Del orientalismo periodístico: cuando Le Monde reinventa Marruecos

El rey de Marruecos, Mohammed VI, asistiendo a una ceremonia de lealtad para conmemorar el 24 aniversario de su entronización, en el palacio de Tetuán el 31 de julio de 2023 - PHOTO/ MAP
En la primera parte de este análisis se diferenciaron el orientalismo clásico, presente en la etnografía, la literatura y la pintura, del orientalismo moderno que predomina en medios tradicionales y digitales. 2/2
  1. Huellas de percepciones orientalista
  2. Visión eurocéntrica
  3. Estereotipos dicotómicos
  4. Proyección de amenaza y peligro
  5. Fascinación exótica y esencial
  6. Instrumentalización de la representación
  7. Problemática de las fuentes de información
  8. Dos ejemplos de rigor profesional
  9. Demostración y calidad de la información
  10. Un reciclaje legitimador

El primero, aunque atravesado por una percepción esencialista, se basaba en un trabajo de campo riguroso y minucioso, y demostraba una capacidad de observación precisa, ofreciendo así una imagen más o menos creíble y fáctica de la realidad oriental. Este enfoque informado tendía a una apropiación del objeto de conocimiento, con una construcción clara e inteligible de éste, antes de proponer una interpretación esencialista.

En cambio, el orientalismo moderno replica la misma percepción esencialista, pero sin preocuparse por la realidad ni por la verificación de los hechos. Procede directamente a una interpretación esencialista, frecuentemente perezosa o poco informada, sin una construcción precisa de un objeto creíble. En él se detecta más bien la expresión de una fantasía cruda y un reciclaje mecánico de clichés, antes que un intento real de comprensión o de representación fiel.

Es en este contexto que la serie de artículos publicada por el diario francés Le Monde sobre el reinado de Mohamed VI invita a una mirada crítica respecto a su tratamiento del sistema político marroquí, especialmente debido a una falta de conocimiento de terreno y a una representación de la realidad marroquí basada en suposiciones reduccionistas, rumores infundados y clichés desgastados, que distorsionan la complejidad y dinámica verdadera del poder en Marruecos, ocultando las múltiples dimensiones sociales, culturales y políticas que moldean esta realidad.

Lejos de un juicio simplista o exótico, la descripción de Marruecos en el orientalismo clásico da cuenta de un verdadero esfuerzo por transmitir una información honesta y matizada sobre el poder marroquí, basada en un conocimiento directo y una atención rigurosa a los detalles sociopolíticos y culturales. En contraste, la serie de artículos titulada El enigma Mohamed VI y publicada por Le Monde está llena de especulaciones descalificadoras y obsesiones estigmatizantes, presentando una cobertura periodística marcada por la falta de rigor y una flagrante ausencia de verificación seria de los hechos.

Huellas de percepciones orientalista

Para discernir las huellas de percepciones orientalistas en la supuesta investigación publicada por Le Monde, hemos intentado identificar algunos elementos característicos que estructuran este tipo de discurso. Las marcas de las principales figuras del orientalismo, presentes en el contenido de los seis episodios de esta larga y hueca serie periodística, se despliegan de la siguiente manera:

Visión eurocéntrica

La investigación publicada por Le Monde sobre la monarquía marroquí podría percibirse como partiendo de una mirada parisina, occidental, que aplica un marco interpretativo eurocéntrico a Marruecos. La realidad política se reduce a una mecánica exótica, compuesta por chismes sociales y tramas personales concebidas como típicas de un Oriente misterioso. Las alianzas y rivalidades se tejen y deshacen como si la organización política obedeciera a una puesta en escena casi teatral. Esta reducción a una lectura folclórica, que ignora la modernidad, la estabilidad institucional y las dinámicas políticas reales de las que goza el Reino de Marruecos ilustra una visión eurocéntrica que fija a Marruecos en un estereotipo exótico.

