Trump nombra a su nuevo patrón de la NASA con un año de retraso
Por fin, después de casi un año con el candidato en el punto de mira, el presidente Donald Trump ya tiene un incondicional patrón para gobernar el timón de la Administración Nacional de la Aeronáutica y el Espacio, la gran organización que en todo el mundo es conocida con el acrónimo de NASA.
Su puesto de mandamás estaba vacante desde el 20 de enero, fecha en que Trump tomó posesión del cargo de presidente de Estados Unidos. Ese mismo día, el político y astronauta Bill Nelson, amigo personal de Joe Biden, el anterior presidente norteamericano, dejó de ocupar el sillón de máximo jefe de la Agencia.
Ahora a Nelson, que cesó en el puesto a la edad de 82 años, le sustituye la persona más joven que, hasta el momento, ha tenido en sus manos las riendas de la NASA desde su creación en julio de 1958 por el entonces presidente Dwight Eisenhower: Jared Isaacman, de 42 años, a quien los amigos y conocidos llaman “Rook”.
Multimillonario con una fortuna que se estima entre los 1.200 y 2.000 millones de dólares, Isaacman es piloto de aviación incluso en cazas como el ruso MiG-29, con más de 8.000 horas de vuelo. También es astronauta privado y un apasionado de los asuntos espaciales, hasta el punto de financiar dos misiones privadas al espacio y haber sido astronauta en ambas. Por tanto, no debe extrañar que goce del favor de la práctica totalidad del enorme ecosistema espacial norteamericano.
Jared Isaacman asume la dirección ejecutiva de la Agencia cuando, por causa de las divergencias de semanas atrás entre la Administración Trump y las dos cámaras legislativas, todavía está por dilucidar el presupuesto de la NASA para el año fiscal 2026. La Casa Blanca propuso en mayo un montante de 18.809 millones de dólares, un recorte cercano al 25 por ciento respecto a 2025, mientras que la mayoría de políticos republicanos y demócratas del Congreso y Senado apoyan una cifra igual o superior a los 25.000 millones.
Garantizar la superioridad espacial de Estados Unidos
La decisión respecto al presupuesto asignado se tomará en fechas muy próximas y, previsiblemente, la Casa Blanca y ambas cámaras legislativas llegarán a un acuerdo que situará la cifra en un volumen económico que incluso pueda rebasar los 25.000 millones. La razón es sencilla.
La NASA está inmersa en el programa Artemis de retorno a la Luna, una desenfrenada carrera que mantiene con China por ser los primeros del siglo XXI en volver a posar seres humanos sobre la superficie del satélite natural de la Tierra. El presidente Xi Jinping ha dicho que sus astronautas lo conseguirán antes de 2030 y Donald Trump no está por la labor de quedar el segundo en la pugna.
Así pues, mientras Isaacman recibía el 17 de diciembre el plácet del Senado para poder comenzar a regir los destinos de la NASA y, al día siguiente, juraba su cargo ante un juez federal como nuevo administrador de la Agencia, pocas horas después Donald Trump firmaba en el despacho oval la orden ejecutiva que define la política espacial que debe seguir al pie de la letra su Administración.
Bautizada con el clarificador nombre de “Asegurar la superioridad espacial de América”, el citado decreto contiene las grandes prioridades de la Casa Blanca en materia espacial, lo que marca a Isaacman el camino que debe seguir la NASA para estar alineada con las ideas y propósitos de Donald Trump.
El primer párrafo es toda una declaración de intenciones, al expresar que la superioridad espacial de Estados Unidos “es una medida de la visión y la voluntad nacionales, y las tecnologías que los estadounidenses desarrollan para lograrla contribuyen sustancialmente a la fortaleza, la seguridad y la prosperidad de la nación”.
Con los pies en la Luna dentro de tres años
La orden ejecutiva expone que la primera prioridad de la Administración Trump en política espacial es “liderar al mundo en la exploración espacial y expandir el alcance humano y la presencia estadounidense en el espacio”.
A renglón seguido, recalca que lo va a llevar a cabo mediante “el regreso de estadounidenses a la Luna para 2028 a través del programa Artemis, para consolidar el liderazgo americano en el espacio, sentar las bases para el desarrollo económico lunar, preparar el viaje a Marte e inspirar a la próxima generación de exploradores estadounidenses”.
No cabe duda que la exigencia es un espaldarazo a la vez que una espada de Damocles para la NASA, que en noviembre de 2022 puso en órbita la misión lunar no tripulada a la Luna Artemis I. Y que para después del próximo 5 de febrero tiene previsto el despegue de la misión ya si tripulada Artemis II, pero cuya cápsula Orión con cuatro astronautas a bordo llegará más allá de la Luna, pero sin que ninguno descienda sobre nuestro vecino astro.
Será la misión Artemis III la que, dos años más tarde, en 2028 según la exigencia de Trump, deba adelantarse a los chinos en posar de nuevo sobre la Luna al menos a dos norteamericanos, una mujer y un hombre de color. El reto para la NASA es enorme, porque la orden ejecutiva exige que Jared Isaacman, “dentro de 90 días”, a mediados de marzo, presente un plan de sus progresos sobre cómo hacer realidad las misiones Artemis II y Artemis III en tiempo y forma.
Sin pretender ser exhaustivo, el decreto del 18 de diciembre de Trump también plantea otros desafíos de suma importancia con el horizonte temporal de finales de la presente década. Uno es impulsar al sector privado y comercial para reemplazar la Estación Espacial Internacional para el año 2030. Otra meta en el mismo año es establecer los “elementos iniciales” de un puesto lunar avanzado de carácter permanente ‒se refiere al hasta ahora proyecto Gateway‒ “que garantice una presencia norteamericana sostenida en el espacio y facilite los próximos pasos de la exploración de Marte”.
La orden ejecutiva no se olvida de la urgencia de tener a punto también en 2030 la capacidad para desplegar en la Luna pequeños reactores nucleares modulares. Con ello, Trump deja entrever su disposición para desarrollar actividades de gran envergadura sobre nuestro satélite natural, posiblemente vinculadas a la investigación pero en especial orientado a la extracción de minerales.
Todo apunta a que, partir de enero de 2026, se van a desencadenar un elevado volumen de actividades e información, en el que la NASA y la poderosa industria que la apoya serán los principales protagonistas.