Marruecos, el hidrógeno verde y la delgada línea entre la ambición y la estrategia energética
- La apuesta: de la “Moroccan Offer” a los megaparques del desierto
- La base física: un sistema eléctrico aún en transición
- Costes, tecnología y la aritmética del hidrógeno
- Industria, fertilizantes y el riesgo de mezclar debates
- Separar la ambición exportadora de la política energética verde
- Una admiración con reservas, pero sin cinismo
Estuvieron presentes multinacionales y empresas, privadas y públicas, originarias y españolas, actores principales en energías renovables y procesos industriales que ya trabajan sobre terreno marroquí. Escuché datos, planes, inversiones, plazos… y regresé a Tánger con dos sensaciones nítidas: la admiración por la ambición y la intuición de que aún caminamos sobre un terreno que se está definiendo mientras se pisa.
Cuando uno mira el mapa energético del norte de África, hay un punto que brilla con terquedad entre el Atlántico, el Estrecho y el desierto: Marruecos. Un país que todavía genera buena parte de su electricidad quemando carbón, pero que se ha propuesto vender al mundo hidrógeno verde, amoníaco y combustibles sintéticos como si el futuro le perteneciera por derecho propio. Y, en cierta forma, puede que así sea.
La admiración viene solamente cuando se repasan los hechos. La cautela aparece en cuanto uno empieza a hacer números.
La apuesta: de la “Moroccan Offer” a los megaparques del desierto
En 2019, Rabat creó una Comisión Nacional del Hidrógeno y en 2021 publicó una Hoja de Ruta del Hidrógeno Verde que eleva este vector energético a “sector de crecimiento estratégico”, con una inversión estimada en torno a 10.000 millones de dólares en las próximas décadas.
Las proyecciones oficiales hablan de una demanda de hidrógeno y derivados en Marruecos de entre 13,9 y 30,1 TWh en 2030, y de hasta 307 TWh en 2050.
Es decir, un salto de escala que convertiría al país en exportador relevante de amoníaco, metanol y e-combustibles. Los estudios ligados a esta hoja de ruta asumen que cerca del 70% de la demanda total de hidrógeno marroquí a partir de 2030 estaría ligada a la exportación, y que aproximadamente el 75% de esas exportaciones se realizarían en forma de amoníaco.
Sobre ese terreno se construye la “Moroccan Offer”, presentada en marzo de 2024: un paquete de suelo, gobernanza, ventanilla única e incentivos para atraer proyectos integrados, desde el parque eólico o solar hasta el electrolizador y la planta de amoníaco, pensados explícitamente para abastecer a Europa y otros mercados industriales.
El mensaje a los inversores es claro: hay viento, sol, puertos, experiencia industrial y una administración dispuesta a mover papeles con cierta rapidez. La respuesta tampoco se ha hecho esperar. En marzo de 2025 el Gobierno anunció la aprobación de proyectos de hidrógeno por unos 319.000 millones de dírhams (unos 32.500 millones de dólares), ligados a la producción de amoníaco, acero verde y combustibles industriales, con actores europeos, estadounidenses, del Golfo y de China entre los seleccionados.
En paralelo, la cooperación con Alemania, España y otros socios europeos no es un simple titular político: programas como la Energy Partnership y el apoyo de GIZ al desarrollo de proyectos Power-to-X, estudios de viabilidad y matching entre promotores marroquíes y offtakers europeos sitúan al hidrógeno en el centro de la agenda bilateral.
Todo esto no es humo. Es una apuesta seria, con nombres, proyectos y dinero encima de la mesa. Y, sin embargo, conviene respirar hondo antes de dejarse deslumbrar.
La base física: un sistema eléctrico aún en transición
El relato del hidrógeno se apoya en un hecho incontestable: Marruecos tiene un recurso eólico y solar sobresaliente y lleva más de una década desplegando proyectos de referencia, desde Noor Ouarzazate en termosolar hasta los grandes parques eólicos del norte y el sur del país.
