Colonialismo, poscolonialidad y Sáhara Occidental: recomponiendo las geografías fracturadas de África
- Introducción: más allá de las cartografías coloniales
- La colonialidad del poder y la fragmentación del Sáhara
- La soberanía como relación histórica, no como invención colonial
- La poética de la resistencia: la liberación como narrativa
- Dimensiones feministas y ecológicas
- Hacia un horizonte africano
- Conclusión: Recuperar el futuro
Introducción: más allá de las cartografías coloniales
La incompletitud de la descolonización no es solo una cuestión de fronteras, banderas y tratados. Y, sobre todo, una cuestión de imaginación: quién cuenta la historia, quién define la pertenencia y quién controla las cartografías simbólicas del espacio. Como nos recuerda el filósofo camerunés Achille Mbembe, el colonialismo no fue simplemente la ocupación de un territorio, sino la imposición de una necropolítica, un poder sobre la vida y la muerte destinado a convertir a ciertas poblaciones en prescindibles y susceptibles de ser eliminadas. La pensadora jamaicana Sylvia Wynter amplía este diagnóstico: el colonialismo no se limitó a conquistar tierras, sino que produjo una categoría de “no humanos”, condenados a vivir al margen de lo universal. Lo "no humano” es un estatus fabricado por el discurso dominante, que jerarquiza la vida humana y legitima la dominación.
Pocos casos en África ilustran esto mejor que el Sáhara Occidental. La división colonial del norte de África por parte de Francia y España no se limitó a dividir el Magreb en colonias y protectorados, sino que produjo una categoría artificial, el llamado "Sáhara español”, destinada a romper siglos de circulación entre el norte de Marruecos y el sur del Sáhara. Este acto de violencia cartográfica no fue neutral. Fue un intento estratégico de negar a Marruecos sus vínculos orgánicos con el desierto, de crear una “terra nullius” vacía que Europa pudiera manipular a su antojo.
Desde un punto de vista poscolonial, la cuestión no es, por tanto, si Marruecos "anexionó” el Sáhara Occidental en 1975, sino si la ruptura colonial de los siglos XIX y XX tuvo alguna vez legitimidad. Recuperar el Sáhara Occidental es recuperar una historia violentamente fragmentada; es volver a unir las geografías rotas de África.
La colonialidad del poder y la fragmentación del Sáhara
El concepto de colonialidad del poder desarrollado por el sociólogo peruano Aníbal Quijano es fundamental en este sentido. El colonialismo no terminó con la independencia, sino que dejó tras de sí una matriz de poder, conocimiento y subjetividad que sigue estructurando las jerarquías globales. En el Sáhara Occidental, la colonialidad del poder se manifestó como una doble borrada: la borrada de los lazos históricos de Marruecos con la región y la borrada de las propias formas relacionales de soberanía de las tribus saharauis. Reconocer esta colonialidad persistente —que niega a los saharauis su pertenencia marroquí— es comprender que la cuestión del Sáhara Occidental no es una anomalía local, sino un espejo de las continuidades coloniales que aún estructuran el orden global.
El pensador poscolonial argentino Walter Mignolo lo denomina "geografía de la imaginación”: los espacios se nombran, se categorizan y se cartografían para servir a la lógica imperial. El "Sáhara español” no era una entidad natural, sino una invención discursiva, una frontera trazada para fracturar el continuo magrebí-sahariano. Al crear esta ficción, las potencias coloniales buscaban debilitar a Marruecos, aislar a Mauritania y asegurar el control europeo de las rutas atlánticas y saharianas.
Desde el punto de vista del Sur, la insistencia de Marruecos en reclamar el Sáhara Occidental no es una invención de finales del siglo XX. Es un acto descolonial: una negativa a aceptar la permanencia de las cartografías coloniales. Es una forma de reconstituir una continuidad histórica rota por las particiones imperiales. Es también un gesto africano de soberanía que cuestiona la autoridad de las narrativas eurocéntricas sobre la legitimidad territorial.
La soberanía como relación histórica, no como invención colonial
Gurminder Bhambra, socióloga británica de la Universidad de Sussex, en su llamamiento a favor de las "sociologías conectadas”, nos recuerda que los Estados modernos no pueden entenderse de forma aislada, sino que son el producto de largas historias entrelazadas. La soberanía marroquí es una formación conectada de este tipo. Desde las dinastías almorávide y almohade hasta los alauitas, el Estado marroquí se forjó a través del comercio transahariano, las redes sufíes y el ritual de la bayʿa, el juramento de lealtad que vinculaba a las tribus saharianas al trono de Fez y Marrakech.
El académico zimbabuense Sabelo Ndlovu-Gatsheni, en su trabajo sobre la descolonialidad africana, insiste en la necesidad de recuperar las formas de pertenencia suprimidas, lo que él denomina "liberación epistémica”. El Sáhara nunca estuvo vacío. Era un espacio relacional, donde la lealtad se expresaba no a través de las fronteras westfalianas, sino a través de rituales, intercambios y redes espirituales. Al negar estas prácticas, el colonialismo impuso un modelo eurocéntrico de soberanía. Reconocer los vínculos de Marruecos con el Sáhara Occidental es, por lo tanto, provincializar Europa (en el sentido de Dipesh Chakrabarty, quien en Provincializing Europe aboga por la descentralización de las ciencias sociales y la historia reconociendo la legitimidad de las experiencias del Sur Global como fuentes de conocimiento) y afirmar las formas africanas de soberanía relacional.
