EU vs UE
- Crisis de legitimidad y alienación democrática
- Una Europa unida: el ideal perdido entre tratados y reglamentos
- Efectos sociales y políticos de la brecha
- La Unión Europea entre institución y comunidad
- Orientaciones para la reconstrucción: de la tecnocracia a una comunidad viva
- Conclusiones
El juego de palabras, aparentemente sencillo, tiene un doble significado: en inglés, "EU" designa a la Unión Europea, mientras que en rumano eu es el pronombre personal "yo", que simboliza tanto al individuo como al sueño histórico de una Europa unida.
Así, el título sugiere un conflicto entre dos realidades: por un lado, una Europa unida como proyecto de solidaridad y destino compartido; por otro, la Unión Europea como mecanismo burocrático e institucional. El individuo —el «yo» del ciudadano— se encuentra atrapado entre estos dos niveles, pero a menudo se siente más excluido que representado.
Para comprender este contraste, hay que recordar que la idea de una “Europa unida” es muy anterior a la Unión Europea: desde el Imperio Romano, que impuso la primera forma de unidad política, hasta las visiones medievales de una cristiandad común, pasando por los proyectos humanistas y de la Ilustración que imaginaban una Europa de la razón y el progreso. En el siglo XX, tras la tragedia de las dos guerras mundiales, el ideal se materializó en el Plan Schuman y la Comunidad Europea del Carbón y del Acero, y más tarde en los tratados fundacionales. En este sentido, una Europa unida significa valores y una identidad compartida, mientras que la Unión Europea —producto de los tratados de Maastricht y Lisboa— se ha convertido cada vez más en un aparato institucional.
1. Crisis de legitimidad y alienación democrática
La Unión Europea se enfrenta hoy a una crisis de legitimidad democrática. Los mecanismos de consulta pública y participación ciudadana parecen, en muchos casos, formales y carentes de autenticidad. Se invita a los ciudadanos a participar, pero las decisiones a menudo parecen ya tomadas.
Un ejemplo relevante es la baja participación en las elecciones al Parlamento Europeo. En 2014, la participación fue solo del 42,6 %; en 2019, aunque aumentó hasta el 50,7 %, se mantuvo muy por debajo de los niveles habituales en las elecciones nacionales. Esta ausencia pone de manifiesto la percepción de que las instituciones de la UE son lejanas y no afectan directamente a la vida cotidiana de los ciudadanos. En muchos países, las campañas para las elecciones europeas estuvieron dominadas por temas nacionales en lugar de europeos, lo que pone de relieve la brecha fundamental entre los ciudadanos y Bruselas.
Además, el lenguaje tecnocrático de los documentos europeos, repleto de términos jurídicos y económicos, aleja aún más a los ciudadanos. La comunicación se percibe como abstracta, inaccesible y carente de empatía. Europa aparece como un mecanismo eficiente, pero vacío de significado. El individuo ya no se reconoce en esta construcción, lo que alimenta la alienación democrática.
El debate sobre el “déficit democrático” de la Unión, presente desde la década de 1990, sigue siendo relevante. El hecho de que el ejecutivo de la UE (la Comisión) no sea elegido directamente por los ciudadanos, sino nombrado mediante negociaciones entre los gobiernos y el Parlamento, amplifica la sensación de distancia. A los ojos de muchos, la legitimidad democrática de la Unión es indirecta e insuficiente.
2. Una Europa unida: el ideal perdido entre tratados y reglamentos
El ensayo establece una clara distinción entre una Europa unida como ideal y la Unión Europea como institución. La primera presupone la solidaridad entre los pueblos, una identidad compartida y valores comunes. La segunda a menudo se reduce a directivas y normas.
Esta diferencia explica por qué los ciudadanos ya no sienten que “ser europeo” tenga un significado movilizador. Los símbolos comunes —la bandera azul, el Himno a la Alegría como himno, el Día de Europa— no han logrado crear una identidad afectiva comparable a la nacional. El euro, como moneda común, ha aportado evidentes beneficios económicos, pero no se ha convertido en un símbolo emocional, como lo es el dólar para los estadounidenses.
El Brexit es el ejemplo más revelador: muchos británicos consideraban que la Unión era una construcción burocrática, desprovista de la dimensión identitaria de una «Europa unida». Los debates en Francia y los Países Bajos, donde el tratado constitucional europeo fue rechazado por referéndum, revelan la misma tendencia: la institución no inspira apego.
Así, en lugar de expresar una comunidad de destino, la “UE” ha llegado a percibirse como una entidad supranacional impersonal. La «Europa unida» sigue siendo un ideal invocado, mientras que la «Unión Europea» domina a través de sus normas y procedimientos.
3. Efectos sociales y políticos de la brecha
Esta brecha tiene consecuencias tangibles:
- el absentismo electoral, signo de desinterés y desconfianza;
- el auge de las corrientes soberanistas, que hacen hincapié en la recuperación de la toma de decisiones a nivel nacional;
- el debilitamiento de la cohesión europea, a medida que crece la oposición entre integracionistas y soberanistas.
El ciudadano europeo se siente reducido al papel de “contribuyente” o “beneficiario de políticas”, pero no al de auténtico socio político. El vacío de significado que dejan las instituciones europeas lo llenan las fuerzas soberanistas, que prometen un retorno al marco familiar del Estado-nación y una mayor autonomía en la toma de decisiones.