La hoja de ruta eléctrica marca un objetivo del 52% de la capacidad instalada de generación procedente de renovables en 2030, y las cifras más recientes sitúan ya la cuota renovable en torno al 45% de la potencia instalada, con unos 5,3 GW en operación solamente en las provincias del sur. Nuevas plantas solares, como las de Khouribga, refuerzan este camino.
Pero el sistema real es menos fotogénico que los folletos. En 2024, el 59,3% de la electricidad generada en Marruecos siguió dependiendo del carbón, aunque ese peso ha bajado desde el 70% en 2022. El país se ha comprometido a eliminar completamente el carbón en torno a 2040, condicionado, cómo no, al acceso a financiación climática internacional.
Es decir: mientras se diseña un futuro de moléculas verdes para exportación, el presente sigue alimentándose en gran medida de centrales térmicas que compran carbón en el mercado internacional. La transición está en marcha, pero aún no ha llegado al punto en que el hidrógeno pueda considerarse una extensión natural de un sistema ya descarbonizado.
Costes, tecnología y la aritmética del hidrógeno
En los análisis internacionales, el hidrógeno verde sigue siendo hoy la opción más cara: costes típicos de 3,5 a 6 dólares por kilo, frente a 1,5–2,5 dólares para el hidrógeno gris procedente de gas natural.
Marruecos tiene a su favor unos costes potenciales de renovables bajos, y estudios vinculados a actores como Masdar estiman que podría llegar a producir hidrógeno por debajo de 2 dólares/kg en 2030 y acercarse a 1 dólar/kg hacia 2050, si se cumplen los supuestos de caída de costes y escala industrial.
Sobre el papel, la ecuación cierra. En la práctica, aún hay varios eslabones por afinar:
- Electrólisis: las tecnologías alcalinas y PEM están maduras para proyectos de cientos de MW, pero todavía arrastran incertidumbres de coste y durabilidad a gran escala, especialmente en entornos desérticos con polvo, salinidad y necesidad de agua desalada.
- Almacenamiento y transporte: la ruta del amoníaco es hoy la más lógica para largas distancias, pero implica pérdidas energéticas, CAPEX elevado en plantas de síntesis y terminales, y requisitos de seguridad estrictos en puertos. La reconversión de gasoductos existentes, como el Magreb–Europa, se estudia como opción para mezclar o transportar hidrógeno, pero requiere inversiones y una estrategia clara entre países.
- Mercado y offtakers: Europa habla de importar millones de toneladas de hidrógeno y derivados desde el norte de África, pero la regulación sobre certificación, trazabilidad y ayudas estatales sigue en construcción. Un exceso de optimismo en la demanda puede dejar activos varados en el lado productor.
- Hay otro punto, menos glamuroso pero decisivo: la competencia con usos directos de la electricidad renovable. Cada MWh que se desvía a un electrolizador para producir hidrógeno de exportación es un MWh que no va a desplazar carbón o fuel en la red local, ni a abaratar la factura de un clúster industrial marroquí que intenta ganar competitividad.
Industria, fertilizantes y el riesgo de mezclar debates
Sería injusto reducir el hidrógeno marroquí a una fantasía exportadora. El país importa en torno a 2 millones de toneladas de amoníaco al año para su potente industria de fertilizantes, con un coste superior a 400 millones de dólares en 2018. Producir ese amoníaco con hidrógeno verde requeriría unos 6 GW adicionales de capacidad renovable, pero permitiría al grupo OCP ganar autosuficiencia, estabilizar sus costes y avanzar hacia la neutralidad de carbono.
Aquí el hidrógeno no es un fin en sí mismo, sino una palanca para una política industrial seria: integrar más valor en la cadena de los fosfatos, asegurar suministro de fertilizantes en un mundo cada vez más volátil y posicionar a Marruecos como proveedor “bajo en carbono” de un consumo crítico para la agricultura mundial.
