Tinduf y la sombra del eje Teherán–Hezbolá
Esto es exactamente lo que ocurre con la visita que realizaron figuras religiosas del Líbano y Siria a los campamentos de retenidos en Tinduf, una visita que podría parecer ordinaria a simple vista, pero que en realidad se asemeja a una ventana abierta hacia una red de influencia que se expande silenciosamente en el norte de África.
Los rostros que aparecieron en las fotografías, el entorno organizativo que rodeó a la delegación y los lugares donde fue recibida, son todos detalles que indican que no se trató solo de un protocolo religioso, sino de un paso calculado dentro de un itinerario que vincula a la milicia del Polisario con el eje Teherán–Hezbolá, un itinerario que ya no es un secreto ni una mera acusación política, sino una realidad confirmada por informes y evidencias acumuladas durante años.
La presencia de figuras religiosas conocidas por su cercanía a las redes de Hezbolá en Tinduf demuestra que el Polisario ya no actúa únicamente como un grupo separatista en busca de reconocimiento internacional, sino como parte de un sistema de influencia que utiliza el discurso religioso como vía para legitimar su existencia y crear vínculos con un eje que trabaja para redistribuir los equilibrios de poder en la región.
La importancia particular de esta visita radica en que llega en un momento sensible en el que crecen las discusiones, dentro de instituciones estadounidenses, sobre la relación entre el Polisario e Irán. Debates que ya no se limitan al análisis, sino que se han transformado en documentos oficiales presentados por la Fundación para la Defensa de las Democracias y por informes de inteligencia anteriores sobre el entrenamiento de combatientes del Polisario a manos de Hezbolá, así como sobre el desplazamiento de algunos de ellos a los frentes de guerra en Siria y el regreso posterior de varios a otros espacios de igual peligrosidad.
El arresto de cientos de combatientes del Polisario en Siria durante el colapso del régimen allí fue uno de los momentos más reveladores de la naturaleza de este vínculo, pues demostró que el Polisario no es solo un movimiento político, sino una estructura abierta a todas las formas posibles de violencia. Esto explica, en parte, la aparición de nombres provenientes de Tinduf que terminaron dirigiendo organizaciones terroristas en el Sahel, como en el caso de Adnan Abu al-Walid al-Sahrawi, quien pasó de un proyecto separatista a un proyecto de violencia transfronteriza.
El análisis de estas interconexiones muestra que el Polisario no se ha desarrollado políticamente como lo hacen los movimientos naturales, surgidos de una base social clara; más bien, desde sus inicios ha sido una entidad frágil que siempre ha buscado tutela externa para compensar la ausencia de legitimidad interna, lo que la ha hecho susceptible a la penetración de cualquier eje capaz de ofrecer dinero, armas o apoyo simbólico, ya sea de Argelia, Irán u otros actores.
Argelia, en el centro de esta red, aparece hoy en una posición llena de contradicciones: por un lado, intenta distanciarse de las políticas de Teherán por miedo a sus repercusiones en sus relaciones con Occidente; y por otro lado, permite al Polisario un espacio abierto donde se mueven delegaciones vinculadas al eje iraní, lo que plantea interrogantes sobre la capacidad de Argelia para controlar los límites del juego que ella misma abrió.
Esta visita también se produce en un contexto estadounidense tenso, donde el Congreso debate una propuesta para clasificar al Polisario como organización terrorista, basándose en un conjunto de pruebas que vinculan al movimiento con Irán, Hezbolá y organizaciones extremistas del Sahel, además de episodios de seguridad en la región, como los ataques con misiles cerca de la frontera argelina durante la conmemoración de la Marcha Verde en 2024.
En este marco, la visita envía un mensaje no declarado: el movimiento separatista no busca únicamente alianzas políticas, sino un lugar dentro de una amplia red de influencia que se extiende desde los suburbios del sur de Beirut hasta el Sahel africano, una red que ve el norte de África como un nuevo escenario de conflicto y al Polisario como un punto de apoyo para desestabilizar la región y perturbar los equilibrios del Magreb.
Desde una perspectiva político-psicológica, esta visita revela que el Polisario, tras décadas de incapacidad para construir un proyecto político propio, ha comenzado a buscar el sentido de su existencia fuera de sí mismo y una identidad alternativa moldeada por las fuerzas que lo instrumentalizan. Ha perdido la capacidad de producir su propia narrativa y, en consecuencia, se mueve dentro de narrativas ajenas, narrativas que llevan en sí mismas un proyecto de caos más que cualquier visión clara del futuro.
En el fondo, puede afirmarse que la región se encuentra hoy frente a una nueva fase en la que el conflicto supera los límites geográficos para transformarse en un pulso por la influencia, donde la presencia iraní en Tinduf se convierte en un indicador del paso del apoyo político a la construcción de un punto de anclaje real en el norte de África.
La pregunta fundamental es si se puede permitir que un movimiento con este historial de sometimiento a potencias externas se transforme en un instrumento completo dentro de un proyecto regional que busca alterar los equilibrios de la zona. La visita, presentada por el Polisario como un acontecimiento corriente, no es sino un paso más en un proceso más profundo que revela la fragilidad de su proyecto y, simultáneamente, la magnitud de la transformación que vive la región, donde convergen los intereses de Irán, Argelia y organizaciones armadas en un mismo espacio geográfico, mientras Washington se mueve con creciente inquietud y considera que la seguridad del Sahel y del Magreb forma ya parte de su seguridad estratégica.
Así, queda claro que lo ocurrido en Tinduf no es un hecho aislado, sino una señal de una etapa más compleja en la que se reconfiguran alianzas y se entrecruzan cálculos, una etapa cuyo impacto perdurará durante años, porque cuando la geografía se mueve de esta manera, difícilmente vuelve atrás.
Abdelhay Korret, periodista y escritor marroquí