Sí, Senegal ganó la Copa Africana de Naciones, pero perdió en todo lo demás
- La derrota argelina y la búsqueda de culpables
- El episodio egipcio: cuando la comodidad se convierte en polémica
- El caso de Senegal: cuando la presión se convierte en estrategia
- Durante la final: cruzar la línea roja
- Ganar un trofeo, perder una reputación
- La CAF y los equipos ante sus responsabilidades
La CAN 2025 seguirá siendo, desde el punto de vista organizativo, una de las más exitosas de la historia del fútbol africano. Marruecos ha hecho todo lo posible para ofrecer una competición excepcional: infraestructuras de muy alto nivel, medios de transporte modernos y fluidos, seguridad impecable, hospitalidad ampliamente elogiada por las delegaciones, los medios de comunicación y los aficionados.
No se dejó nada al azar: la logística de los equipos, las condiciones de trabajo de los periodistas procedentes de toda África y del resto del mundo, la acogida de los aficionados, el ambiente festivo y la expresión cultural que convirtieron cada partido en una celebración popular del fútbol africano. Las imágenes difundidas a nivel internacional mostraron estadios llenos, céspedes de excepcional calidad capaces de absorber lluvias torrenciales y una organización digna de las mayores competiciones mundiales.
Marruecos proyectó así una imagen positiva del país y, más allá, de toda África. Un África capaz de organizar, innovar y brillar a través del deporte. Este éxito ha sido ampliamente reconocido por los medios de comunicación internacionales, con la notable excepción de algunos círculos hostiles, especialmente en Argelia, donde se ha activado una máquina permanente de desinformación y denigración, fiel a una retórica ya bien conocida.
Sin embargo, a pesar de este notable éxito organizativo, el final del torneo se vio empañado por una sucesión de polémicas en gran parte artificiales, alimentadas por algunos entrenadores y federaciones que prefirieron buscar responsables externos en lugar de asumir los fracasos deportivos. El punto álgido de este malestar se produjo durante la final, a través del comportamiento de los jugadores, el cuerpo técnico y algunos aficionados senegaleses.
Porque este malestar no comenzó con la final.
La derrota argelina y la búsqueda de culpables
Una lógica de victimización acompañó el encuentro entre Nigeria y Argelia. Eliminada de la competición, la selección argelina no supo aceptar una derrota que, sin embargo, fue clara desde el punto de vista deportivo. Nigeria dominó el encuentro, imponiendo su ritmo y su superioridad colectiva, lo que hizo que el resultado del partido fuera ampliamente previsible.
En lugar de asumir esta realidad deportiva, algunos jugadores argelinos mostraron una actitud de malos perdedores, dando una imagen lamentable de los valores del fútbol, que se basan tanto en el respeto al adversario como en la capacidad de aceptar la derrota con dignidad. El deporte exige no solo saber ganar, sino también saber perder.
En las gradas, la situación no fue mucho más tranquilizadora. Excitados por un clima de tensión mantenido durante semanas por algunos medios de comunicación y políticos, los aficionados argelinos intentaron invadir el campo. Sin la presencia disuasoria de las fuerzas de seguridad y los guardias del estadio, podrían haberse producido incidentes mucho más graves.
Sin embargo, sobre el terreno de juego, el veredicto deportivo fue inapelable. La eliminación de Argelia no fue injusta. Pero esta constatación no impidió que una parte de la opinión pública argelina, secundada por medios de comunicación cercanos al poder, se refugiara en discursos conspirativos y acusaciones infundadas, dirigidas ora contra el arbitraje, ora contra la organización, ora contra el país anfitrión.
Lo que es aún más grave, estos discursos se han visto a veces acompañados de comentarios racistas y xenófobos dirigidos a Marruecos y, en general, a otros pueblos africanos. Estas derivas han empañado considerablemente el clima festivo y fraternal que prevalecía hasta entonces, tanto en los estadios como en las redes sociales.
Cuando se pierde en el terreno de juego, se ataca el contexto. Pero esta huida hacia adelante no hace más que debilitar el espíritu mismo del deporte.
El episodio egipcio: cuando la comodidad se convierte en polémica
El episodio egipcio ilustra hasta qué punto ciertas críticas pueden caer en lo absurdo cuando se trata de ocultar una derrota deportiva. Tras la eliminación de Egipto por parte de una selección senegalesa más sólida, más lúcida y mejor organizada, el entrenador Hossam Hassan decidió orientar el debate no hacia las deficiencias de su equipo, sino hacia... las condiciones de la estancia.
Denunció un hotel de cinco estrellas a estrenar a orillas del mar en Tánger, así como el desplazamiento en tren de alta velocidad, en primera clase, presentado como una forma de penitencia. En otras palabras, lo que la mayoría de las selecciones africanas consideran condiciones ideales para competir se transformó, mediante un giro lógico cuanto menos sorprendente, en factores de desventaja.
Al ser interrogado por los periodistas, el seleccionador se mostró incapaz de explicar por qué un hotel de categoría internacional y un transporte rápido, cómodo y seguro podían justificar la derrota de su equipo. Este intento de desviar el debate fue muy criticado, incluso en los medios de comunicación egipcios, como una forma torpe de desviar la atención de las verdaderas causas deportivas de la eliminación.
