Polisario: se acabó el juego
- El cambio de paradigma de la ONU: la legalidad al servicio de la realidad
- El Polisario en un callejón sin salida estratégico
- El discurso real: un giro geopolítico importante y una oferta estratégica a Argelia
Con la adopción de la resolución 2797 por parte del Consejo de Seguridad, la comunidad internacional ha puesto fin a un ciclo, el de la ambigüedad estratégica mantenida durante décadas en torno al Frente Polisario. Este texto, de un alcance político y normativo sin precedentes, no deja lugar a dudas al consagrar la iniciativa marroquí de autonomía, que ya no es una opción, sino la única solución reconocida como base exclusiva para una solución política duradera, en pleno respeto de la soberanía y la integridad territorial del Reino de Marruecos.
Por lo tanto, este cambio de rumbo no es fruto del azar, sino el resultado de una década de paciente diplomacia real y de una estrategia de influencia metódica. Marruecos ha desplazado el centro de gravedad del debate internacional al transformar la cuestión del Sáhara de un asunto político estancado en un modelo de gobernanza territorial avanzada, basado en la estabilidad, el desarrollo y la cooperación regional. En definitiva, el Frente Polisario y su mentor, ahora privados de todo fundamento jurídico o narrativo, se encuentran diplomáticamente desarmados. Así, la ONU reconoce de facto que la realidad sobre el terreno prevalece sobre la ficción ideológica: el Sáhara marroquí es un espacio de soberanía funcional, donde la estabilidad y la prosperidad prevalecen sobre los eslóganes revolucionarios de otra época.
El cambio de paradigma de la ONU: la legalidad al servicio de la realidad
En este sentido, este giro institucional ilustra la madurez de una diplomacia marroquí ahora capaz de convertir la legitimidad histórica en legitimidad normativa. Esta transición doctrinal no es fortuita, sino que es el resultado de una estrategia coherente que combina constancia política, dominio jurídico y credibilidad económica. Marruecos ha logrado reposicionar la cuestión del Sáhara en el ámbito de las soluciones concretas y pragmáticas, donde la realidad geopolítica prevalece sobre la retórica ideológica. En esta dinámica, la votación de la resolución 2797 consagró la existencia de un frente diplomático mundial ampliado y estructurado en torno a Marruecos, confirmando que la cuestión del Sáhara ya no es una disputa regional, sino un reto global de estabilidad y gobernanza internacional. Estados Unidos, como país responsable del expediente en el Consejo de Seguridad, desempeñó un papel determinante en la formulación del texto final, consagrando por escrito la iniciativa marroquí de autonomía como única base para la negociación política. Esta posición estadounidense, respaldada tanto por la Casa Blanca como por el Departamento de Estado y un Congreso con mayoría bipartidista, se inscribe en una continuidad doctrinal: para Washington, la soberanía marroquí sobre el Sáhara es un pilar de la seguridad transatlántica y de la lucha contra el terrorismo en el Magreb y el Sahel.
En la misma línea, Francia y el Reino Unido, aliados históricos y socios estratégicos de Marruecos, han consolidado esta orientación adoptando una postura diplomática clara, al considerar que la propuesta marroquí constituye la única vía realista y sostenible, conforme a los principios de la Carta de las Naciones Unidas y a las resoluciones anteriores de la ONU. Así, París, Londres y Washington forman ahora un triángulo de estabilidad diplomática, convencidos de que la soberanía marroquí no es solo un dato jurídico, sino también una importante palanca geoestratégica para la seguridad energética y marítima del espacio euroafricano.
A esta alianza occidental se suma un amplio apoyo árabe y africano. Los países del Consejo de Cooperación del Golfo, encabezados por los Emiratos Árabes Unidos, Baréin, Arabia Saudí y Qatar, han reafirmado su apoyo constante y explícito a la integridad territorial de Marruecos, llegando hasta el punto de abrir consulados en Dajla y El Aaiún, símbolos tangibles de un pleno reconocimiento diplomático. Paralelamente, más de cuarenta Estados africanos apoyan abiertamente la marroquinidad del Sáhara, convencidos de que la estabilidad del continente depende de la consolidación de los Estados soberanos y del fin de los conflictos artificiales heredados de la Guerra Fría.
