Humillación y dilema existencial para Ucrania… y Europa
Un plan cocinado supuestamente por la Casa Blanca y el Kremlin sin que ni Ucrania ni la Unión Europea hayan sido oídas ni tenidas en cuenta. Un desprecio equivalente a la exigencia prácticamente de una rendición incondicional por parte de Ucrania, pero de paso también para Europa, principal valedor del presidente Volodimir Zelenski, en la medida en que la eventual derrota de Ucrania estimularía las apetencias del presidente de Rusia, Vladimir Putin, sobre otros países europeos, empezando por los que lograron sacudirse su tutela imperial.
Casi al cabo de cuatro años de guerra desde la invasión rusa de Ucrania, la realidad sobre el terreno es que una Ucrania exhausta está perdiendo terreno ante las últimas ofensivas rusas. Kiev ha logrado mantener el pulso merced a la ayuda logística americana y al suministro pautado de armas por parte de Estados Unidos y Europa, aunque siempre por debajo de las demandas y expectativas de Zelenski y de sus jefes militares.
Con muy escasas excepciones, pocos son los que han creído que Ucrania pudiera a la postre ganar la guerra a Rusia, aún a pesar de la clara mella que las veinte oleadas sancionadoras han causado a la economía del país, e incluso a la moral de la población, sometida ésta no obstante a la presión de un nacionalismo patriótico que castiga duramente cualquier duda sobre la propia superioridad “legal” e “histórica” frente a los antiguos camaradas ucranianos.
Trump, que aún no la logrado despejar muchas dudas en el horizonte de Oriente Medio, tiene cada vez más prisa en centrar sus esfuerzos financieros y militares en su enfrentamiento con China por el liderazgo mundial, de manera que la guerra de desgaste ruso-ucraniana le distrae en exceso, aún cuando haya obtenido la inestimable victoria de doblegar a los europeos y que estos aceptasen contraer drásticamente su Estado de Bienestar para invertir en armamento y defensa lo que forzosamente detraerán de sanidad y pensiones.
El meollo de los 28 puntos del citado plan de paz es la consagración del derecho de conquista, puesto que Ucrania debería renunciar definitivamente a la península de Crimea y a las dos provincias que conforman el Donbass, Donetsk y Lugansk; Putin incluso exige que esa renuncia se extienda también a Jersón y Zaporiyia, en suma una amputación superior al 20% del territorio ucraniano.
Asimismo, Kiev debería abandonar para siempre su aspiración de formar parte de la OTAN y sus fuerzas armadas tampoco podrían integrar a más de 600.000 miembros.
Como bien lo ha resumido Zelenski, Ucrania ha sido puesta ante un dilema diabólico: aceptar tan draconiano ultimátum y perder la dignidad, o sea la esencia misma de un pueblo, o bien perder la protección, supuesta, de su más poderoso aliado, Estados Unidos.
Los términos de la elección son tan acuciantes, y con garantías tan etéreas, que constituyen una terrible humillación. Cierto es que Trump no se anda con sutilezas versallescas a la hora de plantear sus exigencias, pero la brutalidad con la que trata a Zelenski, y por extensión a Ucrania, no es precisamente una incitación a la amistad y al cariño.
Derivada principal de esta situación es asimismo el señalamiento de la debilidad de Europa. A pesar de las últimas decisiones, la UE sigue sin abordar las verdaderamente decisivas para superar las amenazas de su crisis existencial: muchas dudas aún en la construcción de gigantes europeos de la industria de defensa, y está por ver que se cumpla en 2028 la integración definitiva del mercado único europeo en energía conectividad y mercados financieros.
Sería de verdad la única forma en que la UE pudiera sacudirse la triste imagen de potencia decadente y subalterna a la que está contribuyendo decisivamente Trump.
Y, en fin, falta la otra pata decisiva en ese tan controvertido plan de paz: la de la opinión del propio Vladimir Putin, a priori el ganador incontestable si entrara en vigor el citado plan de paz. De momento el líder del Kremlin solo lo considera un “borrador base para negociar”. O sea, que las concesiones territoriales e institucionales que Trump le impone a Zelenski no le parecen suficientes.
Hay un fondo de verdad en la aparentemente inamovible posición de Putin, y es que probablemente no le interese el final de esta cruentísima guerra. Mantener el conflicto le garantiza también conservar el poder mediante medidas coercitivas excepcionales, de manera que cuanto más tiempo esté en el poder, menos discutirán los rusos de los problemas internos del país y más irreversibles se harán las medidas que han ido convirtiendo a Putin en un nuevo e implacable émulo de Stalin.