Cuando lo particular se convierte en universal: Marruecos, el derecho y la historia en el Sáhara
Con estas palabras, Su Majestad se refería a una realidad histórica vivida por todos los pueblos y Estados que han luchado por su independencia y su integridad territorial. En efecto, aunque los pueblos colonizados lucharon por su derecho a la independencia, reconocido por todas las leyes divinas, los tratados y las convenciones internacionales, antiguos y modernos, este derecho siempre requirió largos y arduos pasos históricos para convertirse en una realidad consumada.
El derecho nacional a la independencia y a la unidad territorial se ha enfrentado, y sigue enfrentándose, a los retos e intereses geopolíticos de las grandes potencias que siempre han monopolizado la interpretación de los valores y las leyes mundiales, decidiendo así las orientaciones históricas a seguir para resolver tal o cual conflicto relativo a cuestiones nacionales que afectan a los Estados que reclaman la independencia total. Esto ha obligado a muchos países a emprender caminos difíciles y costosos, que exigen enormes sacrificios, antes de obtener plenamente su independencia.
Si el conflicto político interno de los Estados se rige por el derecho, en las relaciones internacionales prevalece la ley de la fuerza, y los intereses de los Estados poderosos se convierten en un fin en sí mismos. El derecho de un Estado u otro solo se hace realidad por vías determinadas por los intereses y los retos de las grandes potencias en determinados momentos. Dado que cada nación determina sus intereses según una visión cultural y unos valores propios, la cultura y los valores del Estado poderoso se imponen como los de la época. En consecuencia, sus intereses se dan por sentados y no requieren revisión ni crítica.
Así, los Estados emergentes y en desarrollo siempre necesitan realizar esfuerzos adicionales para comprender primero sus propios intereses, distintos de los de las potencias, y luego para hacer realidad esos intereses en un contexto geopolítico complejo y en constante evolución.
Esta realidad, marcada por el predominio de la fuerza en las relaciones internacionales, explica que la relación entre los conceptos de universalismo y nacionalismo oscile entre el acuerdo, la tensión o el conflicto.
El nacionalismo se basa en intereses particulares, mientras que el universalismo expresa una historia definida por una racionalidad específica, construyendo una cierta comprensión de la evolución de la humanidad. La unión y la conciliación entre estos dos conceptos siguen estando más sujetas a los equilibrios de poder internacionales que a los principios de la lógica o la razón, ya que el contenido histórico reivindicado como universal expresa, en realidad, los intereses políticos de las fuerzas dominantes que se presentan como portadoras de culturas y valores humanos.
A lo largo de la historia, las grandes potencias han sabido resolver la contradicción entre nacionalismo e historia universal imponiendo sus intereses nacionales como los de toda la humanidad, erigiéndose así en únicos representantes del universalismo.
El caso de Marruecos y la cuestión del Sáhara ilustra intensamente esta relación entre universalidad y nacionalismo. Las exigencias de los intereses nacionales que Marruecos considera un derecho indiscutible para completar su unidad territorial y extender su soberanía sobre todo el territorio histórico del pueblo marroquí, desde Tánger hasta Lagouira, solo han ocupado un lugar legítimo en la historia reciente tras una paciencia estratégica, una inteligencia táctica política y un refuerzo creciente de la cultura nacional.
Marruecos es hoy un nuevo ejemplo de éxito, con su firme apego a la marroquinidad del Sáhara, considerada un interés nacional no negociable, un derecho profundamente arraigado en su historia y su cultura, lo que le ha permitido obtener el reconocimiento internacional, continental y mundial, a pesar de las dificultades creadas por la evolución del concepto de universalidad, que oscila entre el repliegue occidental y la apertura a otras culturas y valores diferentes, pero compatibles con el espíritu y los objetivos de este concepto.
Este logro ha requerido un largo esfuerzo concertado de todas las fuerzas vivas del país, simbolizando la comunión nacional bajo una monarquía legítima y legal. Esta cultura nacional, que justifica este interés nacional como referencia histórica a la legitimidad de la marroquinidad del Sáhara, ha alcanzado un rango universal, convenciendo al mundo de que la particularidad histórica de la relación entre el pueblo marroquí y la monarquía, según el concepto de إمارة المؤمنين basado en el contrato de bay’a, es una especificidad religiosa y cultural perfectamente compatible con el concepto de contrato social que fundamenta la democracia en las sociedades occidentales, las cuales monopolizan la definición de los contenidos del universalismo.
La grandeza de un Estado se construye sobre la fuerza basada en su cultura, ya que la grandeza cultural y política están intrínsecamente ligadas según Max Weber. La fuerza no consiste solo en cifras económicas o equipamiento militar, sino que también se basa en una integración sociocultural en la sociedad y el Estado basada en una cultura unificada capaz de racionalizar el interés nacional y convencer al mundo de que la particularidad del nacionalismo es la verdadera puerta de entrada al universalismo y la contribución a los valores humanos modernos.
El interés nacional, que se ve reforzado simultáneamente por la cultura nacional, se basa en Marruecos en el islam, que considera la bay'a como un contrato social que refleja el acuerdo de todos los componentes de la nación sobre la legitimidad del rey como comandante de los creyentes, jefe de Estado y símbolo cultural de unidad.