A nivel europeo, veintitrés países, entre ellos España, los Países Bajos, Hungría, Polonia, Rumanía y Croacia, han declarado que el plan de autonomía marroquí constituye la única base seria, creíble y pragmática para alcanzar una solución política definitiva. Esta dinámica diplomática dibuja un arco de reconocimiento transatlántico, apoyado en convergencias económicas, energéticas y de seguridad.
En este contexto, la abstención de Rusia y China reviste un significado geopolítico particular. Lejos de ser un rechazo, refleja un equilibrio calculado en un momento de intensa fricción con Washington sobre otros asuntos estratégicos, como Ucrania, Taiwán o la ampliación de la OTAN. Ni Moscú ni Pekín han optado por bloquear la resolución, lo que supone una señal implícita de neutralidad benévola hacia Marruecos y su enfoque y modelo de estabilidad regional. Estas dos potencias, conscientes del peso geoeconómico del Reino en los flujos Sur-Sur y en la seguridad energética atlántica, privilegian una diplomacia prudente, dejando la puerta abierta a una mayor cooperación con Rabat en los ámbitos de la logística, la seguridad marítima y los corredores africanos.
Por el contrario, la notable ausencia de Argelia en la votación se interpretó como un acto de disuasión política sin alcance diplomático real, que reflejaba la incomodidad de un régimen encerrado en su propio aislamiento estratégico. Al retirarse simbólicamente del proceso de la ONU en el momento decisivo, Argel ha confirmado su debilitamiento doctrinal y su incapacidad para influir en la escena internacional ante el creciente consenso mundial en torno a Marruecos. Este vacío diplomático actúa, por tanto, como un revelador: Argelia ya no se percibe como un actor estabilizador, sino como un factor de bloqueo en un sistema internacional que ahora valora la cooperación, la conectividad y la seguridad compartida.
El Polisario en un callejón sin salida estratégico
En este nuevo orden regional, el Frente Polisario se enfrenta a una triple erosión: política, geográfica y de seguridad. Políticamente, ya no representa nada: ninguna potencia importante reconoce a la supuesta “RASD” como Estado soberano. La Unión Europea, el Consejo de Cooperación del Golfo, Estados Unidos, Reino Unido, Francia, España y la mayoría de los Estados africanos apoyan ahora la legitimidad de Marruecos. Geográficamente, el movimiento se reduce a un microespacio bajo tutela argelina, desconectado de cualquier dinámica socioeconómica. Los campamentos de Tinduf, que antes se presentaban como símbolo de resistencia, se han convertido en zonas de sombra humanitaria donde reinan la manipulación, la represión y la desesperanza.
En materia de seguridad, el Polisario constituye hoy en día una zona gris en el corazón del Sahel, donde se entrecruzan amenazas híbridas y vacíos de gobernanza. Sus presuntas conexiones con redes de contrabando, tráfico de armas y ciertos grupos afiliados a Al Qaeda y al Estado Islámico lo convierten en una amenaza latente para la seguridad regional y los intereses occidentales en la franja sahelosahariana. Esta deriva transforma al movimiento en un actor paraestatal inestable, ahora percibido por varias cancillerías como un factor de inseguridad transfronteriza.
En este contexto, Estados Unidos podría llegar a designar al Frente Polisario como organización terrorista, basándose en la iniciativa impulsada por el congresista Joe Wilson, que cuenta con el apoyo bipartidista de representantes republicanos y demócratas. Esta iniciativa marca un importante cambio estratégico, que refleja el aumento de un consenso en Washington: el Polisario ya no es un movimiento político, sino un actor irregular con potencial terrorista, cuyas actividades comprometen la estabilidad del Magreb y el Sahel y amenazan la seguridad de las rutas energéticas y comerciales que conectan el Atlántico con el Mediterráneo.
Si se confirmara, esta evolución afianzaría la posición estadounidense en la lógica de la resolución 2797, que reconoce la soberanía de Marruecos sobre sus provincias del sur y pide una solución política basada exclusivamente en la iniciativa marroquí de autonomía. De este modo, sellaría la convergencia entre la legitimidad jurídica y la seguridad estratégica, situando a Marruecos en el centro de la lucha contra las amenazas asimétricas en el norte de África y en la región del Sahel.
