Madrid y Rabat: el fin del miedo y el nacimiento de una alianza racional
Mientras la derecha ultranacionalista de Vox intenta revivir viejas tensiones, el Gobierno español reafirma una visión pragmática: Marruecos no es una amenaza, sino un socio estratégico imprescindible para la estabilidad del Mediterráneo occidental.
Durante una sesión de la Comisión Mixta de Seguridad Nacional en el Congreso, el director del Gabinete de la Presidencia del Gobierno, Diego Rubio, fue categórico: las relaciones bilaterales viven “uno de sus mejores momentos históricos”, pese a las “diferencias naturales” entre vecinos. Con estas palabras, Rubio desmontó la narrativa del diputado de Vox, Ignacio Gil Lázaro, quien insinuó que Rabat desarrolla “estrategias híbridas” para desestabilizar a España a través de la migración irregular y la modernización de sus Fuerzas Armadas.
El discurso de Rubio no fue solo una respuesta política, sino un posicionamiento estratégico. Al negar cualquier escenario de conflicto y afirmar que “no existe ningún enfrentamiento oculto” entre ambos países, el Gobierno español envió un mensaje claro: el futuro de la región depende de la cooperación y no de los miedos fabricados por los extremismos. Marruecos, dijo, es “vecino, amigo y socio estratégico”.
En el fondo, lo que perturba a Vox no es el Marruecos real, sino el simbólico. Les incomoda la idea de un país del sur que ya no acepta la lógica de subordinación, que se presenta en el tablero internacional como una potencia emergente, capaz de dialogar con Europa desde la paridad. El “miedo al otro” no es más que la sombra del viejo reflejo colonial, reeditado en clave populista.
El Gobierno español, sin embargo, ha comprendido algo que la extrema derecha se niega a aceptar: que la estabilidad del norte depende del equilibrio en el sur. Marruecos se ha consolidado como un actor de orden, pieza clave en la gestión migratoria, la lucha antiterrorista y la cooperación económica. Pensar en Rabat como una amenaza equivale a desconocer la nueva geografía política del siglo XXI, donde las fronteras ya no se defienden con muros, sino con alianzas.
Desde el reconocimiento español al plan de autonomía marroquí como “solución realista y creíble” al conflicto del Sáhara, las relaciones entre Madrid y Rabat han alcanzado un punto de madurez diplomática que se traduce en cifras: más de 20.000 millones de dólares anuales en intercambios comerciales, una cooperación migratoria sin precedentes y un crecimiento sostenido en los sectores energético y logístico.
En este contexto, las acusaciones de Vox sobre un supuesto “peligro marroquí” suenan anacrónicas. Representan el eco de una España que ya no existe: una España que miraba al sur con desconfianza y superioridad moral. Hoy, la realidad es distinta. Marruecos no solo es un socio necesario, sino también un espejo donde España redescubre su propio lugar en el Mediterráneo: el de una nación que necesita construir seguridad compartida, no imaginarios de enemistad.
El discurso de la amenaza es cómodo, pero estéril.
Alimenta miedos y sirve para distraer de los problemas internos: la desigualdad, el desempleo, la polarización social. Por eso Vox insiste en fabricar enemigos simbólicos: el migrante, el musulmán, el vecino del sur. Pero la política exterior no se guía por fantasmas, sino por intereses concretos, y el interés español se llama cooperación con Marruecos.
En definitiva, la afirmación de Diego Rubio no es una simple declaración diplomática. Es la constatación de que el eje Madrid-Rabat se ha convertido en un pilar de estabilidad regional. Frente a los discursos de confrontación, ambos gobiernos apuestan por la gestión racional de sus diferencias y por una interdependencia que beneficia a ambos pueblos.
El futuro del Mediterráneo no pertenece a quienes gritan desde el miedo, sino a quienes comprenden que la historia ya cambió.
Marruecos y España lo saben: el tiempo de las sospechas ha terminado, y el verdadero desafío ahora es construir una frontera que no separe, sino que conecte.