Una revolución que será muy dolorosa
Muy por encima del cambio climático, la preocupación mayor a escala global de la humanidad, al menos entre los que ejercitan su facultad de pensar y reflexionar, se sitúa en el incontenible avance de la Inteligencia Artificial
Así lo evidencian cada vez más analistas de todo el mundo, con especial incidencia en los norteamericanos, que ya preconizan sin cautelas que estamos al borde de una auténtica revolución universal, cuyo desarrollo será enormemente doloroso.
La cuestión es simple de enunciar: la combinación de la IA y la robótica multiplicará exponencialmente los automatismos, lo que arrojará al desempleo a cientos, si no a miles de millones de personas al paro. Cada día que pasa hay un nuevo sector amenazado en su conjunto, que engrosa la ya larga lista de traductores, analistas de datos, programadores, diseñadores gráficos, asesores fiscales, analistas financieros, vendedores, teleoperadores, conductores, pilotos, maquinistas y así sucesivamente, que no podrán competir en ningún caso con la potencia productiva arrolladora de las máquinas.
El debate no es nuevo, y cada gran cambio de rumbo de la historia, gracias al hallazgo e implantación de nuevas tecnologías generalizadas, se ha traducido en mejoras evidentes en las técnicas del trabajo y la liberación y transformación de los antiguos trabajadores, con su correspondiente traslación a nuevos puestos y actividades laborales.
Todas esas mutaciones globales históricas se han producido pasando por encima de las habituales resistencias al cambio, pero, sobre todo, en no pocos casos han puesto en los márgenes de la sociedad a muchos seres humanos. En otras palabras, aquellos contingentes de personas pasaron a convertirse en “material sobrante” de la humanidad, que procedió a desembarazarse de tal carga mediante autodepuraciones. Diezmando así a la población existente, la peste y muchas otras epidemias obraron ese efecto depurativo, aunque el método más habitual por su constancia y persistencia a través de los siglos ha sido sin duda la guerra. Esta entraña la más radical de las soluciones, puesto que, además de “deshacerse” de buena parte de la población “sobrante”, justifica en su radicalidad acabar, sino con todos, sí con gran parte de los derechos de que gozaba esa población antes del colapso. Es decir, la implantación de los nuevos órdenes impulsados por la aparición de incuestionables avances tecnológicos se ha logrado por la coerción, o más decisivamente por una victoria final tras varios años de tragedia bélica. Máxime, cuando tal progreso se traduce asimismo en una potencial ventaja de país o alianza de países, en contraposición con sus rivales, porque cualquier avance tecnológico es un factor indudable en favor del liderazgo propio.
Los más optimistas se aferran a la idea de que si bien en los próximos cinco años se habrán destruido la mayor parte de los trabajos y empleos que hoy en día conocemos, otros nuevos que ni siquiera ahora comprendemos o imaginamos habrán reemplazado a los antiguos. Sin embargo, cunde la impresión de que en esta fecha de la historia de la humanidad la destrucción de empleos será mucho más rápida e intensa que la creación de los nuevos, lo que se traduce en que habrá muy duras consecuencias políticas y sociales, que, a buen seguro, se desbordarán. La transición, pues, será muy dura y acabará, allá donde exista, con lo que quede de un estado del bienestar que carecerá de recursos para atender a todos los que precisarán de ayudas.
No parece tampoco casual que estemos asistiendo en todo el mundo a una deriva autoritaria constante, y ello a ambos extremos del espectro político. La durísima crisis que se avecina, o en cuyos prolegómenos ya estamos inmersos, será campo abonado para que emerjan en todo su esplendor los populismos más radicales.
También es evidente que hay una tendencia generalizada entre la población mundial a aceptar recortes a sus libertades a cambio de cierta prosperidad económica y seguridad personal. Un modelo cuyo mejor exponente es China, pero que no pocos occidentales estarían dispuestos a aceptar. De ahí que, además de Trump, otros líderes occidentales hayan empezado a imitarlo, empezando obviamente por lo más fácil: vender la necesidad de perder derechos y libertades en aras de una supuesta mayor seguridad, obviando no obstante la otra parte de la contraprestación, la prosperidad. Sin duda, porque nadie hoy, ni siquiera Estados Unidos, puede garantizársela a ciencia cierta a sus ciudadanos.