De un tuit a un nuevo orden regional
Hace cinco años, un breve mensaje en la red social X (entonces Twitter) del entonces presidente saliente de Estados Unidos, Donald Trump, anunciaba el reconocimiento de la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental. Muchos lo desestimaron como un gesto finalista y reversible.
Hoy, esa decisión no solo se ha consolidado como política de Estado en Washington, sino que ha reconfigurado el panorama diplomático global, culminando en la reciente Resolución 2797 (2025) del Consejo de Seguridad de la ONU. Su texto no solo “exhorta a las partes a entablar conversaciones (...) tomando como base la propuesta de autonomía de Marruecos”, sino que, en un giro copernicano, afirma con rotundidad que “una verdadera autonomía bajo soberanía marroquí podría ser la solución más factible'."
Lo más significativo de este quinquenio ha sido la continuidad. La administración Biden, pese a las presiones iniciales, mantuvo el reconocimiento. Trump, a su vuelta, lo implementó con rigor. Este bipartidismo de facto ha enviado un mensaje claro: no se trataba de una ocurrencia, sino de un recálculo estratégico de Estados Unidos hacia el Magreb y el Sahel. Marruecos, un aliado histórico y estabilizador, era reafirmado como pilar frente a la inestabilidad regional.
Trump no eligió al azar el momento ni el destinatario. Al evocar que Marruecos fue el primer país en reconocer a los Estados Unidos en 1777, y con el Tratado de Paz y Amistad de 1786 (el primer Tratado firmado y aún vigente), conectó la decisión con una narrativa poderosa: la de la alianza más antigua de Estados Unidos. En ese momento, el territorio del Sáhara –sobre el que España en 1884 anunció su Protectorado– formaba parte del Imperio Jerifiano, hoy Reino de Marruecos. Es saldar una deuda histórica con el primer amigo. Esta dimensión simbólica dotó al gesto de una profundidad que trascendió la coyuntura política.
El verdadero termómetro del cambio está en la ONU. Durante décadas, el Consejo de Seguridad gestionó el conflicto con un lenguaje ambiguo, balanceándose entre el plan de referéndum y las negociaciones.
El aislamiento de Argelia y del Frente Polisario se hizo patente en la votación. Ningún voto en contra y las abstenciones de potencias como Rusia y China hablan de un reconocimiento tácito. Argelia, durante la votación, sorprendió al no votar con un no, o incluso con la abstención. Simplemente, prefirió no participar en la votación, estando presente, y sobre un tema vital para el régimen argelino. El mensaje recibido de esta curiosa posición es el de una pataleta diplomática. Para otros, es el último baile del gallo degollado.
En un movimiento que define una nueva fase, el Rey Mohamed VI ha tendido majestuosamente la mano al presidente argelino para reanudar el diálogo y "dar sentido a la vecindad", “dar sentido a la unión del Magreb” y “dar sentido a la cooperación entre los magrebíes” objetivos tan anhelados y olvidados siendo proclamados en el mismo Manifiesto del Primero de noviembre 1954 de la Revolución del pueblo argelino.
Este ofrecimiento, hecho desde la firmeza que da una posición diplomática consolidada, encapsula la mayor lección del proceso: Marruecos no busca una victoria pírrica que perpetúe la dolorosa fractura desintegradora en el Magreb, sino usar esta nueva base para impulsar la integración. Es una apuesta por convertir el Sáhara, de una vez por todas, de un campo de disputa en el motivo de cooperación.
Lo que comenzó como 280 caracteres han redibujado el mapa político. El reconocimiento estadounidense, seguido del respaldo estratégico de actores clave, ha creado un nuevo status internacional. La resolución del Consejo de Seguridad lo sanciona. La puerta a la solución del conflicto ya no gira sobre el eje de la independencia –un elemento que, en el contexto magrebí, podría actuar como un vector de desintegración y fragmentación regional–, sino sobre el de la autonomía marroquí. Esta opción, al preservar la integridad territorial, se erige como el primer escalón posible en un proceso integrador ascendente para la unión del Magreb.
Esta reflexión, inspirada en el diagnóstico de los procesos de desintegración e integración que José Ortega y Gasset plasmó en "España invertebrada", da profundidad histórica al momento actual. Así, esa puerta, hoy, está más abierta que nunca.
Se abre, por tanto, una puerta que va más allá de los cinco países del Magreb. El siguiente paso en ese proceso integrador ascendente es proyectarlo hacia una gran cooperación global Sur-Sur entre las naciones atlánticas de África y sus homólogas del oriente americano, y una cooperación revitalizada Norte-Sur entre Europa y África, con España como puente y puerta de entrada bidireccional.
La visión se materializa en dos puntales logísticos: la consolidación del puerto de Tanger Med en el Estrecho, como enlace neurálgico entre continentes, y el proyectado puerto atlántico de Dakhla, que, junto al ofrecimiento de salida al mar a los países del Sahel, puede reconfigurar las rutas económicas del Atlántico medio.
Este diseño genera dos polos de desarrollo complementarios: un núcleo duro de cooperación Norte-Sur en el Arco del Estrecho –con Andalucía, Ceuta, Melilla y el norte marroquí articulados por Tanger Med–, y un núcleo dinámico de cooperación Sur-Sur en el Atlántico medio –con la región del Sáhara y el archipiélago canario como plataforma conjunta para la economía azul, las energías renovables y la conectividad con América.
El desafío ahora es doble: transformar el éxito diplomático en paz y prosperidad tangible para los saharauis mediante una autonomía creíble, y capitalizar la mano tendida a Argelia para, por fin, desbloquear el potencial de un Magreb integrado.
El camino no será fácil, pero cinco años después de aquel tuit, el horizonte ha cambiado. Lo que era un conflicto congelado, aquella “chinita en el calzado marroquí” que, según se atribuye al presidente argelino Bumedien, se colocó para dificultar la marcha de su vecino– se ha convertido en la piedra angular..." se ha convertido en la piedra angular de un nuevo orden regional, donde la cooperación económica y la estabilidad estratégica pueden, por primera vez en décadas, escribirse con letra grande.