Irán al borde del abismo: una guerra por la libertad

Las llamas envuelven los coches tras los disturbios provocados por las pésimas condiciones económicas, en un lugar llamado Isfahán, Irán, el 9 de enero de 2026, en esta captura de pantalla de las imágenes difundidas por los medios de comunicación estatales iraníes - IRIB a través de WANA (Agencia de Noticias de Asia Occidental) vía REUTERS 
El 23 de enero de 2026, Ali Akbar Pourjamshidian, secretario del Consejo Supremo de Seguridad del régimen iraní, reveló cifras inéditas sobre la magnitud del levantamiento popular en Irán

Según sus declaraciones, las protestas se extendieron a más de 400 prefecturas en las 31 provincias del país, con cerca de 4.000 focos de enfrentamiento. Solo en Teherán se registraron un centenar de puntos de enfrentamiento.

Estas cifras, procedentes de un alto responsable del régimen, reflejan una situación sin precedentes. Pourjamshidian también reconoció el ataque a 120 centros de la Basij —la milicia paramilitar vinculada a los Guardianes de la Revolución— y el incendio de 749 vehículos de las fuerzas de seguridad. Incluso menciona el uso de armas de fuego por parte de los manifestantes. Estas confesiones lo dicen todo: el miedo ha cambiado de bando.

En la provincia de Yazd, el general Gholami, comandante del Cuerpo Al-Ghadir, habló de “violencia organizada” y de ataques selectivos contra los centros de formación de cuadros militares del régimen. Por su parte, el imán interino del viernes en Teherán, el mulá Ali Akbari, no dudó en calificar el levantamiento de “guerra civil planificada para derrocar al régimen”. Estas palabras no son solo retóricas, sino que reflejan un pánico palpable en el seno del poder.

Manifestantes iraníes se reúnen en una calle durante una protesta por el colapso del valor de la moneda, en Teherán, Irán, el 8 de enero de 2026 - WANA (Agencia de Noticias de Asia Occidental) vía REUTERS

Sin declarar oficialmente la ley marcial, el régimen ha impuesto toques de queda, desplegado blindados en las calles y disparado contra la población con vehículos equipados con ametralladoras DshKA, armas que normalmente se reservan para los conflictos armados. El propio líder supremo, Alí Jamenei, ha reconocido que “han muerto varios miles de personas”. Estos hechos, verificados por vídeos y testimonios, dan fe de un estado de guerra larvada entre el pueblo iraní y un poder que solo se mantiene gracias a la represión.

Pero esta guerra no es nueva. Desde 1981, los levantamientos se suceden con una intensidad creciente: 191 ciudades afectadas en 2019, más de 200 en 2022 y hoy 400 prefecturas en pocos días. Con cada ola, la protesta se vuelve más profunda, más decidida, más irreversible.

Lo que distingue al movimiento actual es su organización. A diferencia de los levantamientos espontáneos del pasado, este se basa en unidades de resistencia estructuradas que actúan en pequeños grupos móviles. Jamenei los califica de “jóvenes ingenuos” manipulados, pero sus palabras traicionan otra realidad: estos jóvenes pertenecen en su mayoría a la generación Z, una juventud que rechaza masivamente los valores del régimen y que ya no busca reformarlo, sino derrocarlo.

Estas unidades, activas en todo el país, se constituyeron a partir de 2016, en particular en torno a la Organización de los Muyahidines del Pueblo Iraní. Llevan a cabo acciones sobre el terreno, se comunican a pesar de la censura digital y se enfrentan directamente a las fuerzas de seguridad. Encarnan una forma de resistencia nueva, arraigada y duradera.

Cuerpos en bolsas mortuorias en el suelo mientras la gente observaba la escena frente al Centro Médico Forense Kahrizak en Teherán, Irán, en esta captura de pantalla de un vídeo obtenido de las redes sociales, el 11 de enero de 2026 - Redes sociales/vía REUTERS 

Este levantamiento revela una fractura irreconciliable entre un régimen militarizado, envejecido y aislado, y una sociedad civil joven, informada y agotada por la represión y la pobreza: más del 80 % de la población vive hoy por debajo del umbral de la pobreza, mientras que la élite se aferra al poder y a los privilegios.

Hoy en día, Irán parece un país ocupado por su propia oligarquía. Todos los recursos nacionales se movilizan para mantener un poder cada vez más deslegitimado, incluso en la escena internacional. El Parlamento Europeo, por ejemplo, ha aprobado recientemente una resolución en la que se pide que se incluya al Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica en la lista de organizaciones terroristas, lo que supone una fuerte señal política.

Ante esta situación, solo cabe una conclusión: el cambio en Irán no vendrá ni del interior del régimen ni de las negociaciones diplomáticas. Vendrá del propio pueblo.

Las muertes de los últimos meses, los miles de heridos y las innumerables detenciones dan testimonio del precio que los iraníes están dispuestos a pagar por su libertad. Una libertad que ya no piden: la toman, arriesgando sus vidas.

El régimen puede seguir disparando, censurando, encarcelando. Pero ya no puede sofocar la voluntad de un pueblo que ha dejado de tener miedo.