Trump impone el acuerdo, que coge a algunos con el paso cambiado
Que el problema israelo-palestino es complejo y enrevesado no es un descubrimiento para nadie; tampoco que el odio enquistado en el alma de unos y otros se disipará de la noche a la mañana, y mucho menos que el mero cumplimiento de la primera parte del plan en 20 puntos del presidente Donald Trump vaya a alumbrar en pocos meses la solución definitiva. Pero, salvo las mentes y almas más fanatizadas, nadie puede negar que por algún sitio había que empezar, y el único dirigente en el mundo capaz de imponer un acuerdo de principio, con su consiguiente hoja de ruta, no era otro que el actual inquilino de la Casa Blanca.
El lenguaje seco, brutal y a menudo humillante de Trump no le hace particularmente atractivo a ojos de cualquiera que tenga que negociar con él. Los que no lo sabían e incluso se resistían a aceptar sus modos habrán tenido oportunidad de comprobar que lo que le convierte en un dirigente eficaz es que efectivamente cumple lo que promete, con su divisa de hacer lo que más conviene a los intereses de su país, que en muchos casos parecen también converger con los suyos propios. Es consciente de su poder, no se arredra y lo ha utilizado para conseguir alumbrar una cierta esperanza en el mapa infernal de Oriente Medio.
Su respaldo a Israel no ha presentado fisura alguna, lo que le ha facilitado obligar al primer ministro Benjamín Netanyahu a detener la larga y enorme masacre con la que vengaba la no menos trágica ofensiva terrorista del 7 de octubre de 2023, el mayor pogromo sufrido por el pueblo judío desde el Holocausto. Y también ha puesto a Hamás entre la espada de aceptar su desaparición en medio de un “infierno desatado” y la pared de dejar de erigirse en rector del destino del pueblo gazatí bajo la implacable supervisión del régimen teocrático de Irán.
Impulsor de una nueva política de fuerza, Trump ha asociado a las negociaciones a Egipto, Turquía y Qatar, a los que ha elogiado por haber sido los finales muñidores árabes del acuerdo. Previamente, había obtenido la anuencia de la mayor parte del mundo árabe, a cuyos dirigentes reunió con ocasión de la celebración de la Asamblea General de las Naciones Unidas. Todos, pues, tendrán su parte de gloria, cedida por un Trump que se reserva para sí el enaltecimiento universal de un Premio Nobel de la Paz.
No hay que engañarse, la paz está aún muy lejos, y los deseos de que tal paz sea para siempre no son más anhelos buenistas, que requerirán un trabajo colosal de quienes tengan que negociarla. Pero estamos ante un crucial punto de inflexión que cortocircuita el curso terrible de esta guerra que ha durado más de dos años, la más larga de las libradas por Israel en sus casi ocho décadas de existencia. Un logro que ha pillado por sorpresa en primer lugar a los adversarios de Trump en su propio país, es decir el Partido Demócrata. Ninguno de los expresidentes vivos que diera ese partido han mostrado su simpatía por el acuerdo. Ni Bill Clinton ni Barack Obama ni tampoco Joe Biden se han solidarizado con el logro de su sucesor.
¿Y Europa? Pues, intentando desesperadamente hacerse visible, lo que fuera de algunas imágenes, como la de la urgente reunión convocada en París por Emmanuel Macron, resultaba tanto más patética cuanto que el presidente de Francia busca compensar con estas disminuidas cumbres internacionales su incapacidad para resolver sus propios y graves problemas internos. Los israelíes culpan directamente al presidente de Francia de haber encabezado la ofensiva diplomática y de manifestaciones contra Israel en favor del reconocimiento del Estado palestino. Una acción que reivindica el ministro de Asuntos Exteriores español, José Manuel Albares, atribuyéndose en consecuencia “un papel clave” en el acuerdo ahora alcanzado.
Israel no se ha mordido la lengua a la hora de proclamar a los cuatro vientos la delicada situación del presidente de Francia, como también consideraba “indignante” la presencia de España en tal reunión, convocada para intentar ayudar “cuando es manifiesta su hostilidad hacia Israel”. Declaraciones tan estridentes como las de la vicepresidenta Yolanda Diaz y el propio presidente Pedro Sánchez contra Israel, o los aspavientos como la votación en el Congreso de los Diputados de un embargo de armas, además del apoyo con un buque de guerra al crucero por el Mediterráneo de la flotilla, con billete de vuelta en avión pagado por todos los contribuyentes, hace que el Gobierno haya autoeliminado a España como posible mediadora o facilitadora de acuerdos entre las partes en conflicto. La dura realidad es que Europa ha estado fuera de las negociaciones, por más que quiera aparentar influencia. Y España, por el comportamiento de su gobierno, está especialmente señalada tanto por Israel como por Estados Unidos.
Los diferentes desmarques operados por el actual Gobierno español tanto respecto de la propia Unión Europea como de Estados Unidos no serán fáciles de revertir, pero es indudable que en el mejor de los casos precisarán de mucho tiempo, y sus ciudadanos, o sea todos nosotros, sufrirán largamente las consecuencias, hasta normalizar una situación a todas luces seriamente deteriorada.