Estereotipos dicotómicos

Al igual que la percepción orientalista tradicional que opone Oriente a Occidente, el relato del diario Le Monde contrapone implícitamente un Marruecos misterioso, opaco y confuso al racionalismo occidental, recurriendo a un vocabulario cargado de términos dramáticos, como “virrey”, “novela negra”, “complot”, “nerviosismo”, “incertidumbres”, oponiendo una supuesta oscuridad oriental a una pretendida claridad occidental. El uso repetitivo del término “majzén” como una entidad fija en oposición a un Estado moderno valida estas dicotomías desgastadas del orientalismo clásico. Así se ve el caldero donde se mezclan el progreso frente a la estancación, la transparencia contra la opacidad, la modernidad política “occidental” opuesta al atraso oriental de un “Estado gobernado por el arte de los secretos”, creando un relato binario y normativo basado en una jerarquía cultural y política.

Proyección de amenaza y peligro

La investigación insinúa una “guerra fría” en la cúpula del poder, con “tensiones”, “luchas de clanes”, “rivalidades exacerbadas”, dibujando un retrato del Estado marroquí como un teatro de amenazas internas, que podría calificarse como una proyección ansiógena y alarmista. La puesta en primer plano de figuras que encarnan una supuesta “deriva autoritaria” se manifiesta mediante varios fantasmas como el “regreso del garrote”, “redes de informantes”, “tecnologías modernas de vigilancia”, así como una “prensa obediente”. A esto se suman presuntas tensiones que “se sienten dentro del Majzén”, materializadas por “polos de competencia”, “rivalidades entre redes”, una “guerra en la sombra”, una “bomba de relojería”, “fuerzas enfrentadas”, “desencuentros”, “maniobras” y otros delirios fantasmagóricos. Esta acumulación de términos dramáticos y sensacionalistas contribuye a una representación ansiógena y caricaturesca del poder marroquí, reforzando un imaginario de inestabilidad crónica y de amenaza interior amplificada o incluso exagerada.

Fascinación exótica y esencial

La investigación realizada por Le Monde cae en una fascinación exótica visible en el vocabulario y la dramatización: “club de los siete”, “enigma insoluble”, “secretos de palacio”. Al construir personajes y dinámicas casi exóticas, la investigación esencializa la realidad política marroquí, reduciéndola a una fábula orientalista folclórica, en lugar de a un análisis político riguroso.

Instrumentalización de la representación

La investigación se sumerge en la creación de un relato ideológico que sirve para reforzar los prejuicios occidentales, manipulando hechos para fortalecer un imaginario dominante occidental sobre el “Oriente” como tierra de intrigas secretas e irracionalidad, legitimando así una visión neocolonialista de Marruecos. Este relato produce un discurso de poder que no muestra la adhesión inquebrantable del pueblo marroquí al Trono alauita, ni el vínculo profundamente afectivo que une a este último con su monarca el Rey Mohamed VI, ni tampoco la solidez y resiliencia de las instituciones marroquíes. Por el contrario, presenta una otredad fragmentada y dominada, construida alrededor de una visión reductora y estereotipada que oculta las dinámicas reales de lealtad, unidad y continuidad que caracterizan la relación entre el pueblo y la monarquía en Marruecos.

En el corazón de esta percepción orientalista, improvisada, ingenua y mal informada, se encuentra un problema mayor de índole profesional y deontológica, relacionado con la fiabilidad y la calidad de las fuentes de información utilizadas. Este déficit de rigor en la elección y verificación de las fuentes compromete la credibilidad del relato y refuerza estereotipos erróneos y prejuicios infundados sobre Marruecos.

Problemática de las fuentes de información

Cabe recordar que, para realizar una investigación periodística conforme a las normas profesionales y deontológicas, es esencial tratar adecuadamente la cuestión de las fuentes de información respetando ciertas reglas clave. Los periodistas deben buscar y reportar la verdad verificando la veracidad de la información y siendo honestos en su reporte. Deben dar a conocer las fuentes de sus informaciones en la medida de lo posible y cuando sea pertinente, salvo cuando el secreto esté justificado para proteger el anonimato de las fuentes (por ejemplo, para prevenir un peligro o respetar una promesa de confidencialidad). La protección de las fuentes es, de hecho, un principio fundamental del periodismo, garantizado por la ley y la ética profesional, que protege la libertad de expresión de los informantes y el derecho del público a ser informado. Esta protección obliga a los periodistas a no revelar la identidad de sus fuentes cuando estas hayan solicitado anonimato o cuando revelarla pudiera ponerlas en peligro.