Ante este vacío estratégico, Marruecos emerge como actor fundamental en la recomposición geopolítica regional. La visión real se impone como un paradigma de estabilidad: convertir el Sáhara en un centro de conectividad continental, motor de la integración económica y la seguridad colectiva. De hecho, la iniciativa real de apertura del Sahel, respaldada por las infraestructuras atlánticas de Dajla y El Aaiún, redibuja el mapa del poder en África occidental. Al articular soberanía, desarrollo e interconexión, Marruecos inscribe su acción en la lógica de su doctrina StraitBelt: transformar la soberanía en valor geoeconómico, hacer de la estabilidad una palanca de poder y de la cooperación un arma estratégica.
El discurso real: un giro geopolítico importante y una oferta estratégica a Argelia
Más allá de su alcance simbólico e institucional, el discurso de Su Majestad el Rey Mohamed VI, pronunciado tras la adopción de la resolución 2797, constituyó un momento geopolítico decisivo. Al hacer un llamamiento solemne al presidente argelino para un “diálogo sincero y fraternal, sin vencedores ni vencidos”, el soberano trasladó la cuestión del Sáhara del ámbito de la controversia al de la concertación estratégica. Este llamamiento no es un gesto retórico: se inscribe en una lógica de recomposición regional, en la que Marruecos se posiciona como fuerza de equilibrio y actor de convergencia en un Magreb fragmentado desde hace décadas.
En el plano geopolítico, esta apertura refleja un cálculo estatal lúcido. En efecto, en un entorno saheliano-mediterráneo inestable, ninguno de los dos polos magrebíes puede garantizar por sí solo su seguridad y prosperidad. Fortalecido por su legitimidad consolidada, Marruecos se propone no como rival, sino como artífice de un nuevo realismo magrebí basado en la interdependencia y la responsabilidad compartida.
Desde el punto de vista geoestratégico, se trata de un movimiento estructural de distensión, destinado a reposicionar el norte de África en el sistema internacional como un espacio de estabilidad, energía y conectividad. Esta mano tendida también supone una prueba de madurez estratégica para Argel: persistir en el aislamiento o sumarse a un proyecto regional impulsado por la confianza y la cooperación.
Por lo tanto, la ecuación está ahora clara: la estabilidad del Magreb y el Sahel pasa por el reconocimiento del liderazgo marroquí y por su voluntad de crear un ecosistema viable y promotor de la paz y el desarrollo regional. En este sentido, el Polisario, instrumentalizado durante décadas por una geopolítica de obstrucción, ya no tiene cabida en el orden regional emergente. El juego ha terminado, porque la legitimidad, la legalidad y la realidad sobre el terreno convergen ahora en una sola dirección: la de un Sáhara marroquí integrado, abierto y soberano.
En este sentido, la época de la Guerra Fría y las ilusiones separatistas ha llegado a su fin. Marruecos ha ganado no por la confrontación, sino por la coherencia estratégica, la constancia diplomática y el poder tranquilo de su modelo. Así, la resolución 2797 adoptada por el Consejo de Seguridad constituye un verdadero punto de inflexión: no se limita a consagrar la legitimidad de Marruecos, sino que reconfigura la lectura internacional del conflicto, al anclar la solución política exclusivamente en la iniciativa marroquí de autonomía. Este cambio transforma el Sáhara marroquí en un eje geoeconómico y de seguridad del espacio afroatlántico y confiere al Reino un papel sin precedentes como estabilizador regional.
Así, este discurso real, portador de una visión estratégica y moral, ha redefinido la naturaleza misma del poder marroquí en la región: un liderazgo que concilia la soberanía con la cooperación, el poder con la paz, la memoria con la modernidad. Al llamar a un diálogo “sin vencedores ni vencidos” con Argelia, el rey Mohamed VI ha inscrito a Marruecos en la matriz de las naciones que transforman la victoria en un proyecto colectivo y la soberanía en una responsabilidad compartida.
De hecho, la geopolítica del siglo XXI ya no se juega en los espejismos ideológicos, sino en el control de los flujos, la gobernanza de los territorios y la capacidad de generar seguridad y confianza. Y en este terreno, gracias a su visión real, su estabilidad política y su arraigo africano, Marruecos ha tomado definitivamente la delantera.