Nuevo orden mundial made in Trump
Es un documento decisivo, por cuanto condensa las líneas maestras del trumpismo, ya apuntadas a primeros de este mismo año por el vicepresidente J.D. Vance en Munich, discurso que ya causara entonces una honda desazón en la Unión Europea.
En esta ocasión, la publicación de tan trascendental documento ha venido precedida del inédito plantón de un secretario de Estado norteamericano, en esta ocasión Marco Rubio, a la asamblea general de la OTAN, poniendo así en evidencia el distanciamiento euro-americano.
Más que de enfriamiento norteamericano hacia Europa cabría hablar, a tenor del documento, casi de ruptura. El inquebrantable aliado americano estima sin ambages que Europa padece una incontenible decadencia económica, jalonada por una degradación política y social que marcan su “crisis de civilización”. Además de considerar casi irrecuperable ese papel tradicional civilizatorio de la Vieja Europa, Trump viene a concluir que los países que integran la UE han dejado de ser fiables a ojos de Estados Unidos.
Sin mencionarlos por sus nombres expresamente, el documento alude a que “algunos responsables europeos mantienen expectativas irreales respecto de la guerra en Ucrania”. Es el reconocimiento más explícito hasta la fecha de la diferencia de intereses que enfrenta a los dos lados del Atlántico.
Mientras la UE parece haber interiorizado, en diverso grado según el emplazamiento geográfico de sus miembros con respecto a Rusia, que las ambiciones de Vladímir Putin no se detendrían tras haberse hecho con gran parte de Ucrania, Donald Trump señala como prioridad el restablecimiento del vínculo estratégico con Rusia, o sea una nueva división del mundo en zonas de influencia exclusiva de Washington o Moscú.
En el documento se censura la fractura existente entre los países de la UE y Rusia, “por falta de autoestima de la civilización europea”, una quiebra que “acelera el riesgo de borrado político y cultural del continente”, a juicio de la Casa Blanca.
En suma, el documento viene a instar a Europa a que acepte las pretensiones de Putin, y si no lo hace, que no cuente con la ayuda de Washington.
También censura de manera contundente “la asfixia regulatoria” europea, que choca frontalmente con el diseño trumpista de un mundo regido esencialmente por pactos bilaterales y los consiguientes aranceles, el arma comercial que Trump ha logrado imponer, y que administra cual emperador omnipotente, como premiador o castigador a su suprema y omnímoda voluntad.
Rompe así claramente con el globalismo y el multilateralismo, lo que subraya cuando afirma que “será el pueblo estadounidense, y no los países extranjeros ni las instituciones globalistas, quién determine el futuro del hemisferio [occidental]”.
Es también la puesta por escrito, negro sobre blanco, del abandono de las políticas prioritarias del Partido Demócrata en Estados Unidos y de los pactos entre socialistas, conservadores y ecologistas en Europa: el cambio climático, las políticas de género, la inmigración incontrolada y el multiculturalismo. Batallas ideológicas a las que Trump -y los partidos nacionalistas europeos- achacan el decrecimiento y el empobrecimiento “que pone en peligro toda la civilización occidental”.
Como ya está aplicando con especial ahínco en Iberoamérica, la nueva Estrategia de Seguridad Nacional subraya tres prioridades de lucha: contra la inmigración irregular o no deseada; contra el narcotráfico y contra la inseguridad marítima.
Hace un llamamiento expreso a que los países del continente se le unan en conseguir el éxito en tales frentes, al tiempo y a cambio de que Estados Unidos sea tanto el principal proveedor de seguridad como el facilitador de nuevas oportunidades económicas en toda América.
Respecto de Asia, no menciona expresamente el documento ni a Taiwan ni a la ingente cantidad de contenciosos en el Mar de China Meridional, en donde Pekín ha intensificado notablemente su presencia y la intensidad de sus maniobras militares, coincidiendo precisamente con la alusión de la nueva primera ministra japonesa, Sanae Takaichi, a que “un hipotético ataque de China a Taiwan provocaría la reacción contundente de Japón”.
Sin embargo, Estados Unidos, lejos de plantearse abandonar su presencia e influencia en la zona, mantiene su ambición de una permanencia basada en la disuasión militar.Una redoblada firmeza en la misma favorecería una política económica cuya expansión facilitaría la generación de nuevos recursos, y por consiguiente la continuidad norteamericana en la zona a largo plazo.
En este capítulo asiático, pues, Trump viene a plantear a China el mantenimiento del actual equilibrio estratégico, pero advirtiendo implícitamente que no se quedará de brazos cruzados si tal equilibrio se pretende alterar por la fuerza.
Respecto de Oriente Medio, la primera evidencia que se desprende del análisis del documento es que la región ha dejado de ser la principal prioridad de Estados Unidos, como lo llevaba siendo prácticamente desde el final de la guerra en Vietnam.
El principal adversario, Irán, tiene las garras muy limadas desde la operación conjunta con Israel para cortar la carrera del país islámico por dotarse del arma nuclear. Sus tentáculos en los territorios palestinos de Gaza y Cisjordania así como en Líbano -Hamás y Hezbolá- han quedado muy disminuidos mientras que el rompecabezas de Siria está en vías de embridarse con ayuda de aliados como Turquía.
No menos importante con respecto a tan candente región es la renuncia expresa de Estados Unidos a “intimidar o impulsar a países y gobiernos para que adopten modelos [políticos] ajenos a su tradición”.
Se entierra así definitivamente la política impuesta y esgrimida desde el presidente George Bush, que sirviera de base justificativa para desencadenar ofensivas y guerras cuyos desenlaces finales no han sido precisamente muy positivos en términos generales.
Y es un guiño evidente a las denominadas Monarquías del Golfo, cuestionadas no sólo por la propaganda iraní sino también por la ultraizquierda europea y americana.