De la paz por territorios a la paz por la fuerza

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, habla durante la cumbre de líderes mundiales sobre el fin de la guerra de Gaza, en medio de un intercambio de prisioneros y rehenes negociado por Estados Unidos y un acuerdo de alto el fuego entre Israel y Hamás, en Sharm el-Sheikh, Egipto, el 13 de octubre de 2025 - REUTERS/ SUZANNE PLUNKETT
Fue aún en el siglo pasado cuando el contencioso árabe-israelí estuvo a punto de implementar una paz definitiva, lo que hubiera facilitado la implantación de los dos Estados

Pero aquella solución, ya rechazada en 1948, cuando naciera el Estado de Israel, tampoco llegaría a consolidarse como la principal cláusula de los Acuerdos de Oslo. En esencia, aquel principio disponía la retirada de Israel de los territorios ocupados en la Guerra de los Seis Días de 1967 a cambio de la renuncia a todas las reclamaciones árabes, en especial la que negaba a Israel el derecho a vivir en su tierra. La no aceptación de ese legítimo derecho a su existencia, establecido por la Asamblea General de Naciones Unidas, es la matriz de las guerras que desde hace ya ocho décadas ha impedido la pacífica convivencia, o incluso la mera coexistencia no hostil, entre israelíes y palestinos. 

Tropas israelíes caminan durante una visita semanal a colonos en Hebrón, Cisjordania ocupada por Israel, el 23 de agosto de 2025 - REUTERS/ MUSSA QAWASMA

Como ha podido comprobarse desde el 7 de octubre de 2023, la última guerra tuvo el desencadenante más brutal experimentado por el pueblo judío desde la II Guerra Mundial. Los comandos terroristas de Hamás, en una operación terrorista perfectamente diseñada, planificada y ejecutada, invadieron desde Gaza el territorio de Israel por siete puntos distintos. Asesinaron a más de 1.200 ciudadanos, hirieron a más de 2.000 y capturaron 251 rehenes. Como habían previsto sus mentores iraníes, la respuesta de Israel fue brutal reduciendo a escombros la Franja de Gaza en la guerra más larga y sangrienta de las cinco que ha librado en sus menos de ochenta años de existencia: 2.000 bajas propias y casi 70.000 gazatíes, según cifras de Israel y Hamás, respectivamente, a lo largo de estos dos años de intenso sufrimiento. 

Obsesionado por su seguridad, consciente de que si pierde una sola guerra será la última porque el país desaparecería, Israel fue esta vez a por todas. En primer lugar, a por las organizaciones teledirigidas por el régimen teocrático iraní, dejando fuera de combate a Hezbolá en el Líbano y Siria, conteniendo a los hutíes de Yemen y sometiendo a un hostigamiento sin cuartel tanto a Hamás como a la Yihad Islámica en Gaza y Cisjordania. 

Al tiempo, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, bombardeaba las instalaciones nucleares subterráneas de Irán, demostrando a los propios ayatolás, y de paso a rusos de Putin y chinos de Xi Jinping, que tiene armas lo suficientemente contundentes y poderosas como para causarles más daño del que pueden imaginar. 

Pero, si es indiscutible el apoyo de Trump a Israel, el presidente-empresario que, contrariamente a lo que de él comentan los intelectuales de la progresía española y europea, no tiene un pelo de tonto, no se ha dejado arrastrar por la belicosidad de Benjamín Netanyahu. El primer ministro israelí, convencido por sí mismo y/o animado por el ala más extremista de su Gobierno, estaba dispuesto a exterminar a Hamás, aunque ello costara montañas de muertos. 

Convencido Trump de que la solución militar ya estaba agotada, la gota que colmó el vaso de su paciencia fue el ataque israelí a la cúpula de Hamás reunida en Doha, la capital de Qatar. Puso firme entonces al propio Netanyahu, conminó a Hamás a que no condenara a sus propios compatriotas palestinos al exterminio, obtuvo el aval de la Liga Árabe y consiguió en apenas dos semanas que todas las partes se avinieran a su plan de 20 puntos, cuya primera fase concluirá en cuanto Hamás devuelva a Israel los cadáveres de los rehenes que aún obran en su poder. 

El secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, asiste a una reunión con los ministros de Asuntos Exteriores de los países del Consejo de Cooperación del Golfo como parte de la 80.ª sesión de la Asamblea General de las Naciones Unidas en el Hotel Lotte Palace, en Nueva York, Estados Unidos, el 24 de septiembre de 2025 - PHOTO/ STEFAN JEREMIAH via REUTERS 

Mientras Europa se esforzaba por ser invitada a la mesa de negociaciones de la posguerra, y el Gobierno de España respaldaba flotillas vacacionales escoltadas por su Marina de guerra, Trump se erigía en el “hacedor de paz”, aunque no estemos aún más que en una frágil tregua susceptible de saltar por los aires al mínimo chispazo. Esto último no ocurrirá, al menos de momento. La ofensiva de encanto y simpatía con que el aparato de comunicación de la Casa Blanca ha rodeado todo el ceremonial de fin de las hostilidades, es tan intensa que solo alguien muy desesperado se atrevería a cargar con la culpa de una hipotética ruptura. 

Cierto es que hay muchísimos flecos que desarrollar, pero de momento los combatientes y los ciudadanos sufrientes prefieren a buen seguro confiar en las promesas de prosperidad que Trump ha derramado en su visita relámpago a Israel y Egipto, y a cuyo cumplimiento ha asociado a las grandes potencias económicas del mundo árabe, mientras ponía por testigos a otros líderes de Europa, Asia y América. 

Y, con su brutalidad característica, Trump ha dejado claro que “ahora va a ocuparse de Ucrania”, autoencargo que equivale a advertir al presidente Putin que deje de chulearle porque, aunque aspira al Nobel de la Paz del 2026, no le va a temblar el pulso de sacar la maza de la guerra. Es, desde luego, un lenguaje inusualmente nuevo para las sociedades líquidas alumbradas por el denominado “wokismo”, éste en acelerada retirada, aunque existan aún países como España en que se resistan, causando un rezago que puede ser insalvable, en incorporarse al cambio que ya está definiendo los líderes del futuro, pero también los meros gregarios y los que carezcan de capacidad para no ser otra cosa que el farolillo rojo de esta nueva carrera.