La poética de la resistencia: la liberación como narrativa
El novelista keniano Ngũgĩ wa Thiong'o instó de forma célebre a la descolonización de la mente, ya que el colonialismo comienza colonizando la memoria. La lucha por el Sáhara Occidental es precisamente una lucha por la narrativa: ¿se trata de una historia de "ocupación”, como sugiere el discurso colonial, o de una historia de recuperación, como sostiene Marruecos? Detrás de esta batalla de palabras se esconde una batalla de legitimidad: ¿quién tiene derecho a contar la historia e imponer su vocabulario? La recuperación del Sáhara por parte de Marruecos es también una recuperación de la capacidad de nombrar, contar y reconstruir una memoria colectiva confiscada.
El antropólogo jamaicano David Scott, en Conscripts of Modernity, sostiene que las luchas anticoloniales no deben leerse como epopeyas triunfales, sino como narrativas trágicas e inconclusas. El Sáhara Occidental es una de esas narrativas. La Marcha Verde de 1975 no fue un acto de cierre, sino de continuación, un momento en una saga africana de liberación más amplia. Al enviar a 350 000 ciudadanos desarmados portando Coranes y banderas, Marruecos escenificó una contra narrativa: la soberanía como actuación, no como conquista. No fue una invasión, sino una poética del retorno, una reescritura de la memoria. Encarna precisamente la cualidad trágica e inconclusa que describe Scott: no un final triunfal, sino un momento narrativo abierto inscrito en la larga duración de la descolonización africana.
Dimensiones feministas y ecológicas
Françoise Vergès, figura central del feminismo descolonial francófono que vincula la memoria colonial, la crítica del patriarcado y la justicia social nos enseña que la descolonización no puede ignorar el género y la ecología. El Sáhara Occidental no es solo una cuestión geopolítica, sino también una cuestión de quién controla el futuro ecológico del desierto. La inversión de Marruecos en proyectos de energía renovable en El Aaiún y Dajla no es una política económica neutral, sino una ecología descolonial, un rechazo a permitir que el desierto siga siendo una zona de extracción para el capital global.
También debemos recordar que las mujeres saharauis, guardianas de las narrativas tribales y las prácticas culturales, desempeñaron un papel decisivo en la transmisión de la memoria y en garantizar la supervivencia de las comunidades durante la dura prueba colonial; sus voces son inseparables de un futuro descolonial.
La teórica poscolonial y crítica literaria indo-australiana Leela Gandhi, en Postcolonial Ethics, nos invita a pensar en la soberanía no como dominación, sino como responsabilidad ética. Desde esta perspectiva, la presencia de Marruecos en el Sáhara Occidental debe medirse por su capacidad para proporcionar escuelas, hospitales, carreteras y medios de subsistencia. La soberanía, en este sentido, se justifica no solo por la historia, sino por su promesa ética: el compromiso de transformar las periferias coloniales en espacios de vida.
Hacia un horizonte africano
Hablar de soberanía en el Sáhara Occidental es también hablar de África. El regreso de Marruecos a la Unión Africana en 2017 no solo supuso una estrategia diplomática, sino que reveló una verdad más profunda: hoy en día, la soberanía solo tiene sentido como parte de la integración continental.
Los puertos de Dajla, las granjas solares de Noor, las autopistas que unen el Magreb con África Occidental... No se trata de proyectos nacionalistas, sino africanos. Reflejan lo que Quijano denominó la necesidad de "vincular historias” y lo que Bhambra describe como la necesidad de futuros conectados. El Sáhara no es el interior de Marruecos, es el puente de África. Como previó Frantz Fanon, las independencias africanas seguirían siendo incompletas mientras los pueblos del continente no lograran transformar sus victorias políticas en una unidad efectiva; el Sáhara Occidental es precisamente uno de esos lugares donde se pone a prueba la promesa de una África unida.
En este sentido, la recuperación del Sáhara Occidental por parte de Marruecos no es un acto de aislamiento, sino de continentalismo. Afirma que el futuro del Sáhara no es seguir siendo una reliquia colonial, sino convertirse en un horizonte africano.
Conclusión: Recuperar el futuro
La cuestión del Sáhara Occidental no puede reducirse a tecnicismos legales o resoluciones de la ONU. Es una cuestión de poscolonialidad: cómo los pueblos anteriormente colonizados reclaman sus historias, recomponen sus geografías y reimaginan sus futuros.
Desde la colonialidad del poder de Quijano hasta la descolonización de la mente de Ngũgĩ, desde la crítica de Mbembe a la necropolítica hasta la redefinición del ser humano de Wynter, el consenso es claro: la soberanía no se refiere solo al territorio. Se trata de restaurar la vida, la memoria y las posibilidades.
La Marcha Verde de 1975 fue una restauración de este tipo. Transformó un desierto colonial en un escenario poscolonial, donde Marruecos afirmó no solo su reivindicación, sino también su forma de reivindicarla: pacífica, popular, performativa. Cincuenta años después, el reto consiste en profundizar esa reivindicación garantizando que el Sáhara Occidental se convierta en un espacio de desarrollo, ecología e integración continental.
Recuperar el Sáhara Occidental no es, por tanto, solo un proyecto de Marruecos. Es la tarea descolonial inacabada de África. Aceptar las particiones coloniales es perpetuar la necropolítica; sanarlas es abrazar una política de vida. La soberanía marroquí es, por tanto, más que un derecho nacional: es una necesidad continental, un paso hacia la África imaginada por Fanon, Mbembe y Wynter: libre, relacional y abierta al horizonte de su propio futuro. Recuperar el Sáhara es negarse a vivir dentro de los mapas muertos del colonialismo; es trazar una geografía de la vida.