El problema aparece cuando se mezclan tres conversaciones distintas como si fueran la misma:
- La política energética doméstica: cómo descarbonizar la generación eléctrica, reducir la dependencia del carbón y del gas, proteger al consumidor y al tejido productivo local.
- La estrategia industrial marroquí: dónde se quiere crear empleo cualificado, cadenas de suministro, I+D y capacidades tecnológicas propias (electrólisis, ingeniería, fabricación de componentes, operación y mantenimiento).
- El negocio del hidrógeno para exportación: capturar una parte del mercado europeo de hidrógeno, amoníaco y e-combustibles, con contratos a largo plazo y financiación internacional.
Hoy, buena parte de los documentos públicos y discursos oficiales tienden a superponer estos tres planos, como si todo avanzara en la misma dirección por pura inercia. Los análisis críticos de la hoja de ruta del hidrógeno, realizados desde la óptica del “trilema energético” (seguridad de suministro, sostenibilidad y coste), recuerdan que no siempre es así: la carrera por ser exportador puede tensionar el sistema eléctrico y retrasar la salida del carbón si no se ordenan bien las prioridades.
Separar la ambición exportadora de la política energética verde
Tal vez convenga, al menos como ejercicio de claridad, separar conceptualmente dos líneas estratégicas que a menudo se solapan:
Hidrógeno como negocio de exportación
- Proyectos integrados en zonas de alto recurso renovable, diseñados desde el principio para producir moléculas exportables.
- Estructuras de financiación donde el riesgo de demanda lo asumen, en gran parte, los offtakers internacionales.
- Incentivos alineados con la creación de empleo local, transferencia tecnológica y uso de proveedores marroquíes, no solamente con la velocidad de ejecución.
Transición energética interna
- Priorización del uso directo de la electricidad renovable para desplazar carbón y fuel en la red nacional, incluso aunque el retorno financiero sea menos vistoso que el de un contrato de compraventa de exportación.
- Refuerzo de redes, almacenamiento y flexibilidad para integrar altos porcentajes de eólica y solar, evitando que el sistema se vuelva dependiente de centrales fósiles de respaldo.
- Integración del hidrógeno solamente allí donde aporte valor claro al sistema interno: fertilizantes, ciertos procesos industriales, almacenamiento estacional, transporte pesado.
En otras palabras: que la ambición exportadora no secuestre la política energética verde del país. Que el brillo del amoníaco en los puertos no nos haga olvidar el humo que aún sale de las chimeneas de las centrales de carbón.
Una admiración con reservas, pero sin cinismo
Visto desde Europa, es fácil caer en el paternalismo o en el escepticismo cómodo. No conviene. Marruecos ha demostrado en las últimas dos décadas algo que muchos países más ricos no han logrado: continuidad en su política renovable, capacidad para ejecutar proyectos complejos y habilidad para atraer a actores globales en eólica, solar y, ahora, hidrógeno.
La admiración, por tanto, está justificada. Lo que no quiere decir que haya que tragarse la narrativa sin hacer preguntas incómodas sobre costes, riesgos de sobrecapacidad, gobernanza de los recursos y reparto de beneficios entre exportación y consumo interno.
La tarea de quienes trabajan en el sector es precisamente ésa: separar el relato de la aritmética, la ambición del diseño de política pública, el titular de la curva de carga.
Si Marruecos consigue colocar cada pieza en su lugar, exportación donde es rentable, industria donde genera valor, renovables para descarbonizar su propia red, entonces una parte del viento y del sol de este país cruzará el Mediterráneo no como discurso, sino como molécula comerciable.
Nadie podrá afirmar que fue solo marketing climático: será un negocio bien planteado que sostiene una transición energética real, en un país que ha decidido no ser espectador, sino actor. Y el día que eso ocurra, Marruecos no venderá hidrógeno: venderá estrategia.
Juan Antonio Vidal. Plant Manager InCom Composites Morocco SARL