Epstein, WikiLeaks y Snowden: el poder al desnudo

Jeffrey Epstein aparece en una fotografía tomada para el registro de delincuentes sexuales de la División de Servicios de Justicia Penal del Estado de Nueva York el 28 de marzo de 2017 - División de Servicios de Justicia Penal del Estado de Nueva York vía REUTERS

Los documentos de Epstein no fueron, en su esencia, una simple escandalosa historia moral protagonizada por un individuo depravado o una red aislada de explotación sexual

Constituyeron, más bien, una ventana adicional —quizá la más cruda— hacia la estructura profunda del sistema internacional que gobierna el mundo. Un sistema que no se sostiene únicamente sobre Estados, ejércitos y tratados, sino sobre redes de influencia, chantaje, intercambio de secretos y una cuidadosa gestión de la suciedad bajo mesas elegantemente decoradas. 

Lo que revelan estos documentos no es menos peligroso que lo expuesto por las filtraciones de WikiLeaks o los archivos de Edward Snowden; al contrario, lo completa desde otro ángulo: el del cuerpo, el deseo y el escándalo como herramientas de Gobierno. 

El fundador de WikiLeaks, Julian Assange, sale del Tribunal de Distrito de los Estados Unidos después de una audiencia, en Saipan, Islas Marianas del Norte, EE. UU., el 26 de junio de 2024 - REUTERS/KIM HONG-JI 

Desde el momento en que fragmentos de los archivos de Epstein comenzaron a salir a la luz, quedó claro que el asunto trascendía a una sola persona o a una isla aislada. Estamos ante un archivo de relaciones complejas que entrelaza el dinero con la política, los servicios de inteligencia con los medios de comunicación y las élites globales con zonas grises ajenas a cualquier forma de rendición de cuentas. 

Nombres de presidentes, príncipes, multimillonarios, celebridades y altos cargos —presentes y pasados— aparecen en estos documentos no siempre como acusados directos, sino como parte de un paisaje global contaminado, donde la proximidad al poder genera una inmunidad tácita. 

Es precisamente aquí donde Epstein converge con WikiLeaks y Snowden. En los dos últimos casos se reveló el rostro del sistema de seguridad global: la vigilancia masiva, el espionaje generalizado, la conversión de la privacidad en una ilusión y de la democracia en una fachada técnica. 

En los documentos de Epstein emerge la otra cara de la misma estructura: cómo se gestiona a las élites a partir de sus puntos débiles, cómo la desviación moral se transforma en un instrumento de presión y, en ocasiones, en un lenguaje interno de comunicación dentro de círculos cerrados inaccesibles para los ciudadanos comunes. 

El excontratista de la Agencia de Seguridad Nacional de EE. UU., Edward Snowden - AP/ ARMANDO FRANCA

WikiLeaks desnudó la diplomacia; Snowden expuso al Estado de vigilancia; Epstein desnuda al ser humano cuando se encuentra en la cima de la jerarquía. Los tres casos transmiten un mismo mensaje con registros distintos: el mundo no se gobierna según los valores que se enseñan en los manuales, sino a través de equilibrios turbios, líneas rojas no declaradas y acuerdos que nunca pasan por los parlamentos ni por las urnas. 

La élite internacional, tal como la revelan estos documentos, no es necesariamente racional ni moral, sino profundamente pragmática, hasta el límite de la brutalidad. Lo que la cohesiona no es la fe en la democracia o en los derechos humanos, sino la protección de los intereses, la garantía de la continuidad del sistema y la prevención de su colapso interno. Cuando la ética se convierte en un obstáculo, se la esquiva discretamente o se la transforma en un discurso destinado al consumo mediático. 

En este contexto, la pregunta deja de ser por qué se violaron las leyes y pasa a ser por qué la opinión pública se sorprende todavía. El sistema internacional no fue diseñado para ser transparente, sino para parecerlo

Las filtraciones no son la excepción, sino una disfunción temporal dentro de una maquinaria gigantesca cuyo control se ejerce con extrema precisión. Por ello, quienes revelan la verdad suelen pagar un alto precio: exilio, persecución judicial, campañas de difamación o aislamiento, como ocurrió con Snowden, con los fundadores de WikiLeaks y como hoy se intenta reducir el caso Epstein a una simple “inmoralidad privada” en lugar de abordarlo como una cuestión estructural y política. 

Lo más inquietante de los documentos de Epstein no es lo que se ha revelado, sino aquello que permanece oculto: los vacíos, las páginas censuradas, los nombres borrados y los contextos incompletos recuerdan que la verdad también se administra. El documento, por contundente que parezca, no es necesariamente inocente; puede ser utilizado para ajustar cuentas dentro de la propia élite o para reordenar posiciones de poder, no para derribar el sistema. 

El rey Carlos pronuncia su discurso mientras el presidente estadounidense Donald Trump y Catalina, princesa de Gales, escuchan durante el banquete de estado para el presidente estadounidense y la primera dama Melania Trump en el Castillo de Windsor, Berkshire, en el primer día de su segunda visita de estado al Reino Unido, miércoles 17 de septiembre de 2025 - PHOTO/ AARON CHOWN

De ahí la necesidad de vincular estas filtraciones para comprender la naturaleza del poder global contemporáneo. No vivimos bajo una “conspiración” en el sentido simplista del término, sino dentro de un sistema relativamente cerrado y extremadamente complejo, que se alimenta del secreto y se reproduce a través de las crisis. Cuando estalla un escándalo, el sistema no colapsa: se adapta, sacrifica a algunos de sus miembros y continúa funcionando. 

La paradoja es que, pese a su gravedad, estas revelaciones no provocaron revoluciones políticas en los centros de decisión, pero sí abrieron una profunda grieta en la conciencia individual. Quien leyó las filtraciones de Snowden ya no mira su teléfono del mismo modo; quien accedió a WikiLeaks dejó de creer con facilidad en el discurso diplomático; y quien siguió el caso Epstein comprendió que la “élite” dista mucho de ser un modelo ético. 

Ahí reside el verdadero valor de estos documentos: no en derribar Gobiernos, sino en derribar ilusiones. En exponer la relación distorsionada entre poder y ser humano, y en demostrar que el sistema internacional, por sólido que parezca, se asienta sobre una fragilidad moral profunda. Una fragilidad que no amenaza necesariamente su continuidad, pero sí desnuda su verdadera naturaleza. 

No estamos ante un mundo completamente secreto ni ante uno plenamente transparente. Estamos frente a un sistema que gobierna a veces mediante documentos, a veces mediante escándalos y, la mayoría de las veces, mediante el silencio. Entre Epstein, WikiLeaks y Snowden se dibuja así un mapa no escrito del poder: un mapa que revela que quienes gobiernan el mundo no lo hacen por ser los mejores, sino por ser los más capaces de ocultar su propia corrupción… o de administrarla con inteligencia. 

Abdelhay Korret, periodista y escritor marroquí