De la guerra a la prosperidad: ¿cómo Arabia Saudí está redibujando Oriente Medio?

Consejo de Cooperación del Golfo
En Madrid, donde confluyen voces de América Latina y España, pocas conversaciones están exentas de una pregunta recurrente cada vez que me presento como académico y comunicador saudí

Surge de inmediato la curiosidad sobre el papel de Arabia Saudí en su entorno regional, acompañada de interrogantes que reflejan narrativas alimentadas por regímenes hostiles al Reino, empeñados en monopolizar el relato y persuadir a la opinión pública de que Arabia Saudí es la raíz de los conflictos en Oriente Medio. Nada más lejos de la realidad. 

Con su presencia política, diplomática y económica, el Reino se ha convertido en un actor determinante en las ecuaciones regionales y en una pieza clave del tablero geopolítico que define el futuro de la región.

Las aspiraciones de los saudíes, ampliamente compartidas en la sociedad, no se reducen a la seguridad interna. Buscan trazar un nuevo rumbo para todo Oriente Medio. No desean una estabilidad limitada a sus fronteras o a los países vecinos, sino un orden regional que supere la lógica del conflicto y abrace la cooperación. 

De ahí que la prioridad saudí declarada sea elevar el valor de la “paz”, sofocando los focos de violencia que han devastado la zona durante décadas: desde Yemen hasta Sudán, pasando por la cuestión palestina y Siria. 

Y más aún, Riad no se ha limitado a intentar apagar guerras, sino que ha optado por situarse como mediador y facilitador del diálogo, bajo la convicción de que ningún proyecto de futuro puede construirse sobre las ruinas del pasado. 

Esta visión se ha evidenciado en el conflicto palestino-israelí, donde Arabia Saudí ha reafirmado su papel central defendiendo la solución de dos Estados como única opción viable y rechazando cualquier intento de desplazamiento forzoso de los palestinos. Su mensaje es claro: no hay paz sin justicia ni prosperidad sin paz.

El Reino ha dado un paso decisivo en el ámbito de las alianzas internacionales, tejiendo vínculos estratégicos con Europa, Asia y América Latina. Un ejemplo ha sido el impulso de Arabia Saudí al Consejo de Cooperación del Golfo como plataforma para firmar acuerdos que conectan el Golfo con el Mediterráneo, el mar Rojo y el océano Índico. 

El objetivo es evidente: abrir corredores de energía, tecnología y logística que diversifiquen la economía más allá del petróleo y compartan beneficios con su entorno. El caso sirio constituye el ejemplo más tangible de la apuesta saudí por la cooperación internacional. 

Tras más de una década de guerra, Riad ha liderado iniciativas para reincorporar a Damasco al contexto regional, no como gesto simbólico sino como estrategia de reconstrucción. Ha organizado foros y conferencias internacionales, y ha promovido inversiones destinadas a reactivar infraestructuras devastadas y generar empleo. 

La finalidad es doble: estabilizar un país crucial en la región y demostrar que el desarrollo económico puede ser una herramienta poderosa de reconciliación.

Los saudíes no contemplan Siria como un caso aislado, sino como un modelo replicable a escala regional.

La visión de Riad abarca múltiples frentes. 

En Irak, trabaja en el fortalecimiento de los lazos energéticos y de seguridad. 

En el Líbano, otorga máxima prioridad al respaldo de las instituciones frente al vacío político. 

En Yemen, refuerza la tregua y abre la puerta a una reconstrucción humanitaria. En todos estos escenarios, el mensaje saudí se mantiene constante: sustituir la lógica de las guerras por la de los proyectos compartidos que atraen inversión, devuelven dignidad a las poblaciones y aseguran la paz en una región castigada por décadas de violencia. 

Tal perspectiva conecta directamente con lo anunciado hace años por el príncipe heredero Mohammed bin Salman: “Oriente Medio será la nueva Europa”. Una declaración que simboliza la ambición de transformar la región en un espacio de creatividad, cultura, turismo y convivencia. 

Megaproyectos como “Neom” no se plantean como islas aisladas de modernidad, sino como faros de un modelo regional renovado que evidencia la capacidad de Oriente Medio para convertirse en un polo global que enriquezca a la humanidad.

En conclusión, lo que suelo recomendar a mis amigos españoles e hispanohablantes es visitar Arabia Saudí y escuchar directamente a sus dirigentes, centros políticos y de investigación. 

Atender únicamente a una de las partes equivale a reforzar un relato sesgado que puede condenar injustamente a un país entero y a su pueblo. La realidad es que los saudíes no buscan ejercer una hegemonía clásica sobre la región, sino ofrecerle la oportunidad de construir sus propios sueños, proyectos e inversiones.

Y Riad subraya que cualquier Oriente Medio avanzado requiere elementos esenciales: apagar las guerras, impulsar la cooperación internacional, reactivar economías destruidas y sostener un horizonte político basado en la solución de dos Estados en el conflicto palestino-israelí.

El proyecto saudí no se erige sobre la destrucción o la tutela, sino sobre la construcción de un Oriente Medio que deje de exportar crisis y comience a exportar prosperidad a la región y al mundo.

Dr. Hasan Alnajrani, periodista y académico