Los ejemplos abundan: en Hungría, Viktor Orbán reivindica un “soberanismo nacional” en oposición a Bruselas; en Polonia, los gobiernos conservadores sostienen que las decisiones fundamentales deben permanecer en Varsovia; en Francia, Marine Le Pen aboga por una Europa de naciones en lugar de una integración supranacional; en Italia, Giorgia Meloni construye su mensaje en torno a la defensa de la identidad nacional y la recuperación de la soberanía. El Brexit, del mismo modo, fue esencialmente un acto de soberanismo político y económico.
Estas tendencias muestran que, en ausencia de un discurso convincente, la Unión es cuestionada no solo en términos de eficiencia, sino también de legitimidad y significado.
Otro factor importante que acentúa la brecha entre los ciudadanos y las instituciones de la UE es la orientación ideológica asumida por los dirigentes de la Unión en los últimos años, que muchos asocian con el neomarxismo cultural, el fenómeno “woke” y la promoción insistente de la agenda LGBTQ+.
En lugar de poner en primer plano la solidaridad, la seguridad y la prosperidad económica, Bruselas situó gradualmente en el centro de su discurso oficial una serie de temas culturales e identitarios controvertidos que dividieron a las sociedades europeas:
- la redefinición de los roles de género y la promoción de políticas de «corrección política» percibidas como excesivas;
- el énfasis en la diversidad y la inclusión a expensas de los valores culturales tradicionales europeos;
- el acondicionamiento de determinados fondos o políticas a la adopción de legislación sobre los derechos LGBTQ+.
En Estados como Polonia, Hungría, Eslovaquia o Italia, las reacciones fueron muy críticas, ya que estas políticas se consideraban intromisiones en la soberanía nacional y cultural. Especialmente en Europa Central y Oriental, donde la identidad nacional y religiosa desempeña un papel importante, las agendas “woke” y LGBTQ+ han alimentado la percepción de que la Unión promueve una orientación ideológica ajena a las tradiciones europeas.
Así, las corrientes soberanistas han encontrado un terreno fértil, presentándose como defensoras de la identidad cultural y la autonomía nacional frente a las presiones de Bruselas. Esta confrontación ya no es meramente política o económica, sino también cultural y basada en la identidad, lo que profundiza la polarización y debilita aún más la cohesión de la Unión.
4. La Unión Europea entre institución y comunidad
La verdadera tensión actual no es entre el este y el oeste, ni entre el norte y el sur, sino entre la UE —la institución— y la UE —una Europa unida como ideal—. La primera se rige por tratados y normas; la segunda se inspira en valores y en un sentido de pertenencia.
La Unión sigue atrapada entre dos modelos políticos: el federalismo, en el que la autoridad central tiene poder directo sobre los ciudadanos, y la confederación, en la que los Estados conservan plena soberanía. Esta ambigüedad estructural hace que la Unión no parezca ni una cosa ni otra: demasiado fuerte para ser una mera alianza de Estados, pero demasiado débil para ser una verdadera federación.
Si la Unión Europea se percibe únicamente como un mecanismo jurídico y administrativo, corre el riesgo de perder el contacto con su fundamento original: la comunidad de destino. Un tratado puede renegociarse, pero los valores deben vivirse y compartirse.
5. Orientaciones para la reconstrucción: de la tecnocracia a una comunidad viva
Para superar esta crisis, el autor propone varias orientaciones:
- Volver a situar al ciudadano en el centro de la toma de decisiones europea, como participante y no como espectador;
- Democratizar las instituciones europeas, reforzando el papel del Parlamento y garantizando la transparencia.
- Desarrollar un discurso político accesible y humano, capaz de inspirar en lugar de limitarse a informar técnicamente.
- Respetar la subsidiariedad y la diversidad cultural, como alternativa a la uniformidad excesiva.
- Crear una narrativa común que trascienda la dimensión económica y reafirme el significado civilizatorio de Europa.
Estas orientaciones no son meramente teóricas: ya existen ejemplos positivos. El programa Erasmus+ ha creado una generación de jóvenes europeos con experiencias compartidas; la respuesta de la Unión a la pandemia, mediante la adquisición conjunta de vacunas, demostró la solidaridad en la práctica; y las medidas para apoyar la seguridad energética ante la guerra en Ucrania demostraron que la acción colectiva aporta beneficios tangibles.
Por lo tanto, no se debe abandonar la Unión, sino volver a anclarla en el ideal de una Europa unida.
Conclusiones
EU vs UE es un diagnóstico del dilema contemporáneo de Europa: el conflicto entre una Europa unida como ideal comunitario y la Unión Europea como mecanismo burocrático.
Sin una reconciliación genuina, Europa corre el riesgo de seguir siendo una construcción funcional, pero desprovista de alma. Las corrientes soberanistas no son una mera oposición coyuntural, sino señales de la necesidad de sentido, identidad y participación. Demuestran que el proyecto europeo ya no puede ser solo tecnocracia, sino que debe volver a ser una comunidad viva.
En un mundo multipolar, frente a la competencia de Estados Unidos, China y Rusia, la Unión Europea no puede permitirse seguir siendo un mero aparato regulador. Su supervivencia y relevancia dependen de su capacidad para reconectar las instituciones con los ciudadanos y transformar la «UE» una vez más en una expresión auténtica de «UE», tanto del individuo como de la Europa unida como ideal.
Solo entonces el ciudadano europeo podrá decir con sinceridad: Europa también es mía.
General (retirado) Corneliu Pivariu, miembro del Consejo Asesor del IFIMES y fundador y antiguo director general de INGEPO Consulting
IFIMES – Instituto Internacional de Estudios sobre Oriente Medio y los Balcanes, con sede en Liubliana, Eslovenia