer en la propaganda vacía.
El problema no es la escasez de plataformas, sino la naturaleza del discurso dominante. La banalidad no se impuso por la fuerza; se le abrió la puerta en nombre de las “audiencias” y del “engagement”.
Así, los medios se convirtieron en espejo de la superficialidad social en lugar de instrumento para educarla. Tenemos voz, pero hemos perdido el lenguaje. Tenemos plataformas, pero carecemos de sentido.
La paradoja más dolorosa es que Marruecos cuenta con medios serios, de enfoque profesional y analítico, que sobreviven en los márgenes sin apoyo institucional, sin publicidad equitativa ni protección económica, porque no dominan el lenguaje del espectáculo ni el comercio de la banalidad.
Trabajan impulsados por la convicción de que el periodismo es una misión y no una mercancía, pero se les deja competir solos en un mercado desigual donde vence quien grita más, no quien piensa mejor.
En una era en la que la información se ha convertido en arma, el Estado no puede mantenerse neutral en la batalla por la conciencia. Apoyar al periodismo serio no es un privilegio, sino una necesidad estratégica. Invertir en el periodista formado no es un lujo, sino una garantía de seguridad simbólica.
Los Estados no se miden solo por su poder militar o económico, sino por su capacidad de proteger su imagen, articular su relato e imponer respeto en el espacio público global.
La CAN 2025 no fue solo un torneo; fue una prueba para el sistema mediático. Y dejó claro que la falla no está en el acontecimiento, sino en la estructura.
No padecemos falta de medios, sino de visión; no escasez de voces, sino ausencia de sentido.
La pregunta real no es: ¿quién atacó a Marruecos?
Sino: ¿por qué no estábamos preparados para responder como era debido?
Porque un periodismo sin proyecto cultural no libra batallas civilizatorias.
Y un periodismo que pacta con la banalidad es incapaz de defender a un Estado que acumula logros.
Un periodismo que calla cuando debe hablar no protege a la nación: deja su imagen expuesta, desnuda, a merced de la hostilidad.