El juego de las potencias coloniales en las fronteras africanas dio lugar a la constitución de enclaves coloniales destinados a presionar y debilitar a los Estados nacionales por razones geopolíticas. Algunas potencias regionales expansionistas aprovecharon el retorno de estos territorios para agitar causas como la del Sáhara marroquí.
El éxito de Marruecos en la obtención del reconocimiento de la marroquinidad del Sáhara, tanto en África como a nivel internacional, es, por lo tanto, el resultado de una estrategia fundamental basada en la capacidad de Marruecos para presentar su cultura nacional como una dinámica abierta al futuro, capaz de integración y desarrollo con vistas a alcanzar el universalismo. Esta estrategia se basa en dos palancas esenciales: la autonomía como solución democrática al conflicto artificial en torno al Sáhara y el desarrollo socioeconómico como base de la integración social y económica de la sociedad marroquí. Estas dos palancas conducen a una nueva legitimidad modernista de la soberanía marroquí sobre todo el territorio nacional.
El proyecto de autonomía regional del Sáhara marroquí, presentado oficialmente por Marruecos ante la ONU el 11 de abril de 2007 a través del documento titulado “La iniciativa marroquí para negociar un estatuto de autonomía para la región del Sáhara”, constituye una visión política para resolver el conflicto artificial relativo al Sáhara y un enfoque democrático para una nueva organización regional que permita una amplia participación de las élites locales en la gestión de los asuntos y el desarrollo de su región en el marco de la unidad nacional.
Este proyecto adquiere su dimensión democrática a través de los mecanismos políticos esenciales que otorgan a las poblaciones del Sáhara el papel principal en la construcción de sus instituciones locales y su autonomía en las decisiones de desarrollo.
Los elementos clave de este proyecto son: el respeto total de las normas internacionales vigentes, el derecho de los habitantes del sur de Marruecos a elegir al presidente de su gobierno regional mediante votación democrática y la garantía constitucional de la autonomía de la región del Sáhara marroquí.
Este proyecto, que se ajusta a un modelo democrático participativo, responde a las aspiraciones de los ciudadanos de las provincias del sur, y cualquier élite política regional comprometida con la democracia y el desarrollo no dejaría de apoyar y concretar este proyecto que transforma un conflicto regional artificial en una realidad viva.
Así, con esta propuesta de autonomía, Marruecos demuestra que su concepción de la democracia, arraigada en su cultura y su historia específicas, forma parte integrante de los valores modernos y los principios democráticos universalmente reconocidos. Esta concepción es un reflejo más fiel de los derechos humanos y las libertades individuales, culturales e institucionales.
El éxito de Marruecos en el reconocimiento internacional de la marroquinidad del Sáhara es también fruto de su éxito económico y social basado en la integración ciudadana y el desarrollo sostenible.
El éxito diplomático de Marruecos a la hora de convencer a las grandes potencias de la marroquinidad del Sáhara está intrínsecamente ligado a la solidez de sus eficaces políticas públicas en diversos ámbitos de reforma, que van desde la justicia hasta la legislación que fomenta la libre iniciativa, pasando por las políticas de apoyo social en materia de vivienda, la cultura, el empleo autónomo, la cobertura social y la ampliación del acceso a la formación profesional en el medio rural, en particular para las jóvenes rurales. Esta dinámica reformista da a Marruecos la imagen de un Estado que trabaja profundamente en la creación de un proceso de integración socioeconómica inclusivo para todos los marroquíes.
Las perspectivas de integración social y económica que abren estas reformas constituyen la fuerza de la diplomacia marroquí, que le permite obtener el reconocimiento de la marroquinidad del Sáhara. Ninguna potencia extranjera tiene peso en la política exterior sin una base económica y social sólida que confiera un estatus elevado a la ciudadanía y al desarrollo de la sociedad.
La capacidad actual de Marruecos para obtener victorias en la defensa de su causa nacional más importante, la marroquinidad del Sáhara, se deriva de su éxito en la construcción de una nueva profundidad en la legitimidad política de su soberanía sobre todo el territorio nacional, incluidas las provincias del sur. Esta legitimidad combina las fuerzas de las bases tradicionales con las de los fundamentos modernos centrados en el desarrollo económico y el progreso social.
Así, el derecho marroquí sobre su Sáhara es un derecho evidente e indiscutible, pero que requiere un esfuerzo concertado para unir las capacidades de la sociedad y las instituciones estatales a fin de que pase a la historia gracias a la fuerza de la cultura nacional que encarna la modernidad como el universalismo de nuestra época, en una fórmula específica y única: la fórmula marroquí. El lugar del derecho en la historia siempre se ha construido con esfuerzo, sudor, paciencia y, a veces, con sangre.
Cuando el mundo constate que el Reino ha afirmado su derecho a completar su unidad territorial por vías políticas, apostando por la sinceridad de soluciones realistas, el diálogo noble basado en la escucha y la comprensión profunda comprenderá la filosofía de paz que inspira a los marroquíes y les permite hoy vivir sus victorias nacionales con la mano tendida a los partidarios de la paz y el amor en el mundo, con una huella civilizatoria refinada y poco común.
Abdellatif Ouahibi es el actual ministro de Justicia de Marruecos
La versión original en árabe se publicó en Elaph el 27 de noviembre de 2025.
Traducido por: Lahcen Haddad