Santiago Mondéjar. Asesor estratégico empresarial.

Pie de foto: Recep Tayip Erdogan, presidente de Turquía

Pocos territorios han jugado un papel histórico tan central como Turquía, desde la Troya homérica hasta Gallipoli, pasando por Constantinopla y Lepanto. En tiempos más recientes, la ubicación de misiles nucleares Jupiter en suelo turco a principios de 1961,  fue determinante tanto para causar como para resolver la Crisis de los Misiles en Cuba de 1962. Una vez concluida la Guerra Fría, Turquía desempeñó un rol de perfil bajo en los asuntos internacionales, a medio caballo entre los esfuerzos por acceder a la Unión Europea, y el ejercicio de un neo-otomanismo de baja intensidad modulado por su pertenencia a la OTAN, centrado en adquirir una considerable influencia regional merced a una diplomacia de mediación y poder blando. 

Esta situación se alteró sustancialmente con la eclosión de la Primavera Árabe, cuando la caída de sus acólitos en los Hermanos Musulmanes ante la pasividad occidental llevó al Gobierno turco primero, a dar un giro autoritario, y después a involucrarse activamente en la guerra de Siria, lo que le hizo perder la parte del león del capital diplomático que había logrado acumular, y que abocó al país a un creciente aislamiento, que se vio acentuado cuando, frente a la crisis de los refugiados, países como el Reino Unido -que en el pasado habían defendido la entrada de Turquía en la UE como parte de la política británica de frenar el proyecto europeo- pasaron a usar el acceso turco a la UE como espantajo.

El desafecto turco hacia occidente se ha vio reforzado por el apoyo norteamericano a las milicias kurdas en Siria, a quienes Turquía no distingue de su archienemigo, el Partido de los Trabajadores Kurdos. Consiguientemente, Ankara percibe el establecimiento kurdo en la contigua región siria como una seria amenaza para su propia seguridad nacional. 

Es en este contexto en el que se producen las recientes amenazas norteamericanas a Turquía tras el titubeante anuncio de retirada de tropas americanas de Siria, si Ankara no desiste de las operaciones militares planeadas contra las fuerzas kurdas en el norte de Siria. Estos roces ocurren después de la crisis diplomática de 2018, que se tradujo en onerosas sanciones económicas a Turquía. 

A todas luces, estos agravios, y la proximidad de las elecciones turcas, han reforzado la resolución de Erdogan de mantener sus tratos directos con Putin, aunque esto implique ceder espacios geopolíticos que Turquía había denegado a Rusia desde los tiempos del Imperio Otomano: el personalismo autoritario de Erdogan, y el consiguiente desgaste de las instituciones democráticas, parecen haber propiciado un proceso de toma de decisiones menos restrictivo y directamente vinculado a los intereses de Erdogan, sin que necesariamente tenga lugar una calibración previa de los efectos de segundo orden. Un ejemplo palmario de todo esto lo encontramos en el empecinamiento de Ankara por adquirir el sistema ruso de defensa de misiles S-400, al mismo tiempo que mantiene todas sus opciones para recibir durante 2019 los cazas norteamericanos de última generación F-35, en cuyo desarrollo ha participado Turquía como miembro de pleno derecho en el consorcio internacional. 

Esta operación parece haber cogido al Pentágono con el píe ostensiblemente cambiado, y despertado no poca ansiedad en una OTAN cuya actual raison d'être es taponar la expansión rusa en el Báltico y Ucrania.  Los misiles rusos de última generación no solo no son interoperables con los sistemas de la OTAN -y por lo tanto no sirven como un sistema anti-misiles alternativo a los Patriot- sino que integran sofisticadas capacidades de obtención de inteligencia que comprometen la seguridad de los F-35.

La reacción norteamericana ha sido por un lado refleja, enfatizando el veto a la entrega de los F-35 que Turquía ha cofinanciado, y por el otro conciliatoria, ofreciendo una opción para la compra por Ankara del sistema de misiles Patriot. Dado que no parece que el trato con el Kremlin incluya la transferencia de tecnología a Turquía, y habida cuenta de que es dudoso que Rusia tenga un verdadero interés en consolidar una alianza estratégica con Turquía, es posible que en los cálculos de Erdogan esté la revocación de la compra de los S-400 a cambio de concesiones en Siria, si ello permite normalizar las relaciones con Washington. El tiempo nos dirá si Erdogan logra resolver este cubo de Rubik.