Occidente y la paz pendiente en Oriente Próximo
Fue un gesto calificado de necesario y decisivo tras los intensos esfuerzos de Francia y Arabia Saudí por reactivar el proceso de paz en Oriente Próximo. Sin embargo, pese a su importancia simbólica, la medida resulta insuficiente si no se acompaña de una presión internacional firme que empuje también a Israel hacia una negociación real y un acuerdo de paz justo. Lo distintivo de esta ocasión no fue tanto el reconocimiento en sí, sino la participación de países de peso como Canadá, Reino Unido y Australia, cuyo capital político y diplomático puede transformar el anhelo de paz en una perspectiva tangible.
Más de 157 Estados habían reconocido previamente a Palestina, pero la adhesión de potencias occidentales otorga un nuevo impulso y un horizonte diplomático renovado. Es cierto que algunos condicionaron su decisión a requisitos como la liberación de rehenes, la exclusión de Hamás del Gobierno en Gaza o la consecución de un alto el fuego. Aun así, estas exigencias no parecen inalcanzables si existe una voluntad internacional seria de frenar la espiral de violencia y destrucción, sobre todo en Gaza, devastada por la guerra. La historia demuestra que la violencia engendra más violencia y que la sangre derramada no acerca la paz, sino que encona los conflictos.
El reconocimiento abre oportunidades concretas: refuerza la legitimidad del derecho palestino a la autodeterminación, otorga mayor credibilidad en foros internacionales, ejerce presión diplomática sobre Israel y ofrece a los palestinos una nueva plataforma negociadora para integrarse en instituciones multilaterales. También representa un incentivo para que las facciones palestinas avancen hacia la unidad, la reforma institucional y la consolidación de un aparato estatal viable.
Pero los desafíos son enormes. El reconocimiento no libera los territorios ocupados ni detiene la expansión de los asentamientos que fragmentan Cisjordania. Las instituciones palestinas arrastran debilidades estructurales que dificultan el ejercicio de soberanía plena sobre fronteras y recursos. El cisma entre Hamás en Gaza y la Autoridad Palestina en Cisjordania erosiona cualquier proyecto nacional unificado. En paralelo, el Gobierno israelí, dominado por la derecha, rechaza la solución de los dos Estados y mantiene políticas de anexión y operaciones militares. La posición de Estados Unidos es igualmente determinante: un repliegue de su apoyo podría vaciar de contenido el reconocimiento. A ello se suma la destrucción masiva en Gaza, que requerirá una reconstrucción colosal con garantías internacionales, además de riesgos persistentes como las tensiones en Jerusalén, la violencia en Cisjordania o los ataques contra asentamientos.
La comunidad internacional, y en especial Occidente, debe asumir la responsabilidad de transformar estos retos en oportunidades reales para la paz y la dignidad del pueblo palestino. Oriente Próximo lleva un siglo desgarrado por guerras y confrontaciones; ha llegado el momento de abrir una ventana de esperanza basada en la justicia y en un reparto equilibrado de los recursos. El mundo se enfrenta a una encrucijada histórica: apostar por dos Estados y poner fin a la sangría, o dejar que el ciclo del odio y la venganza se perpetúe.
El reconocimiento del 22 de septiembre de 2025, respaldado por países influyentes como Reino Unido, Australia y Canadá, junto a Francia y Arabia Saudí, constituye una señal inequívoca de que existen instrumentos para orientar a la región hacia un cambio positivo. Pese a la dureza de la realidad y las numerosas dificultades, renunciar al esfuerzo por la paz sería ceder terreno a la expansión de la violencia. La apuesta debe seguir siendo la voluntad colectiva de avanzar hacia un escenario donde Oriente Próximo deje atrás la violencia y abrace, por fin, la paz.
Dr. Hasan Alnajrani, periodista y académico