Marruecos y el dragón que llegó por mar
En los últimos años, Marruecos ha dejado de mirar a Europa como único horizonte. Y mientras algunos países europeos dibujaban sus estrategias con brújula de corto alcance, otros actores han desplegado mapas más ambiciosos. China, sin aspavientos, ha recalado en la costa atlántica africana con un plan tan meticuloso como silencioso. Marruecos ha respondido abriendo la puerta con educación, pero también con una lista de condiciones bajo el brazo.
No es una alianza improvisada. Las cifras no se entienden sin contexto. El Reino alauí ya es el segundo destino mundial de las inversiones chinas en materia de sostenibilidad, solamente detrás de Brasil. Se trata de movimientos que no caben en titulares de prensa: parques industriales levantados en el norte, logística redirigida al puerto de Nador West Med, acuerdos en zonas francas con proyectos fotovoltaicos de cientos de megavatios...
Marruecos no juega a corto. Quiere industrias que se queden, que formen, que exporten, y que lo hagan bajo estándares internacionales. El capital chino, más paciente que otros, ha visto esto como oportunidad y no como obstáculo. Y ha traído consigo algo más que dinero: estrategia, continuidad, planificación a veinte años vista.
Pero no todo es certidumbre en esta nueva danza. Marruecos ha ganado autonomía, sí, pero también ha elevado su exposición. Un mayor peso en el tablero geopolítico implica riesgos que no se disuelven con acuerdos bilaterales. La guerra comercial entre Washington y Pekín podría traer consecuencias colaterales a esta orilla del Estrecho. Y la dependencia de ciertos flujos de capital siempre es un arma de doble filo, sobre todo si el proveedor no comparte el idioma —ni el modelo— del comprador.
En el lado de las oportunidades, el balance es elocuente. Los sectores industriales ligados al hidrógeno verde, la electrificación del transporte y las energías renovables encuentran en Marruecos un entorno favorable: costes competitivos, tejido joven y técnico, y una posición logística que muchos envidiarían. Para las empresas europeas, la cooperación con actores chinos en territorio marroquí puede ser una plataforma para ensayos de alianzas impensables en suelo europeo.
A quien camina estas tierras desde hace años, no le sorprende el giro. Lo que antes eran intuiciones hoy son certezas. Las inversiones no vienen solas: traen consigo una nueva forma de hacer las cosas. Marruecos, como anfitrión exigente, selecciona a sus invitados. Y los que aceptan el reto saben que no hay manual. Aquí no se viene a repetir fórmulas, sino a escribir capítulos nuevos.
Y en esos capítulos se juega algo más que el futuro de una industria: se juega el papel que África reclama en la escena global. Y no espera permiso para ello.