El territorio como matriz del liderazgo: cuando el espacio moldea la capacidad de liderar

Centro histórico de la ciudad de Tetuán, Marruecos - Depositphotos
Durante décadas, el liderazgo ha sido analizado principalmente a través del prisma del individuo: sus rasgos de personalidad, sus competencias y sus estilos de toma de decisiones
  1. Un liderazgo situado, no abstracto
  2. Territorios distintos, estilos de liderazgo diferenciados
  3. El papel estratégico de las élites locales
  4. Un liderazgo basado en coaliciones, no en la imposición
  5. El territorio como revelador de la capacidad de liderazgo

Las organizaciones invierten de manera significativa en programas de desarrollo del liderazgo destinados a cultivar la visión, la resiliencia y la influencia. Sin embargo, una dimensión esencial sigue siendo ampliamente subestimada: el liderazgo nunca surge en el vacío. Está profundamente moldeado por el lugar.

El liderazgo es territorial. Está anclado en la historia, la cultura, las relaciones de poder y la memoria colectiva. El espacio en el que se ejerce  ya sea una metrópolis global, un territorio rural o una región periférica influye de manera decisiva en la forma en que se construye la autoridad, se forman las coaliciones y se implementan las decisiones. En la práctica, el territorio no es solo el contexto del liderazgo: es una de sus fuentes primarias.

Comprender el liderazgo en la actualidad exige, por tanto, ir más allá de las capacidades individuales y plantear una cuestión más sistémica: ¿cómo producen los territorios diferentes formas de liderazgo y qué pueden aprender de ello las organizaciones y los responsables públicos?

Un liderazgo situado, no abstracto

El liderazgo se inscribe en una geografía concreta y en una temporalidad de largo plazo. Cada territorio posee una trayectoria histórica singular —transformaciones económicas, conflictos no resueltos, compromisos sociales y legados institucionales—. Estos elementos constituyen una base invisible pero poderosa que condiciona la manera en que el liderazgo es percibido, aceptado y ejercido.

En sistemas altamente centralizados, por ejemplo, los líderes locales suelen operar con márgenes de autonomía reducidos. El liderazgo tiende entonces a ser prudente, procedimental y fuertemente condicionado por la autoridad formal. Por el contrario, los territorios moldeados por la negociación, la autonomía o la resistencia generan con mayor frecuencia estilos de liderazgo adaptativos, en los que la mediación y la búsqueda de consensos se convierten en palancas fundamentales del progreso.

La cultura es tan determinante como las instituciones. En algunos territorios, la legitimidad se apoya en la continuidad, la antigüedad y el estatus social. En otros, emerge de la innovación, el compromiso cívico o el éxito empresarial. El liderazgo puede así encarnarse en figuras locales consolidadas desde hace tiempo o en nuevos actores procedentes de la sociedad civil o del sector privado. En todos los casos, el liderazgo nunca se importa sin más: se produce localmente, incluso cuando se inspira en modelos globales.

Liderazgo - PHOTO/PIXABAY

Territorios distintos, estilos de liderazgo diferenciados

Los territorios no generan un único modelo de liderazgo. Por el contrario, producen estilos diferenciados, moldeados por sus restricciones estructurales y sus oportunidades.

Territorios periféricos: un liderazgo de resiliencia

Las regiones periféricas —a menudo alejadas de los centros de decisión y enfrentadas a un subfinanciamiento crónico— tienden a generar un liderazgo centrado en la resistencia. En estos contextos, los líderes deben hacer más con menos, movilizando redes informales, solidaridad local y recursos limitados para preservar la cohesión social.

La planificación estratégica a largo plazo suele quedar en segundo plano frente a la gestión de crisis y la adaptación permanente. El liderazgo es pragmático, anclado en la realidad y fuertemente relacional. Su legitimidad deriva menos de una visión proyectada que de la capacidad de responder a necesidades inmediatas.

