El Sáhara en el Consejo de Seguridad de la ONU: la guerra silenciosa de las resoluciones
Ya no se trata de un ejercicio rutinario, sino de un momento crucial en el que se está recalibrando el equilibrio del sistema internacional. Más allá del caso en sí, el norte de África y sus extensiones atlánticas y sahelianas se han convertido en puntos focales, no solo como zonas inmediatas de tensión, sino como matrices para futuros equilibrios globales. Dentro de este arco estratégico, donde se cruzan las rutas energéticas, los corredores de seguridad y las rivalidades de influencia, ya se vislumbran los contornos del orden del siglo XXI. El dominio de estos flujos determinará no solo la jerarquía del poder, sino también la capacidad de los Estados para proyectar estabilidad, o caos, mucho más allá del continente africano. En este contexto, el Sáhara marroquí ya no es solo una disputa territorial, sino la expresión de una lucha más amplia entre los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad, cada uno de los cuales proyecta sus intereses para redefinir las líneas del orden mundial.
Como resultado, cada resolución ya no es una simple formalidad, sino un escenario normativo en el que se pone a prueba el nuevo equilibrio del multilateralismo y en el que, a través de frágiles compromisos, comienzan a surgir las líneas divisorias de las futuras relaciones de poder entre los Cinco Grandes. Para comprender este desafío es necesario abordar la cuestión como una ecuación geopolítica, en la que se cruzan variables globales y regionales. Intrínsecamente, Marruecos goza de una sólida base institucional y de un consenso nacional inquebrantable sobre la identidad marroquí del Sáhara. Sin embargo, extrínsecamente, son las rivalidades de las grandes potencias las que dictan el ritmo. En términos esquemáticos, el Consejo de Seguridad funciona como un gran tablero de ajedrez, en el que la cuestión del Sáhara no es una casilla periférica, sino una ficha estratégica sobre la que se proyectan las lógicas de poder en competencia.
En este contexto, Estados Unidos, Francia y el Reino Unido consideran que el Sáhara es una cuestión directamente relacionada con la estabilidad regional y la seguridad de las rutas atlánticas, intereses que consideran vitales. Washington busca anclar la cuestión en un orden internacional enmarcado por sus propias normas, al tiempo que consolida un aliado estratégico capaz de proyectar seguridad en el Sahel y contener la influencia rival. Londres, por su parte, se basa en su herencia naval y en su creciente interés por los corredores atlánticos para reforzar su doctrina de “Gran Bretaña global” y asegurar sus asociaciones comerciales y energéticas. En términos más generales, la integración de las provincias meridionales de Marruecos en una interconexión transatlántica sirve al objetivo de las potencias anglosajonas de preservar un continuo estratégico euroafricano que garantice el control de las rutas marítimas atlánticas y la seguridad de los flujos energéticos.
La posición de Francia, por su parte, ha pasado directamente al ámbito de la “realpolitik”. Dado que Washington, Londres y Madrid ya han reconocido la soberanía de Marruecos sobre el territorio, París ya no podía permitirse el lujo de la ambigüedad. Su firme alineamiento no es un gesto simbólico, sino un reconocimiento pragmático de que el futuro del norte de África y el Sahel depende de una asociación estratégica reforzada con Marruecos y de la consolidación definitiva de la integridad territorial del Reino. Este realineamiento refleja una lectura lúcida de los equilibrios regionales: la seguridad, la energía y la estabilidad geoeconómica en África son inseparables del papel fundamental de Rabat. Al mismo tiempo, París está interesada en preservar su propia influencia en el continente.
Sin embargo, sería reduccionista analizar esta dinámica únicamente desde una perspectiva atlántica. La propia África, que está experimentando una profunda recomposición geopolítica y geoeconómica, se ha convertido en una variable central de la ecuación. El continente está atravesado por alianzas rivales —la CEDEAO, la SADC, la ZCLCA y agrupaciones regionales de seguridad— que están remodelando el equilibrio de poder y creando nuevas jerarquías de influencia. En este contexto, Marruecos se ha labrado un liderazgo distintivo en sectores clave como las energías renovables, los corredores logísticos, la seguridad regional y las finanzas africanas. Este posicionamiento eleva a Rabat como actor fundamental en la transformación continental y como centro indispensable en las estrategias atlánticas y sahelianas.