Para una gran nación futbolística como Egipto, esta postura pareció indigna de su historia deportiva. Convertir la profesionalidad logística en injusticia no es tanto un análisis como una huida hacia adelante.
El caso de Senegal: cuando la presión se convierte en estrategia
El caso de Senegal marca un punto de inflexión, ya que la polémica no se limitó a declaraciones aisladas, sino que se tradujo en una verdadera estrategia de presión institucional incluso antes de la final.
La Federación Senegalesa de Fútbol lamentó oficialmente una supuesta falta de seguridad a la llegada de su selección a Rabat. Sin embargo, este clima de agitación parece haber sido favorecido directamente por la comunicación de la propia Federación. Al difundir en sus canales oficiales los detalles precisos del itinerario y el horario del equipo, provocó una concentración masiva de aficionados en la estación de Rabat-Agdal, información sensible que, por precaución, suele mantenerse confidencial.
A pesar de ello, las fuerzas del orden estuvieron presentes en gran número, no se registraron incidentes graves y la llegada del equipo se desarrolló sin que se viera afectada la integridad de los jugadores. Por lo tanto, la polémica se debió más a la puesta en escena que a un problema real de seguridad.
Una segunda queja se refería al lugar de entrenamiento asignado a la selección senegalesa. La negativa del Centro de Maâmora, uno de los complejos más reputados del continente, llevó a la CAF a proponer una alternativa, que fue aceptada de inmediato.
A pesar de estos ajustes, la Federación Senegalesa siguió evocando estos episodios, incluso cuando la CAF publicó un comunicado recordando que las quejas habían sido tratadas de conformidad con la normativa. Aún más revelador fue que el Ministerio de Asuntos Exteriores senegalés interviniera para destacar la calidad de la acogida y la solidez de las relaciones fraternales entre ambos países.
Esta discrepancia entre el discurso diplomático conciliador y la comunicación deportiva conflictiva plantea interrogantes sobre el verdadero objetivo de estas polémicas
Durante la final: cruzar la línea roja
El penalti concedido a Marruecos tras la falta cometida sobre Brahim Díaz es, tras revisar las imágenes, perfectamente legítimo. La decisión provocó sin duda la ira de los jugadores y aficionados senegaleses, pero se ajusta a las reglas del juego.
La reacción del equipo senegalés, en cambio, cruzó una línea roja. Los jugadores abandonaron el terreno de juego, provocando una interrupción prolongada del partido. Este comportamiento constituye un grave cuestionamiento del desarrollo normal de una final continental y un ataque directo a la autoridad del árbitro.
Esta interrupción tuvo un efecto inmediato en las gradas. Algunos aficionados incurrieron en comportamientos claramente hooliganistas: lanzamiento de objetos, enfrentamientos con los encargados de seguridad y las fuerzas del orden, hiriendo al menos a un agente. Estas escenas de violencia están en las antípodas del espíritu festivo que había caracterizado el torneo hasta entonces.
Desde el punto de vista simbólico, la «retirada» constituye una grave infracción de las normas de la CAF y la FIFA, pero también de la propia misión del fútbol como espacio de competición leal. Abandonar el terreno de juego para protestar por una decisión arbitral equivale a ejercer una presión inaceptable sobre el juego.
Sin embargo, hay que reconocerlo. Senegal es un gran equipo. Bien organizado, mentalmente sólido, ha demostrado auténticas cualidades deportivas, y su coronación no es ilegítima en términos de juego. Pero el fútbol no se reduce al rendimiento técnico. La ética, el respeto a las reglas y el comportamiento ejemplar son parte integrante del mismo.
Ganar un trofeo, perder una reputación
Senegal ganó la copa, pero perdió una batalla de imagen. ¿Qué imagen del fútbol africano queremos proyectar? ¿La de una organización ejemplar, moderna y profesional, o la de polémicas artificiales, interrupciones de partidos y violencia en las gradas?
Las decisiones tomadas por algunos responsables deportivos y algunos actores del partido han tenido mucho más peso que el resultado final. En un momento en el que África busca reforzar su credibilidad deportiva e institucional en la escena mundial, estos comportamientos envían una señal profundamente contraproducente.
La CAF y los equipos ante sus responsabilidades
El estricto cumplimiento del reglamento no es una opción. Es una obligación. La CAF, al igual que la FIFA, debe asumir plenamente su papel de garante de la integridad de las competiciones. Sin una aplicación rigurosa de las normas, ningún proyecto deportivo creíble puede durar.
Las federaciones nacionales también tienen una gran responsabilidad. Se puede ganar una copa, pero se puede perder algo mucho más valioso: la credibilidad moral del juego.
Es fundamental recordar que Senegal es una gran nación futbolística y un país vinculado a Marruecos por relaciones históricas de fraternidad. Las comunidades senegalesas en Marruecos y marroquíes en Senegal son numerosas, están integradas y se sienten orgullosas de esta proximidad humana. Criticar comportamientos deportivos no significa en ningún caso cuestionar a un pueblo.
El fútbol africano es un vector de unidad, esperanza y superación personal. Lleva consigo los sueños de millones de jóvenes de todo el continente. Estos sueños deben seguir siendo nuestra brújula colectiva y recordarnos que la grandeza de un deporte no se mide solo por los trofeos, sino también, y sobre todo, por el ejemplo de quienes lo representan.
Artículo publicado en Le360