Sáhara Occidental: Washington relanza la vía de la autonomía, mientras que el MSP se impone como alternativa realista
- Un texto estadounidense con contornos políticos asumidos
- Una ofensiva diplomática coordinada
- El surgimiento del MSP: la voz saharaui del realismo
- Un enfoque convergente con la diplomacia de la ONU
- Un reto regional y generacional
- Hacia el final de un ciclo histórico
El texto, respaldado por la Administración Trump, pretende situar el plan de autonomía marroquí de 2007 en el centro de la solución política, al tiempo que reafirma —bajo la presión de varias delegaciones— el derecho del pueblo saharaui a la autodeterminación, de conformidad con la Carta de las Naciones Unidas.
Este giro marca un punto de inflexión. Por primera vez en décadas, Estados Unidos no se conforma con una posición de mediador, sino que asume una línea estratégica: la de un realismo diplomático que considera que la estabilidad regional prima sobre la confrontación ideológica. En un contexto en el que el Magreb y el Sahel se encuentran en plena recomposición geopolítica, Washington quiere imponer una solución “pragmática”, capaz de acercar las posiciones antagónicas sin reavivar el ciclo de tensiones armadas.
Un texto estadounidense con contornos políticos asumidos
Presentado el 22 de octubre, el proyecto de resolución califica el plan marroquí de “autonomía dentro del Estado marroquí” como “la solución más viable”, incluso como “base única de discusión”. Una formulación que, aunque revisada posteriormente, refleja la voluntad estadounidense de cerrar el debate en torno a un marco único.
Bajo el impulso del Departamento de Estado y del círculo estratégico de Donald Trump, la idea es convertir la autonomía en un instrumento de pacificación, evitando al mismo tiempo referencias explícitas a un referéndum de independencia, considerado “inaplicable” desde hace más de treinta años.
Ante las reservas expresadas por Argelia, Rusia y varios Estados africanos, una versión modificada reintrodujo la mención del “derecho del pueblo saharaui a la autodeterminación”, una concesión necesaria para evitar un veto.
Pero el equilibrio sigue siendo frágil: al inscribir la autonomía como horizonte privilegiado, Estados Unidos busca forzar un cambio doctrinal en el seno de las Naciones Unidas, pasando de un paradigma descolonizador rígido a un marco de gobernanza negociada.
Este giro se inscribe en la continuidad del reconocimiento estadounidense de la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental en diciembre de 2020, decisión que abrió la vía a una serie de alineamientos diplomáticos: España, Francia y el Reino Unido han expresado desde entonces su apoyo explícito o implícito a la propuesta de Rabat.
Una ofensiva diplomática coordinada
Desde Rabat hasta Washington, la diplomacia marroquí ha llevado a cabo en los últimos meses una campaña de una intensidad poco habitual.
El ministro de Asuntos Exteriores, Nasser Bourita, ha multiplicado los intercambios bilaterales: Panamá, Sierra Leona, Somalia, Eslovenia, Corea del Sur, sin olvidar las conversaciones en París, Pekín y Moscú.
Esta estrategia de alianzas cruzadas tiene por objeto consolidar un bloque mayoritario en torno a la resolución estadounidense.
En la sombra, Francia y el Reino Unido han apoyado a Rabat mediante una diplomacia “afín”, activando sus redes europeas y de la Commonwealth, mientras que Estados Unidos ha orientado sus esfuerzos hacia Islamabad, Seúl y Liubliana.
Al mismo tiempo, Marruecos actualizó su proyecto de autonomía consultando a las diplomacias francesa, británica y española. Se presentaron a Rabat recomendaciones inspiradas en la Polinesia Francesa, Escocia y las comunidades autónomas de España.
Este enfoque sugiere un modelo híbrido: una autonomía ampliada bajo soberanía reconocida, con garantías internacionales y un alto nivel de autogestión local.
El surgimiento del MSP: la voz saharaui del realismo
En este contexto de recomposición, el Movimiento Saharaui por la Paz (MSP) se afirma como un actor ineludible.
