El mito favorito de algunos periodistas españoles sobre Marruecos: por qué ya no existe el “vecino incómodo”

Quiosco de prensa en España - REUTERS/ MARCELO DEL POZO 
Durante varios años, una parte de la opinión pública española ha insistido en describir a Marruecos con una expresión que ya nos resulta familiar: “El vecino incómodo”

Aparece en títulos de libros, columnas de opinión y debates televisivos, y se repite con tanta frecuencia que ya suena natural, casi descriptiva. La persistencia de esta etiqueta no es obra de España, ni producto de las instituciones oficiales, sino de un pequeño círculo de comentaristas que siguen reciclando atajos conceptuales heredados de otra época. Lejos de aclarar las complejidades de las relaciones entre Marruecos, España y Europa, la etiqueta las oscurece. La relación bilateral es más estable, mutuamente beneficiosa y estratégicamente alineada que nunca. Lo que sigue estando desfasado es la narrativa elegida por un puñado de voces que siguen aferrándose a un marco interpretativo obsoleto que ya no refleja la realidad. 

La primera incoherencia del discurso del “vecino problemático” se hace evidente cuando se contrasta con la propia doctrina oficial de España. La Estrategia de Seguridad Nacional 2021, máxima expresión de las prioridades estratégicas de España, se refiere a las relaciones con Marruecos y Argelia como relaciones de buena amistad, basadas en la lealtad, la cooperación y los intereses comunes. Una estrategia de seguridad nacional no utiliza eufemismos, sino que nombra las amenazas de forma explícita. Si Marruecos representara una inestabilidad sistémica, una hostilidad estratégica o un desafío persistente para la seguridad, el documento lo habría dicho. No lo hace. Al contrario, integra a Marruecos directamente en la arquitectura de seguridad de España. La disparidad entre la estrategia y el tropo mediático es reveladora: este último no pertenece al análisis estratégico, sino a los reflejos culturales, la memoria histórica y la conveniencia editorial. 

La segunda debilidad del tropo radica en su incapacidad —o falta de voluntad— para reconocer la profundidad de la interdependencia económica entre Marruecos y España. España es el mayor socio comercial europeo de Marruecos; Marruecos es uno de los mercados no comunitarios más importantes para España. El comercio marroquí está abrumadoramente capturado por la UE, con España a la cabeza. Las empresas españolas están profundamente arraigadas en la logística, la fabricación de automóviles, la agroindustria, las energías renovables, el turismo y las cadenas de suministro industrial marroquíes. Esta integración no es simbólica, sino estructural, y se puede medir en datos, inversiones, empresas conjuntas y la línea de crédito de 1.000 millones de euros que España movilizó para apoyar proyectos relacionados con la Copa del Mundo de 2030. Describir este nivel de interdependencia con un lenguaje incómodo es analíticamente incoherente. El tropo se derrumba bajo el peso de la evidencia empírica. 

Puerto de Tanger Med - REUTERS/ABDELHAK BALHAKI

Una de las características más sensacionalistas de la narrativa es su recurrente enfoque en el espionaje y la vigilancia, especialmente en asuntos relacionados con el periodismo. Es esencial afirmar claramente que cualquier intimidación o vigilancia ilegal contra periodistas es inaceptable y debe ser condenada. Pero transformar experiencias individuales en un veredicto civilizatorio sobre Marruecos es metodológicamente erróneo. La vigilancia no es una especificidad marroquí, sino un fenómeno global en la era digital. Varios países de la UE se han enfrentado a sus propias controversias sobre el uso de software espía. Señalar a Marruecos e ignorar prácticas comparables dentro de Europa refleja una asimetría más profunda en la percepción: lo que es “realismo político” cuando ocurre al norte del Mediterráneo se convierte en “autoritarismo” cuando ocurre al sur. Una evaluación más honesta aplicaría un criterio coherente a todos los Estados. 

