Adiós al pacto nuclear entre EE. UU. y Rusia

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, estrecha la mano del presidente ruso, Vladimir Putin, durante su reunión para negociar el fin de la guerra en Ucrania, en la Base Conjunta Elmendorf-Richardson en Anchorage, Alaska, Estados Unidos, el 15 de agosto de 2025 - REUTERS/ KEVIN LAMARQUE
Muerte dulce se llama en el mus a la derrota de la pareja perdedora cuando al descubrir las cartas y contar los amarracos, se da cuenta de que sus rivales han ganado sin necesidad de haber hecho frente a un envite u órdago decisivo

Casi de la misma manera, el mundo se ha enterado este 5 de febrero de que ha dejado de contar con la “protección” del Tratado para la Reducción de Armas Estratégicas, conocido como New Start

Ninguno de los dos firmantes de este, Estados Unidos y Rusia, lo había denunciado, ni tampoco se había producido ruptura alguna entre ambos al respecto, simplemente han dejado que expirara un tratado que fuera firmado en 2010 y renovado en 2021, y que a su vez era el heredero del Tratado de No Proliferación Nuclear de 1968, así como de los sucesivos Tratados para la Limitación de las Armas Estratégicas (SALT). El ahora tratado muerto por pura caducidad había sido rubricado por Barack Obama y el presidente ruso Dmitri Medvédev, este en el período en el que había intercambiado con Vladímir Putin su papel institucional a fin de que este último pudiera volver a la Presidencia de Rusia sin transgredir su Constitución de entonces. 

Militares rusos equipan un sistema de misiles tácticos Iskander, un misil de doble capacidad capaz de transportar una ojiva convencional o nuclear - REUTERS/ SERGEI KARPUKHIN

Sobre el papel, el mundo está hoy más amenazado que ayer por la posibilidad de un holocausto nuclear, al no existir ningún freno legal internacional que impida a alguno de los dos colosos apretar el botón rojo de la destrucción atómica. Es un puro ejercicio teórico, ya que el actual zar del Kremlin esgrime la posibilidad de apretarlo cada vez que se siente arrinconado por una decisión, europea habitualmente, que le golpea en donde más duele: las sanciones económicas y personales. 

El ya fenecido New Start limitaba el arsenal nuclear de cada una de las dos superpotencias a 1.550 ojivas desplegadas, es decir las que están en posición de ser lanzadas. Cuando se firmó el tratado, los especialistas cuantificaban su capacidad destructora de todo el planeta en al menos nueve veces. Y, por si quedara algo por arrasar, el tratado también permitía que EEUU y Rusia mantuvieran su arsenal de otras 3.000 ojivas atómicas

En la historia de estos tratados hubo un momento en que la humanidad pudo incluso haberse librado por completo de las armas nucleares. Fue en 1985, cuando los presidentes Ronald Reagan y Mijaíl Gorbachov se plantearon la destrucción total de sus respectivos arsenales. Aquel tanteo fracasó por culpa de los halcones del Kremlin, que ya amenazaban a Gorbachov “por mostrar con tal iniciativa las costuras de la realidad soviética”, una URSS prácticamente en absoluta bancarrota. La negativa entonces a aquella destrucción de los arsenales nucleares desembocó en que Reagan pisó el acelerador de la inversión en defensa, carrera que la Unión Soviética no pudo seguir y que terminaría con su derrumbe y su correspondiente sistema comunista en 1989. 

El presidente estadounidense Ronald Reagan (Der.) y el presidente soviético Mikhail Gorbachev firmando el tratado de Fuerzas Nucleares de Rango Intermedio (INF) en la Casa Blanca, el 8 de diciembre de 1987. Reagan fue elegido como el 40º presidente de los Estados Unidos en 1980 - REUTERS/ DENNIS PAQUIN 

Aquel fue el fin de la Guerra Fría, ganada por EEUU en particular y el llamado Occidente en general, derrota que fuera calificada por el entonces aún espía del KGB, Vladímir Putin, como “la mayor tragedia del siglo XX”, prometiéndose a sí mismo que volvería a reverdecer la grandeza de Rusia si llegara a tener la oportunidad de hacerlo. 

A tenor de diversas fuentes, tanto norteamericanas como rusas, en las numerosas conversaciones que ya han sostenido los presidentes Trump y Putin, parece que el tema de prolongar el tratado New Start habría sido evocado por ambos, pero con la negativa del líder de la Casa Blanca a reproducir un tratado bilateral que no incluyera a China. Trump no cesa de dar muestras de que considera a Pekín su principal adversario en su lucha por la hegemonía y, aunque Xi Jinping tiene un considerable retraso en ojivas nucleares respecto de EE. UU. y Rusia, parece haber recortado considerablemente las distancias. 

Las tres grandes potencias han acelerado notablemente su carrera por la conquista del espacio, con ánimo de convertirlo sin duda en rampa de lanzamiento de sus nuevos ingenios, nucleares o no. Además, en el caso de Rusia y China también se ha constatado un avance notable en el desarrollo de los vectores hipersónicos, como el Oreshnik, capaz de alcanzar cualquier punto de la Tierra en menos de 20 minutos

Misiles hipersónicos antibuque YJ-20 durante un desfile militar para conmemorar el 80 aniversario del final de la Segunda Guerra Mundial, en Beijing, China, el 3 de septiembre de 2025 - REUTERS/ MAXIM SHEMETOV

Por su parte, Estados Unidos estaría volcándose en el desarrollo de un denominado “escudo espacial”, a la manera de la Cúpula de Hierro con que Israel protege sus cielos de los misiles enemigos. Casualmente, para tal desarrollo la enorme isla de Groenlandia sería el área de ensayos ideal, e incluso de instalación permanente para la protección directa del territorio de Estados Unidos. 

Para no pocos analistas militares, adquirir ventaja en la construcción de un escudo espacial, que convirtiera en inmune a la potencia que lo tuviera, haría trizas la todavía vigente teoría de la Destrucción Mutua Asegurada (MAD), según la cual nadie se atreve a lanzar un ataque nuclear por ser consciente de que no podría evitar la inmediata represalia, y consiguiente destrucción propia, por parte del país atacado. 

Además de EEUU y Rusia, que acaparan el 86 % de las ojivas nucleares y misiles intercontinentales, China estaría rebasando ya el 10 % de tales armas. Lejos, pero con no menos ambiciones, quedan no solo las demás potencias nucleares (Francia, Reino Unido, Pakistán, India, Israel y Corea del Norte), sino también las que aspiran a serlo, por ejemplo, Irán y Arabia Saudí. Como asegura el venerado informe de Mario Draghi, “la humanidad está entrando en una nueva era”.  Queda por comprobar cómo de buena o mala, y según para quién, será.