Espacios metropolitanos: un liderazgo de regulación

Las grandes ciudades y regiones metropolitanas requieren, en cambio, un liderazgo orientado a la regulación. La densidad humana, la complejidad institucional y la multiplicidad de intereses hacen ineficaz cualquier forma de liderazgo unilateral. La autoridad se ejerce a través de la coordinación, el arbitraje y mecanismos de gobernanza sofisticados.

El liderazgo metropolitano es, por naturaleza, colectivo. Se apoya en marcos formales de concertación, en una gobernanza multinivel y en una elevada capacidad de alineación de las políticas públicas. El papel del líder consiste menos en movilizar apoyos que en orquestar sistemas.

Territorios rurales: un liderazgo de intermediación

Los territorios rurales suelen requerir un liderazgo de intermediación. Situados en la interfaz entre los marcos nacionales de las políticas públicas y realidades locales muy específicas, necesitan líderes capaces de traducir la acción pública en respuestas concretas y comprensibles para la población.

Este liderazgo se basa en la proximidad y la confianza. Los líderes deben dominar tanto el lenguaje administrativo como las preocupaciones locales, actuando como mediadores entre administraciones, cargos electos y comunidades. Su legitimidad se construye con el tiempo, a través de la constancia y la presencia, más que mediante la visibilidad.

Vista general de la antigua ciudad de Fez, Marruecos - REUTERS/ SHEREEN TALAAT

El papel estratégico de las élites locales

En todos los territorios, las élites locales desempeñan un papel decisivo en las dinámicas de liderazgo. Responsables políticos, altos funcionarios, actores económicos e intelectuales constituyen intermediarios clave entre las realidades locales y los centros de decisión.

Cuando estas élites se alinean en torno a una visión territorial compartida, se convierten en poderosos catalizadores de transformación. Generan coherencia, movilizan recursos y estabilizan coaliciones. Por el contrario, cuando se repliegan en lógicas rentistas o en luchas de poder fragmentadas, producen inercia y desconfianza.

El liderazgo, por tanto, no puede reducirse a una figura individual. Es una propiedad emergente de las interacciones entre las élites y de su capacidad para producir sentido colectivo más allá de los intereses particulares.

Un liderazgo basado en coaliciones, no en la imposición

Ningún territorio puede ser gobernado eficazmente por un actor aislado. El empleo, la movilidad, la cohesión social o la transición climática son desafíos intrínsecamente transversales. Exigen cooperación entre administraciones, cargos electos, empresas y sociedad civil.

El liderazgo territorial eficaz se manifiesta a través de la construcción de coaliciones. Estas no se definen por su arquitectura institucional, sino por la calidad del diálogo que sostienen. La confianza, el reconocimiento mutuo y la capacidad de gestionar conflictos resultan a menudo más determinantes que los dispositivos formales.

Desde esta perspectiva, el liderazgo se convierte en una competencia relacional. El papel del líder no es únicamente decidir, sino conectar, traducir y sincronizar lógicas de acción y horizontes temporales diferentes.

El territorio como revelador de la capacidad de liderazgo

Considerar el territorio como matriz del liderazgo transforma profundamente la forma en que se evalúa su eficacia. El liderazgo deja de ser una variable independiente para convertirse en el producto de un ecosistema.

Los territorios que triunfan no son necesariamente aquellos que cuentan con los líderes más carismáticos o los presupuestos más elevados, sino los que logran formular un proyecto compartido, alinear a los actores y transformar sus limitaciones en palancas.

En un contexto en el que las desigualdades territoriales se acentúan y la confianza institucional se erosiona, esta perspectiva adquiere una relevancia estratégica fundamental. Desarrollar el liderazgo no consiste únicamente en formar individuos: implica crear condiciones territoriales favorables para la emergencia, la circulación y la sostenibilidad del liderazgo.

Para dirigentes, responsables públicos y profesionales del desarrollo, la lección es clara: si se desean mejores resultados en materia de liderazgo, es imprescindible comprender primero el territorio que lo produce.