No obstante, este ascenso viene acompañado de antagonismos. Argelia moviliza a la Unión Africana como foro político para resistir el afianzamiento del Plan de Autonomía de Marruecos. Sudáfrica, aferrada a su papel histórico como potencia regional y guiada por lógicas ideológicas arraigadas, percibe el ascenso de Marruecos como una amenaza directa a su esfera de influencia continental. Nigeria, por su parte, oscila entre la cooperación pragmática —encarnada por el gasoducto Nigeria-Marruecos, que representa una convergencia de intereses energéticos y una ambición compartida de conectar África con Europa— y una rivalidad latente alimentada por la competencia por el liderazgo en África occidental y el control de los recursos estratégicos. Esta ambivalencia pone de relieve la complejidad de una asociación en la que la complementariedad económica coexiste con la desconfianza política. De hecho, la candidatura de Marruecos a la CEDEAO —y los debates que ha suscitado en las capitales africanas— pone de relieve tanto la magnitud geopolítica de la estrategia de Rabat como la resistencia que provoca. Revela cómo la asertiv idad de Marruecos está redefiniendo los equilibrios subregionales, al tiempo que pone de manifiesto los dilemas estratégicos de los Estados de África Occidental, atrapados entre la oportunidad de anclarse al centro marroquí y el temor a las reconfiguraciones internas del poder.
Así pues, la cuestión del Sáhara no se decide únicamente en Nueva York, sino también en las capitales africanas, donde se cristalizan las opciones de alianza, las rivalidades de liderazgo y los cálculos geoeconómicos. El dossier se ha vuelto inseparable de una estrategia africana más amplia, en la que Rabat debe seguir aplicando un enfoque multidimensional: consolidar su papel como motor de la integración, proveedor de bienes públicos continentales —energía, seguridad, infraestructuras— y catalizador de proyectos transregionales. La capacidad de Marruecos para transformar estas iniciativas en palancas colectivas determinará no solo la expansión de su influencia, sino también la consolidación de la identidad marroquí del Sáhara como una realidad irreversible en los equilibrios africanos y atlánticos.
Por otro lado, Rusia aborda sistemáticamente la cuestión a través del prisma de su confrontación global con Occidente. Su postura sobre el Sáhara forma parte de una doctrina más amplia en la que la oposición a la ampliación de los mandatos de la ONU refleja su lógica defensiva en Ucrania y Crimea, donde rechaza cualquier desafío a su soberanía. Para Moscú, el Sáhara se convierte en un escenario indirecto para resistir el intervencionismo occidental. China, por su parte, adopta un enfoque más sutil. Bajo su proclamado apego a la soberanía estatal se esconde su estrategia de proyección económica y de infraestructuras en toda África. El Sáhara y sus extensiones sahelianas se consideran un eslabón crucial en la expansión de la Iniciativa del Cinturón y Ruta de la Seda, al tiempo que se hacen eco de la propia línea roja de Pekín sobre Taiwán, donde se opone a cualquier intento de secesión.
En este sentido, la integridad territorial de Marruecos se ha convertido en una pieza del tablero de ajedrez global en el que cada potencia avanza sus intereses estratégicos, transformando el dossier en un lugar de proyecciones entrecruzadas. Para Rabat, esta configuración es tanto una limitación como una oportunidad: una limitación, ya que la ausencia de consenso impide una resolución totalmente alineada con sus posiciones; una oportunidad, ya que Marruecos puede aprovechar estas divergencias para reforzar su postura pivotante vinculando su plan de autonomía a las prioridades geoestratégicas de cada bando. Entre estos polos, cada resolución se negocia como un compromiso calibrado, que refleja menos la aplicación pura del derecho internacional que el frágil equilibrio de intereses contrapuestos. Lo que surge no es tanto un choque directo como un proceso de ajuste permanente, en el que cada bando impulsa sus prioridades mientras neutraliza las del otro.
