Argelia, la Venezuela africana

Abdelmadjid Tebboune y Said Chengriha
A la caída de Nicolás Maduro en Venezuela, el pasado 3 de enero, mis lectores me pidieron desarrollar la mención que hice de Argelia, en mi columna del día siguiente, al afirmar que, al régimen de este país del norte de África, le seguirá la misma suerte, si no cambia

En nuestra región, cada vez existe mayor interés por el continente africano, y por eso, me referiré a la grave situación en Argelia, país árabe -el más extenso de África: 2,381,741 km2-, con 46,81 millones de habitantes, que, como Venezuela, conserva en el siglo XXI, uno de los regímenes más fuertes y abusivos del mundo, donde la regla, también como en Caracas, ha sido el fraude, para asegurar la pervivencia de la rígida cúpula militarista que conserva el poder en este país con costas únicamente en el Mediterráneo y con la frustración geopolítica de no contar la virtuosidad atlántica del Reino de Marruecos, su vecino noroccidental al que, por obsesión geopolítica, no ha dejado de ver como rival o enemigo, codiciando sus yacimientos de fosfatos en el Sáhara y la salida al referido océano. 

Una verdad incuestionable ha sido que, tal como el dictador Maduro desestabilizó América Latina -emuló a su mentor, el desaparecido Hugo Chávez-, provocando una de la mayores diásporas que registra la historia de la migración internacional, en Argelia, la denominada Le Pouvoir, sonada élite político-militar, que ha conservado el poder real en el país, desde que consiguió su independencia de Francia, en 1962, sin duda fue Abdelaziz Bouteflika, que gobernó por 20 años hasta su dimisión en 2019, como consecuencia del Movimiento Hirak, aquellas protestas masivas que al final terminaron consolidando al militarismo argelino. 

Luego, con Abdelmajid Tebboune, político puesto en el cargo de presidente desde ese año y hasta la fecha, y todos juntos, imputados protagonistas de una de las mayores desestabilizaciones políticas en la región del Magreb (área de identidad árabe-bereber del norte africano) -los últimos 50 años han venido conspirando contra Marruecos, buscando infructuosamente arrancarle el Sáhara Occidental, que debemos denominar con propiedad histórica y geopolítica, Sáhara marroquí, y por tanto, contra la integridad territorial del reino-, y ensañándose con las poblaciones saharauis que retienen en los campamentos argelinos de Tinduf -la mayor cárcel a cielo abierto del planeta-, acrecentando, además, los desequilibrios e inestabilidades en el Sahel (zona de transición entre el desierto y la sabana africana), uno de los espacios más violentos y anarquizados del África. 

Como Maduro, que solo ha contado a su favor con la retórica verbal de Putin y Xi Jinping, en la práctica yace completamente abandonado en Nueva York -es la misma e inexorable suerte que le esperaría a Delcy Rodríguez, Diosdado Cabello y Vladimir Padrino, el triunvirato fantoche todavía al frente de Venezuela-, el régimen de Argelia padece por el hartazgo de Rusia y la indiferencia de China, que no movieron un solo dedo en contra, en el Consejo de Seguridad, ante los apoyos de la ONU a la autonomía planteada por el rey de Marruecos (2007) para el Sáhara, encausado y sellado en la reciente Resolución 2797(2025), quedándose Argel, que se pelea con todo el mundo, aislado como paria.

Miguel Ángel Rodríguez Mackay, excanciller del Perú e Internacionalista

Artículo publicado en el Diario Expreso del Perú