No obstante, conviene precisar que no todas las fuentes son necesariamente anónimas. En una investigación seria es a menudo necesario poder identificar y verificar algunas fuentes, en especial aquellas utilizadas para garantizar la credibilidad de la información y asegurar la transparencia ante el público. La buena práctica en periodismo consiste entonces en citar claramente las fuentes cuando esto no afecte su integridad o seguridad, y proteger el anonimato cuando la confidencialidad esté justificada. Sin embargo, en Le Monde, el anonimato parece haberse impuesto como una regla de oro; no faltan fórmulas para ocultar la identidad de las fuentes, a veces hasta inventando interlocutores ficticios para atribuirle cualquier cosa a cualquiera: (se dice... confía un diplomático occidental destacado en Rabat... se cree saber un experto en las intrigas del majzén... agrega una fuente bien introducida en la monarquía... como lo demuestra una anécdota... resume un habitual del séquito... recuerda un diplomático francés implicado en el asunto... descifra una fuente familiarizada con los ambientes de seguridad... señala un empresario marroquí... confía un habituado del séquito...). Esta abundancia de perífrasis refleja una marcada preferencia por una confidencialidad sistemática y paradójicamente “enigmática”, que a veces puede debilitar la credibilidad y transparencia de la información. El desafío periodístico consiste precisamente en encontrar el equilibrio entre la necesaria protección de la fuente y la exigencia de una identificación suficiente para que el lector pueda evaluar la fiabilidad de las revelaciones.

Una investigación anónima tiende a carecer de credibilidad ante el público. Según estudios recientes sobre la credibilidad de los medios de información, gran parte del público expresa importantes dudas frente a la información que proviene exclusivamente de fuentes anónimas o confidenciales. Esta cuestión es fundamental en el periodismo, ya que el uso frecuente y no justificado de fuentes anónimas puede dañar gravemente la confianza del público en los medios. La deontología recomienda que estas situaciones sean excepcionales y estén claramente justificadas, explicando por qué es necesaria la confidencialidad (por ejemplo, riesgo para la fuente). La transparencia, por tanto, constituye un valor clave para garantizar la credibilidad y el rigor de una investigación periodística.

Dos ejemplos de rigor profesional

Los ejemplos de rigor profesional en la elaboración y publicación de investigaciones periodísticas son numerosos y particularmente instructivos para analizar el caso de un diario como Le Monde. De hecho, la profundidad de las investigaciones, la diversidad, la corroboración y la verificación minuciosa de las fuentes, la calidad de la información, así como el respeto a una ética rigurosa, son características esenciales del periodismo de investigación que pueden inspirar y aclarar las prácticas editoriales. Sin embargo, para mantener la concisión y el enfoque, aquí conviene retener solo dos ejemplos referenciales que encarnan plenamente estas exigencias profesionales: la investigación del Washington Post sobre el escándalo de Watergate y la del New York Times sobre el caso de Harvey Weinstein, cada una ilustrando a su manera cómo un trabajo periodístico riguroso puede no solo sacar a la luz hechos cruciales, sino también ejercer presión sobre las instituciones para defender la verdad y la justicia.

La película Los hombres del presidente (1976), dirigida por Alan J. Pakula, presenta la investigación llevada a cabo por los periodistas Bob Woodward y Carl Bernstein del Washington Post sobre el escándalo de Watergate como un trabajo riguroso y tenaz, marcado por una búsqueda paciente y metódica de las pruebas. Al principio, el caso parecía ser un simple robo, pero los dos periodistas descubren rápidamente conexiones con el Comité para la reelección del presidente Nixon, lo que los impulsa a ahondar más profundamente. La película destaca su determinación a pesar de las dificultades, las negaciones y las amenazas, así como el papel crucial de su informante anónimo apodado “Garganta Profunda”, pero lo que más llama la atención en la película, es cómo muestra al director editorial Ben Bradlee como prudente, subrayando que no se trata aún de una historia confirmada mientras no se reúnan pruebas sólidas.