Así, el Sáhara ya no aparece como una disputa regional aislada, sino como un punto nodal en la remodelación global. Cada cambio en el lenguaje de la ONU hacia el “realismo” y el “pragmatismo” no es un mero ajuste técnico, sino una medida estratégica que consolida progresivamente el plan de autonomía de Marruecos como la única opción creíble dentro de los equilibrios internacionales. Como nos recordó Mackinder, “quien controla el Heartland domina la Isla Mundial”. Por analogía, hoy en día el Sáhara, en la encrucijada del Atlántico y el Sahel, emerge como un pivote tanto africano como atlántico.
Ya no se trata de una periferia disputada, sino de un eje estratégico en el que convergen la seguridad del Sahel, las rutas energéticas y los corredores marítimos. Condiciona la estabilidad regional y la conectividad de África con Europa y el Atlántico, transformando el Sáhara en un laboratorio de integración regional y una palanca de proyección de poder. Como señala Thomas Friedman, aunque el mundo pueda ser “plano” en términos de interdependencia, sigue siendo estratégicamente “accidentado”: cada costa y cada recurso se han convertido en un cuadrado disputado en el tablero de ajedrez global.
En este entorno, el Consejo de Seguridad es el escenario donde chocan visiones rivales. La guerra en Ucrania, las tensiones en torno al programa nuclear de Irán, la rivalidad entre China y Estados Unidos y las crisis en Oriente Medio consumen recursos diplomáticos y fragmentan aún más un orden multilateral ya debilitado. El Sáhara, que rara vez ocupa el centro de las prioridades mundiales, siente sin embargo el impacto de estas dinámicas sistémicas. La ausencia de consenso entre los P5 sobre cuestiones más amplias impide cualquier avance “revolucionario”, reduciendo las resoluciones a compromisos mínimos. Sin embargo, estos ajustes incrementales son estratégicamente decisivos: cada referencia al “realismo” y al “pragmatismo” refuerza el plan de autonomía de Marruecos como el único marco creíble.
Ahí radica el reto de Marruecos: transformar este proceso incremental en un logro irreversible. Para ello se necesitan tres palancas. En primer lugar, afianzar el plan de autonomía en el lenguaje de la ONU, colaborando estrechamente con Washington, Londres, París y los socios africanos y latinoamericanos. En segundo lugar, proyectar el Sáhara como un centro de integración a través de proyectos tangibles —corredores energéticos hacia el Sahel, puertos atlánticos, zonas industriales en las provincias del sur— que vinculen directamente el futuro de África y Europa con la estabilidad de Marruecos. En tercer lugar, practicar el realismo multilateral involucrando a Moscú y Pekín para neutralizar la oposición frontal, al tiempo que se consolidan alianzas sólidas con las potencias occidentales.
A medio plazo, la resolución de 2025 podría consagrar el plan de autonomía como referencia de facto del proceso de la ONU, al tiempo que reforzaría el papel de Marruecos en una África en recomposición. Pero lo que está en juego va más allá del propio Sáhara. Ilustra una regla fundamental del multilateralismo contemporáneo: los llamados conflictos periféricos solo avanzan cuando se alinean con la dinámica global y convergen con los intereses de las grandes potencias. Como observó Kissinger, “el orden internacional depende menos de los principios proclamados que de la convergencia de intereses”. Dentro de esta lógica, la diplomacia marroquí debe ahora transformar sus derechos históricos en un activo estratégico irreversible, integrado en los equilibrios regionales y reconocido como un hecho estructural del orden internacional.
En consecuencia, la estrategia prospectiva de Marruecos debe ir mucho más allá de la defensa de las ganancias territoriales. Rabat tiene hoy una doble responsabilidad: consolidar la autonomía como solución normativa y, al mismo tiempo, construir una arquitectura geoeconómica y geoestratégica que haga que esta opción sea indispensable tanto para las grandes potencias como para los socios regionales. El camino de Marruecos se basa, por tanto, en tres dinámicas estructurantes: la ingeniería diplomática, la proyección africana y atlántica y el anclaje multilateral. La primera requiere un trabajo paciente para evolucionar gradualmente el lenguaje de la ONU hacia el reconocimiento implícito del plan de autonomía. La segunda exige la rápida materialización de proyectos estructurantes, puertos atlánticos, corredores logísticos hacia el Sahel, zonas industriales y energéticas en las provincias del sur, que transformen el Sáhara en un centro africano y un cruce de caminos euroatlántico. La tercera implica una gestión equilibrada de las relaciones de poder, consolidando las alianzas con Washington, Londres y París, al tiempo que se mantiene un diálogo pragmático con Moscú y Pekín para neutralizar cualquier oposición frontal.
