La detención de Maduro, según el Derecho Internacional
Este mundo es de locos. En efecto, antes que el dictador Nicolás Maduro fuera defenestrado del poder en Venezuela, muchas voces cuestionaban que EE.UU. no diera el paso definitivo para consumarlo, y ahora que ha sido llevado hasta Nueva York donde será sometido a juicios por diversos cargos resumidos en ilicitudes por drogas y armas, se rasgan las vestiduras condenando el ingreso de las fuerzas de élite estadounidenses en ese país.
Esa es una actitud inconsistente e inaceptable. Los que dicen que el gobierno de Donald Trump ha violado el derecho internacional al transgredir el principio de No intervención, no son capaces de referirse a la excepción a esta regla, es decir, la superposición del principio de legítima defensa, invocado todo el tiempo por Trump, y que no requiere de autorizaciones internacionales dado que se trata de una prerrogativa unilateral de los Estados.
El gobierno estadounidense construyó una doctrina para lo que he denominado la gran liberación del pueblo venezolano, y ella estuvo centrada en presentar a Maduro como un delincuente internacional, jefe del Cartel de los Soles, antes que presidente de facto, lo que se volvió creíble desde el derecho internacional, pues Washington asumió que el narcotráfico estaba impactando negativamente en la juventud estadounidense, principalmente, y debían actuar para proteger a sus ciudadanos.
Junto a la legítima defensa, yace la denominada seguridad colectiva, a la que se acude para garantizar la protección del bien jurídico máximo que es la vida humana, y por cuyo fundamento la comunidad internacional no puede estar de brazos cruzados.
Es verdad que EE.UU. no ha contado con la autorización del Consejo de Seguridad de la ONU que tiene el monopolio del uso de la fuerza en el planeta, para adoptar esta medida, pero también lo es que Washington ha terminado siendo legitimado por la opinión pública internacional y la población llanera, y una prueba incontrastable de ello ha sido la notoria ausencia de protestas masivas dentro y fuera de Venezuela.
Ahora, Edmundo González deberá retornar al país y juramentar como presidente de Venezuela pues Venezuela no puede permanecer acéfala por ningún motivo y EE.UU. por ninguna circunstancia podrá gobernar el país, solo acompañar al novísimo presidente para que sea afirmado y luego consolidado el proceso de transición hacia la democracia plena en Venezuela, que es distinto.
Lo que ha pasado en Caracas es únicamente en este país e irrepetible en cualquier otro, y los países de la región deberían emitir un pronunciamiento saludando la referida gran liberación llanera, pero también enfatizando que lo sucedido es un hecho absolutamente excepcional y atípico.
En ese marco deberá efectuarse una reingeniería en la mirada de la migración venezolana, por lo que no deberá incidirse más en las deportaciones o expulsiones de los migrantes irregulares, sino en crear la verdadera política regional de retorno de los venezolanos a su país.
En esa tarea el Perú, que lideró el Grupo de Lima para el retorno de Venezuela a la democracia, ahora deberá centrarse en crear sinergias compartidas para que el país se encamine a su vida plenamente democrática y soberana.
Ojalá haya efecto dominó en Nicaragua, Cuba, Argelia, etc.
Miguel Ángel Rodríguez Mackay, excanciller del Perú e Internacionalista