Por tanto, se establecieron rigurosos elementos de prueba que terminaron por convencer a la dirección del Washington Post de publicar la investigación sobre el escándalo de Watergate. Más allá de la detención de cinco hombres sorprendidos infraganti en las oficinas del Partido Demócrata con herramientas de espionaje (micrófonos, cámaras, bolígrafos con gas lacrimógeno) y mucho material para llevar a cabo una operación de escucha clandestina, la investigación debía poner de manifiesto los vínculos descubiertos entre estos ladrones y el Comité para la reelección del presidente Nixon, lo cual dejaba entrever una operación organizada desde la Casa Blanca. Se recogieron testimonios sucesivos fundamentales, entre ellos el de James McCord (uno de los ladrones), quien reveló la existencia de una red de espionaje político; se apoyaron en las revelaciones de John Dean, asesor jurídico de Nixon, que pusieron al descubierto que las conspiraciones provenían directamente del Despacho Oval; se probó la existencia de un sistema de escuchas secretas en la Casa Blanca, confirmada por el testimonio de Alexander Butterfield; y finalmente se confirmó que se habían cometido actos de obstrucción a la justicia para intentar encubrir el asunto. Fueron estas pruebas acumuladas a través del trabajo de investigación realizado por Woodward y Bernstein las que finalmente convencieron al director editorial Ben Bradlee de publicar una serie de artículos que revelaron el sistema de abuso de poder presidencial, desencadenando un escándalo mayor que culminó con la renuncia de Nixon.

Otra película basada en una investigación periodística se realizó sobre Harvey Weinstein, productor estadounidense de cine. Esta película titulada She Said (2022) y dirigida por Maria Schrader, adapta el libro de las periodistas Jodi Kantor y Megan Twohey del New York Times, quienes llevaron a cabo la investigación que reveló las agresiones sexuales de Weinstein. La película pone de relieve la investigación periodística que rompió décadas de silencio en la industria de Hollywood y dio origen al movimiento MeToo. También rinde homenaje al periodismo de investigación y se centra en los testimonios de las víctimas y el intento de Weinstein de silenciarlas mediante acuerdos financieros.

La película revela cómo la investigación periodística del New York Times sobre Harvey Weinstein estuvo marcada al principio por dudas internas sobre la publicación. El director editorial Dean Baquet apoyó a las periodistas Jodi Kantor y Megan Twohey en su trabajo de investigación, a pesar de las fuertes presiones del productor Weinstein para retrasar o impedir la publicación de su artículo. Sin embargo, como en todo periodismo de investigación serio, la dirección del diario exigía pruebas sólidas y concretas antes de autorizar la publicación de la investigación, para evitar cualquier demanda por difamación y asegurar la credibilidad de la información.

La investigación periodística duró varios meses, en los que las dos periodistas recogieron muchos testimonios, se reunieron dos veces con Weinstein y sus abogados, buscando pruebas irrefutables. El equipo de Weinstein intentó ganar tiempo mediante maniobras jurídicas y tentativas de negociación. Finalmente, fue la rigurosidad de las pruebas recolectadas y la validación por parte del New York Times lo que permitió la publicación del artículo explosivo en octubre de 2017. Este contexto subraya el papel crucial del director editorial en la decisión final de autorizar una investigación delicada como esta, exigiendo pruebas tangibles y garantías sólidas antes de su publicación.

Demostración y calidad de la información

Si el objetivo de un reportaje periodístico es “mostrar”, el de una investigación es “demostrar”, lo que evidencia una diferencia fundamental entre dos formas de periodismo. Un reportaje presenta hechos y testimonios visibles para informar, mientras que una investigación debe ir más allá, validando mediante pruebas, testimonios verificables y documentos sólidos, para construir un argumento riguroso y demostrar una realidad oculta o contestada.

En el periodismo de investigación, la calidad de la información es el elemento estructurante fundamental. El rigor profesional de una investigación o indagación se basa en la profundidad de la búsqueda, la precisión de los datos recogidos, la verificación minuciosa de los hechos y en el respeto a la deontología periodística. Estos criterios aseguran que la información producida sea fiable, imparcial y de interés público. Así, la propia estructura de la investigación periodística se apoya en la búsqueda de información de calidad, porque es esa calidad la que legitima el impacto social y democrático de la investigación.

En el caso de la serie de investigaciones del diario Le Monde sobre “El enigma Mohamed VI”, este enfoque de demostración no fue en absoluto respetado. En lugar de presentar una investigación fundada en elementos concretos y verificados, la serie se apoyó en murmuraciones de salón, fuentes anónimas y un reciclaje de rumores difundidos, replicados frecuentemente por las redes sociales.

