Núremberg: el conflicto de las almas entre el verdugo y el psicólogo

En el corazón de los juicios de Núremberg, más allá de los documentos legales, se revela un conflicto profundo: la confrontación entre la mente humana y la sombra del mal

La película Núremberg no solo reconstruye los hechos posteriores a la Segunda Guerra Mundial, sino que invita a explorar la psicología de quienes ejercen el poder y la conciencia de quienes los analizan, mostrando que el mal puede ocultarse tras la apariencia de civilización y racionalidad. 

El mal no surge de manera instantánea. Se manifiesta en la capacidad de transformar errores en rituales cotidianos y en convencer a la propia conciencia de servir a una causa superior mientras se perpetra la destrucción. La película refleja esta dinámica, convirtiéndose en un espejo para comprender la mente humana frente al poder, la arrogancia narcisista ante la ley y la soberbia frente a la conciencia. 

La interacción entre Hermann Göring, segundo al mando del Reich, y el psicólogo estadounidense Douglas Kelley, encargado de analizar los motivos de los acusados, trasciende el diálogo. Es un desafío para leer la mente humana, reconocer sus debilidades y medir la magnitud del mal en personalidades que, aparentemente, parecen equilibradas. Desde la primera aparición de Göring, aferrado a sus pertenencias como si el mundo entero le perteneciera, su narcisismo destructivo queda al descubierto. Cada palabra y gesto se convierte en prueba de poder y conciencia, en un cálculo preciso del mal bajo la superficie del control. 

Los enfrentamientos entre Kelley y Göring se desarrollan como duelos intelectuales, balanceándose entre la tensión silenciosa y la excitación contenida, sin recurrir a estallidos dramáticos. La fuerza del relato reside en mostrar que el mal se integra en la rutina diaria y que enfrentarlo exige descifrar la mente humana y reconocer las sutilezas de la manipulación.
Russell Crowe, en el papel de Göring, logra que su personaje trascienda la historia: su presencia física y psicológica domina la escena, transformando gestos y mirada en símbolos de poder absoluto. 

Kelley, bajo esa sombra, mantiene un perfil discreto pero empático, mostrando que el enfrentamiento no es solo entre bien y mal, sino entre imponer presencia y comprender la mente humana.
Un momento clave ocurre en el diálogo entre Kelley y el juez Robert Jackson, quien señala que los crímenes mayores comenzaron con leyes antisemitas antes de la guerra, y que su desenlace inevitable se encuentra en la sala de juicio. Este pasaje añade una dimensión ética al relato, equilibrando el análisis psicológico con la reflexión histórica y legal. 


Aunque la película a veces traza paralelos históricos, nunca pierde el foco en el conflicto psicológico. El ritmo pausado, coherente con los años 1945 y 1946, sugiere que la guerra real no terminó con la rendición; se trasladó a los tribunales, a las almas y a los detalles de victoria y derrota. Cada movimiento del líder que no reconoce sus errores y cada esfuerzo de la justicia por desmontar su leyenda reflejan la guerra psicológica que persiste tras la guerra física. 

Rami Malek, como Kelley, controla sus emociones sin artificios, otorgando verosimilitud a su personaje. Michael Shannon, como fiscal, aporta un peso moral evidente. La película se convierte así en un estudio sobre la naturaleza del mal, la comprensión de la mente humana y el equilibrio entre fuerza, astucia y conciencia.

Núremberg demuestra que el mal no es un acto aislado, sino la acumulación de decisiones pequeñas combinadas con narcisismo y soberbia en momentos históricos precisos. Su fuerza radica en mostrar cómo se forma, se interpreta y se analiza, y cómo se integra en la conciencia humana, no mediante estallidos dramáticos, sino a través de la tensión constante entre presencia y poder, arrogancia y orden, entre verdugo y psicólogo, entre historia y percepción. 

Aquí, el juicio no es solo legal: es una lección sobre poder, una exploración de la naturaleza del alma humana y una invitación a reflexionar sobre cómo resistir al mal. Crowe representa el dominio absoluto; Kelley, la introspección y el análisis de motivos. La película es, sobre todo, un viaje al interior de la mente humana, un testimonio del cine como herramienta de impacto psicológico y una reflexión sobre la naturaleza del mal en cada instante de calma dentro de la sala de juicio.

Abdelhay Korret, periodista y escritor marroquí