Por lo tanto, es esencial complementar la ingeniería diplomática de Marruecos con una lectura prospectiva basada en escenarios contrastados. En el escenario optimista, el progresivo afianzamiento del plan de autonomía en las resoluciones de la ONU se garantiza gracias al respaldo estadounidense y británico, mientras que África occidental, a través de la CEDEAO y Nigeria, llega a considerar a Marruecos como una palanca de estabilidad e integración. Las provincias del sur emergen entonces como un centro transatlántico reconocido, integrado en la dinámica de la ZCLCA y los corredores energéticos. En el escenario intermedio, las rivalidades globales persisten, lo que frena los grandes avances normativos, pero Rabat logra compensar los bloqueos equilibrando las alianzas occidentales con un compromiso pragmático de Moscú y Pekín. En este caso, el activo estratégico de Marruecos se consolida más por las realidades sobre el terreno que por el texto de las resoluciones. En el escenario pesimista, la polarización intensificada entre las grandes potencias, agravada por las crisis de Ucrania, Taiwán o Oriente Medio, abre un espacio para que Argel instrumentalice sus alianzas, lo que complica el margen de maniobra de Marruecos. Sin embargo, incluso en ese caso, la profundidad africana y atlántica del Reino, si se ve reforzada por los corredores energéticos y los centros logísticos, podría amortiguar el impacto del estancamiento y mantener el impulso hacia el reconocimiento de facto.
Dada la dinámica actual del Consejo de Seguridad, el resultado más probable sigue siendo un “statu quo” similar al de la Resolución 2756. La falta de consenso entre los P5 impedirá formulaciones audaces, pero cada resolución introduce sutiles cambios semánticos hacia el “realismo” y el “pragmatismo”. Esta evolución, aunque discreta, es estratégica. Consolida de forma constante el plan de autonomía de Marruecos como la única opción viable, convirtiendo un proceso aparentemente rutinario en una trayectoria acumulativa favorable a Rabat. En otras palabras, incluso sin una ruptura espectacular, es a través de la paciencia normativa como Marruecos puede asegurar la consolidación de una ganancia estratégica irreversible.
En última instancia, el dossier del Sáhara ya no se arbitra mediante textos o principios proclamados, sino mediante el lenguaje crudo e implacable de los intereses. El derecho internacional se ha convertido en poco más que una fachada, mientras que el verdadero escenario funciona como un mercado de intereses negociados, en el que cada potencia negocia su apoyo en función de prioridades geoestratégicas o geoeconómicas. En este entorno, la fuerza de Marruecos reside menos en la defensa de un proyecto político que en su capacidad para metamorfosear su plan de autonomía en una plataforma estratégica, un verdadero algoritmo de estabilidad regional, un centro energético integrado y un nexo geoeconómico y geoestratégico. En esencia, ya no se trata simplemente de una solución territorial, sino de una ingeniería de cosoberanía que entrelaza la seguridad, la conectividad y la proyección de influencia, transformando las provincias del sur en reguladores de los equilibrios afroatlánticos y sahelianos y en una matriz para la gobernanza regional de próxima generación.
Así, la identidad marroquí del Sáhara no se consolida simplemente invocando derechos históricos, sino demostrando que Rabat es el único actor capaz de ofrecer garantías duraderas en un mundo en el que el orden internacional se define menos por las normas que por los equilibrios de intereses. El mundo está entrando ahora en una nueva era de geopolítica funcional, en la que la adaptación cuenta más que la doctrina y en la que la huella sistémica sustituye a la ideología, midiendo el valor de los Estados por su capacidad para generar estabilidad, interconexiones y soluciones operativas a las crisis regionales y mundiales.