Otro pilar central del marco del “vecino problemático” es la descripción de la diplomacia de Marruecos, especialmente en lo que respecta al Sáhara, como transaccional o puramente económica. Esta visión ignora cómo funciona la diplomacia internacional en todas partes. Los Estados utilizan instrumentos económicos, asociaciones e incentivos estratégicos para forjar alianzas y asegurar sus intereses, incluidos España, la UE, los Estados Unidos, los Estados del Golfo, China y Turquía. Criticar a Marruecos por prácticas comunes a todos los Estados es intelectualmente incoherente. Además, el creciente número de consulados abiertos en El Aaiún y Dajla no es el resultado de la “compra de influencia”, sino de la convergencia estratégica. Los países reconocen el plan de autonomía porque es la única solución política realista respaldada por las principales potencias mundiales y reconocida por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Negar esto no es análisis, es paternalismo. 

Banderas España y Marruecos

Igualmente revelador es el repetido intento de revivir el concepto obsoleto de “Gran Marruecos”, una noción arraigada en la literatura histórica de los años cincuenta y sesenta, y no en la diplomacia contemporánea de Marruecos. La política exterior marroquí actual se basa en el liderazgo africano, la conectividad Atlántico-Sahel, la transformación económica y las asociaciones multirregionales. La fijación con el “Gran Marruecos” dice menos de Marruecos que de las lentes conceptuales que algunos comentaristas se niegan a actualizar. La realidad ha avanzado, aunque ciertas narrativas no lo hayan hecho. 

Quizás la dimensión más problemática de este tópico sea la referencia recurrente a un “lobby marroquí” que supuestamente influye en las decisiones políticas españolas. Tales afirmaciones insinúan que los grandes cambios políticos —especialmente los que apoyan el plan de autonomía— son el resultado de una manipulación externa y no de una decisión soberana. Esta interpretación no solo carece de pruebas, sino que, sin quererlo, infantiliza a las propias instituciones españolas. Los gobiernos democráticos adoptan posiciones de política exterior basadas en el interés nacional, no en persuasiones oscuras. El apoyo de España a la iniciativa de autonomía refleja una lógica estratégica y un consenso internacional, no una presión clandestina. 

Lo que se desprende de estas narrativas es una arquitectura cognitiva arraigada en un imaginario jerárquico heredado de épocas mediterráneas anteriores, que asigna instintivamente la racionalidad al norte y la imprevisibilidad al sur. No se trata de un prejuicio explícito, sino de un reflejo intelectual persistente. Sin embargo, sus consecuencias son reales: ciega a los observadores ante la profunda transformación que ha experimentado Marruecos desde 1999: su modernización institucional, su diversificación económica, su influencia continental, su profundidad geoestratégica y su papel como nexo entre Europa y África. 

El presidente español, Pedro Sánchez, y el primer ministro marroquí, Aziz Akhannouch - PHOTO/AP

En realidad, la relación entre Marruecos, España y Europa en 2025 requiere un nuevo lenguaje. Ya no puede ser captada por metáforas moldeadas por conflictos medievales, la memoria colonial, los binomios de la Guerra Fría o las crisis migratorias de principios de la década de 2000. Nos enfrentamos a una arquitectura de interdependencia construida sobre prioridades compartidas: energía, seguridad, comercio, acción climática, infraestructuras, lucha contra el terrorismo, movilidad e integración regional. El Mediterráneo actual no es una frontera de recelo mutuo, sino un espacio en el que la cooperación es cada vez más inevitable y mutuamente ventajosa. 

Marruecos no busca la idealización ni la inmunidad frente a las críticas. Simplemente pide coherencia analítica, la misma que se aplica a cualquier socio estratégico importante. Las críticas basadas en pruebas son bienvenidas; las caricaturas disfrazadas de análisis, no. El tópico del "vecino problemático" puede haber resonado en narrativas más antiguas, pero hoy en día oculta más de lo que revela. La región merece categorías más maduras, capaces de captar la complejidad, la transformación y el futuro estratégico compartido de la asociación entre Marruecos y España