Fundado en 2020 por antiguos dirigentes del Frente Polisario procedentes de los campos de refugiados de Tinduf y de la diáspora saharaui, el MSP propone una tercera vía: la del diálogo, el compromiso y la legitimidad popular.
El movimiento reivindica una presencia activa en El Aaiún, Dajla, Smara, Nuadibú, Nuakchot y en varias capitales europeas, donde moviliza a gran parte de los saharauis deseosos de pasar página al exilio y al statu quo.
Bajo la dirección de Hach Ahmed Baricalla, el MSP defiende un enfoque basado en tres principios:
- El reconocimiento de las realidades sobre el terreno: Marruecos ya administra más del 80 % del territorio.
- La participación directa de los saharauis en la negociación: no se puede imponer ninguna solución sin su voz.
- El equilibrio entre soberanía y autodeterminación: la autonomía negociada como forma moderna de autodeterminación.
Mucho antes de que Washington se comprometiera con esta vía, el MSP ya abogaba por una solución consensuada y compartida, percibida no como una renuncia, sino como un acto de madurez política.
Esta posición, que inicialmente ganó credibilidad en los círculos diplomáticos africanos y europeos, encuentra hoy un eco directo en la terminología del proyecto estadounidense.
Un enfoque convergente con la diplomacia de la ONU
Desde el nombramiento de Staffan de Mistura, las Naciones Unidas tratan de reintroducir a los actores alternativos en el proceso político, tras décadas de bipolarización entre Rabat y el Frente Polisario.
El MSP encaja perfectamente en esta dinámica: encarna la pluralidad interna del pueblo saharaui, al tiempo que propone una hoja de ruta compatible con los principios de la ONU.
Su enfoque —la autonomía negociada con garantías internacionales— coincide con las orientaciones de realismo inclusivo defendidas por varios miembros permanentes del Consejo.
Además, el MSP ha sabido establecer canales de diálogo con las cancillerías occidentales, africanas y latinoamericanas, abogando por que la paz en el Sáhara Occidental se conciba como un pilar de estabilidad en el Magreb y el Sahel.
A través de sus foros, sus cartas al secretario general de la ONU y sus declaraciones públicas, el movimiento ha dado voz a esa mayoría silenciosa de saharauis que aspiran a la dignidad, la participación y la seguridad, más que a la retórica de la confrontación.
Un reto regional y generacional
El debate del 30 de octubre no se reduce, por tanto, a una simple votación técnica sobre la MINURSO.
Se trata de un profundo reajuste de las prioridades internacionales: ¿cómo conciliar la justicia histórica, la estabilidad regional y las aspiraciones populares?
En esta ecuación, el papel del MSP se vuelve crucial. Al defender una autonomía real, respetando los derechos políticos y culturales de los saharauis, el movimiento abre el camino hacia una reconciliación regional duradera.
También devuelve a las nuevas generaciones saharauis un horizonte: el de vivir y trabajar en sus ciudades natales, El Aaiún, Dajla, Smara, en paz y dignidad.
Hacia el final de un ciclo histórico
Si el proyecto de resolución estadounidense fuera aprobado, incluso en forma enmendada, consagraría el fin del paradigma de la confrontación total y el comienzo de una era de realismo constructivo.
La convergencia entre el plan marroquí, la iniciativa estadounidense y la visión saharaui del MSP abre la posibilidad de un nuevo pacto político, basado en la participación, el reconocimiento y la estabilidad.
El Sáhara Occidental podría así dejar de ser el campo de batalla de las rivalidades geopolíticas para convertirse en un laboratorio de cooperación regional, donde la soberanía, la autonomía y la paz se articulan en torno a un mismo objetivo: el bienestar de las poblaciones saharauis.
Entre las líneas de los discursos diplomáticos, se impone un hecho: el realismo saharaui del MSP ya no es una utopía marginal, sino la traducción viva de lo que el mundo busca ahora: una paz justa, negociada e inclusiva.