Geoeconomía en América, first
Aunque si uno ve a Donald Trump en la rueda de prensa posterior a la operación militar de captura/extracción/detención de Maduro, no necesitará leerlo. Porque la realidad de las palabras y los hechos supera a la previsión de los estrategas, tal y como suele suceder.
En el documento se expone claramente:
1.- que la visión geopolítica de Estados Unidos gira hacia el control del hemisferio occidental para garantizar las cadenas de suministro de su economía, acceder a los mercados Latam y desplazar a China de ellos.
2.- que el narcotráfico es el principal enemigo de la sociedad norteamericana, la droga debilita el presente y el futuro de Estados Unidos y los narcos si sitúan en las fronteras nacionales y regionales del país.
3.- que para combatir contra estas amenazas es necesaria una acción integral, interior y exterior, que combine todas las fuerzas de seguridad, defensa e inteligencia.
La acción en Venezuela es, por tanto, un episodio previsto que sirve además para mostrar a los vecinos molestos y a los actores criminales que esto de la cuestión estratégica va en serio.
Lo que no estaba previsto por los estrategas, es que Donald Trump iba a anunciar que se haría cargo del país, temporalmente, para poner en marcha la industria petrolera venezolana, con las empresas (estadounidenses) que él decida, y con los colaboradores (venezolanos), que él considere (del gobierno o de la oposición). Esto ya se sale un poco del guion y entra en un territorio geoeconómico más complejo: el de identificar el interés nacional americano con el interés de unas empresas concretas, y no de otras empresas, también americanas.
Rex Tyllerson, por no salirnos del contexto trumpista, fue el primer secretario de Estado en 2017, venía de Exxon Mobile, gestionó la salida de Estados Unidos de Oriente Medio y terminó tarifando con Donald Trump, que le cesó.
Primer problema. Para gestionar un nuevo orden geoeconómico, competitivo con China donde no hay intereses corporativos, sino un único interés nacional, Donald Trump tiene que ver qué opina la oposición demócrata, el Congreso y la opinión pública sobre esta idea, no escrita, de establecer un protectorado transitorio en Venezuela. Además de valorar, a más largo plazo, si los aliados en Europa, Asia y Oriente Medio pueden considerar, llegado el caso, que los beneficios de una zona de influencia estrictamente reservada a los Estados Unidos en América, no revierten en los gastos compartidos para mantener la seguridad en las distintas regiones donde todas las potencias, tienen también sus intereses.
La estrategia de seguridad de 2025 es un guion que establece las prioridades de Estados Unidos y Donald Trump está dispuesto a ejecutarlas, para recuperar el liderazgo en el nuevo orden geoeconómico y competitivo. Pero no identifica las prioridades de las potencias revisionistas (China, Rusia) u otras.
Por tanto, el riesgo de seguir el guion previsto es que los rivales lo conocen. Sin embargo, segundo problema, el riesgo aun mayor de salirse del guion (de un orden, al fin y al cabo), es que el resto también se salga cuando lo considere. Si la visión de Donald Trump pasa por construir una Gran América, gestionada desde Washington como una zona de influencia, que integre territorialmente Norteamérica y el Caribe, autosuficiente energéticamente y en minerales estratégicos, interconectada a través del Canal de Panamá y de sus socios aliados en el cono Sur y ampliable a Groenlandia y el Ártico, las estrategias de las potencias rivales, serán equiparables y amenazantes en otras regiones.
El error táctico es uno de los riesgos en cualquier decisión estratégica, pero no necesariamente el principal. La operación táctica de captura de Nicolás Maduro ha sido un éxito. Como lo fue la detención del dictador panameño Noriega en 1989, acusado de narcotráfico. Pero un planteamiento en la gestión de la crisis que desborde los objetivos estratégicos previstos sería ahora un riesgo mucho mayor.
El orden geoeconómico no es un orden imperial. Ni Donald Trump tiene la capacidad de construirlo, aunque si tiene la capacidad y la voluntad de fortalecer Estados Unidos y América. Pero ni Estados Unidos ni América son una consecuencia histórica de la doctrina Monroe.
Son una consecuencia de distintos procesos entre los que destacan dos: las revoluciones liberales que abren las puertas a todos los países del hemisferio a un futuro político basado en las libertades y la igualdad ante la ley, que deriva en las democracias actuales; y a un pasado ligado a Europa (a España de manera especial) que cimenta lo que hoy conocemos como civilización occidental. Trump debería incluirlo en su guion estratégico.