El trabajo del diario Le Monde sería un intento de legitimación mediática de un relato construido sobre especulaciones no rigurosamente fundamentadas, sin pruebas nuevas y sin que las afirmaciones estén corroboradas por investigaciones de terreno, documentos fiables o testimonios formalmente identificados. Este procedimiento puede, paradójicamente, conferir apariencia de autoridad a delirios o construcciones discursivas provenientes de la web y de imaginarios desconectados, más que a un verdadero análisis periodístico sólido.

Un reciclaje legitimador

Así, la serie publicada por Le Monde parece una operación que reutiliza material ya conocido (contenido recalentado) y que, en lugar de esclarecer su enigma, mantiene una nebulosidad e incertidumbre que no corresponden a una demostración periodística rigurosa., sino más bien a un relato polémico (storytelling). El resultado es que genera mucha confusión sin realmente desarrollar el conocimiento sobre el régimen político marroquí o sobre la figura del Rey Mohamed VI. Aunque adopta la forma de una investigación experta, Le Monde no logró aportar la demostración que se espera de un trabajo así, dando más la impresión de un montaje mediático basado en rumores y no en una investigación periodística rigurosa. Incluso parecería que los dos periodistas se conformaron con “firmar” una investigación que recicla contenidos ya conocidos, fundamentados en clichés, estereotipos y rumores antiguos, sin aportar un valor real añadido ni un análisis nuevo.

El “reciclaje legitimador” al que se habría prestado Le Monde en su investigación sobre el enigma Mohamed VI invita a pensar que ciertos promotores de la propaganda anti marroquí en las redes sociales han decidido elevar su relato a un nivel superior de credibilidad mediática. En otras palabras, relatos fantasiosos, rumores y discursos delirantes que circulaban en esferas informales o redes sociales, donde permanecían confinados a comunidades marginales, han encontrado un canal “oficial” y “prestigioso” en una institución mediática como Le Monde. Esto da a esos relatos no verificados y cuestionados una forma de validación por asociación, como si pasara por la “casa” del periodismo de influencia legitimara lo que hasta entonces eran alegaciones infundadas.

El reciclaje legitimador es por tanto una dinámica de contagio entre medios alternativos y medios tradicionales, donde estos últimos pueden involuntariamente servir de caja de resonancia a relatos discutibles. Esto plantea un desafío mayor para los periodistas y medios tradicionales: cómo mantener la exigencia de rigor y prueba mientras exploran temas emergentes y sensibles, sin dar crédito a lo que es mera rumorología o desinformación disfrazada. Este mecanismo ilustra las fronteras porosas entre información, opinión y propaganda en el ecosistema mediático contemporáneo hiperconectado.

Como recordaba acertadamente el filósofo danés Søren Kierkegaard, “Hay dos maneras de equivocarse: una es creer lo que no es, la otra es negarse a creer lo que es”. Lamentablemente, Le Monde se ha equivocado en ambos registros mencionados por Kierkegaard: creyó lo que no era, dejándose a veces arrastrar por aproximaciones o sesgos en su investigación, pero también se negó a creer lo que es, careciendo en ocasiones del rigor o de la distancia crítica ante ciertas realidades políticas o económicas.

En sus seis episodios, el diario Le Monde pretendió que el reinado de Mohamed VI está llegando a su fin, retratando al rey como frágil y describiendo a la élite política como dividida por conflictos palaciegos y complots, basados solo en rumores y especulaciones. Este análisis pasa completamente por alto el hecho de que, bajo el impulso de Mohamed VI, Marruecos ha vivido en veintiséis años una transformación mayor, embarcándose en una notable modernización social y económica, al tiempo que adopta una política ambiciosa en África en un contexto internacional cada vez más multipolar.

Esta doble falla afecta la credibilidad de este diario francés de referencia e ilustra la importancia crucial de revisar sus prácticas periodísticas para reconectar con un periodismo más profesional y riguroso, a imagen de las grandes investigaciones ejemplares que han marcado la historia del periodismo de investigación. Le Monde volvería a la escuela de periodismo para aprender de memoria las lecciones del Washington Post y del New York Times, y refrescar su credibilidad, seriamente desgastada.