De Gaza a Groenlandia: el ala de la mariposa que reconfiguró el orden mundial

Miembros del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas - REUTERS/ EDUARDO MUÑOZ
La guerra de Gaza no puede leerse como un episodio más dentro del prolongado conflicto palestino-israelí, ni como una crisis regional de impacto limitado

Su verdadero significado es sistémico: ha puesto en evidencia la fragilidad estructural del orden internacional nacido tras la Segunda Guerra Mundial y la incapacidad de las instituciones multilaterales para responder a los desafíos del presente. 

Desde la invasión de Irak en 2003, el principio fundamental que sostenía la arquitectura jurídica global —la prohibición de la guerra fuera del marco de la legalidad internacional— comenzó a erosionarse. Aquella intervención, realizada sin autorización del Consejo de Seguridad y basada en argumentos posteriormente desmentidos, marcó el inicio de una era en la que la fuerza volvió a imponerse sobre la norma. Gaza ha confirmado que ese proceso no fue una anomalía, sino una tendencia. 

La respuesta internacional ante la devastación humanitaria en la Franja ha sido, en el mejor de los casos, retórica. El Consejo de Seguridad permanece paralizado por el uso político del veto, mientras que las Naciones Unidas carecen de mecanismos efectivos para imponer sus resoluciones. Esta desconexión entre el discurso legal y la realidad sobre el terreno ha debilitado gravemente la credibilidad del sistema multilateral. 

Palestinos caminan entre los escombros de edificios destruidos, en medio de un alto el fuego entre Israel y Hamás, en la ciudad de Gaza, el 19 de noviembre de 2025 - REUTERS/ DAWOUD ABU ALKAS

Más allá de la tragedia humanitaria, Gaza ha revelado una crisis de coherencia moral en Occidente. Los principios de derechos humanos y protección de civiles se aplican de forma selectiva, subordinados a intereses estratégicos. Esta doble moral no solo daña la legitimidad internacional, sino que alimenta la percepción de un orden global injusto y asimétrico

En este contexto de desconfianza estructural, resurgen enfoques políticos basados en el unilateralismo. El trumpismo, más que una figura personal, representa una doctrina: priorizar la fuerza, la presión económica y la negociación transaccional por encima del multilateralismo. Las recientes declaraciones sobre Venezuela, América Latina y Groenlandia reflejan una visión geopolítica que normaliza la lógica de la influencia directa sobre la soberanía de otros Estados. 

La propuesta de adquirir Groenlandia, aunque presentada como una operación pragmática, puso en cuestión un principio esencial del sistema occidental: el respeto a la soberanía entre aliados. Cuando un miembro de la OTAN ve su integridad territorial tratada como un asunto negociable, la credibilidad de la Alianza Atlántica entra en una zona de incertidumbre

Un miembro de las Fuerzas Armadas francesas camina sobre el hielo durante un ejercicio militar en el que participan unidades de la guardia nacional danesa, sueca y noruega, junto con tropas danesas, alemanas y francesas, en Kangerlussuaq, Groenlandia, el 17 de septiembre de 2025 - REUTERS/ GUGLIELMO MANGIAPANE

Al mismo tiempo, la guerra en Ucrania continúa redefiniendo la seguridad europea. Lejos de ser un conflicto con horizonte de resolución, se ha convertido en un escenario de desgaste prolongado, con impactos económicos, energéticos y estratégicos que afectan al conjunto del sistema internacional. Ni la diplomacia multilateral ni los marcos institucionales existentes han logrado generar una salida sostenible. 

En paralelo, China avanza con una estrategia de influencia silenciosa. Sin recurrir a discursos ideológicos universales, Pekín consolida su presencia mediante inversiones, tecnología y expansión comercial. En un mundo donde la legitimidad moral se debilita, el rendimiento económico se convierte en una herramienta de poder más eficaz que cualquier retórica. 

Gaza, en este sentido, no es el origen de la transformación global, pero sí su catalizador simbólico. Ha expuesto las contradicciones del orden vigente y ha acelerado una transición hacia un sistema más fragmentado, menos normativo y más competitivo. 

Un vehículo de la Cruz Roja, escoltado por una furgoneta conducida por un militante de Hamás, se mueve en un área dentro de la llamada línea amarilla a la que las tropas israelíes se retiraron bajo el alto el fuego, mientras Hamás dice que continúa buscando los cuerpos de los rehenes fallecidos capturados durante el ataque del 7 de octubre de 2023 contra Israel, en la ciudad de Gaza, el 12 de noviembre de 2025 - REUTERS/ DAWOUD ABU ALKAR

Las Naciones Unidas, concebidas como garante del equilibrio internacional, operan hoy más como foro de debate que como actor con capacidad ejecutiva. 

Sin una reforma profunda de su estructura de gobernanza, especialmente del Consejo de Seguridad, su influencia seguirá disminuyendo frente a las dinámicas de poder real.
No estamos ante un nuevo orden mundial claramente definido, sino ante una fase de transición caracterizada por la incertidumbre, la erosión de normas y la reconfiguración de alianzas. El sistema no colapsa de forma abrupta; se desgasta gradualmente, excepción tras excepción. 

El conflicto de Gaza ha funcionado como un espejo incómodo: ha mostrado que el derecho internacional ya no garantiza protección efectiva a los más vulnerables. En un entorno donde la fuerza y los intereses estratégicos pesan más que la legalidad, el equilibrio global se vuelve cada vez más inestable

Vivimos un momento de redefinición histórica. Comprender estas dinámicas no es solo una tarea académica, sino una necesidad estratégica para anticipar el rumbo de un mundo que se aleja, de forma irreversible, del modelo surgido en 1945.

Abdelhay Korret, periodista y escritor marroquí