El mundo según Trump: geoeconomía y liderazgo americano
El objetivo de la Estrategia de Seguridad Nacional 2025 es fortalecer a Estados Unidos para la competición entre potencias, focalizando mejor su interés nacional e incrementando sus capacidades (innovación, economía y defensa), utilizando la geoeconomía para actuar con una visión global y apoyándose en los aliados más comprometidos
Aunque la crítica progresista presente el documento como rupturista y MAGA, el texto tiene un amplio sentido económico y geoestratégico, que puede trascender la presidencia de Donald Trump. En un orden que ya es geoeconómico, Estados Unidos apuesta en este mandato por estabilizarlo y liderarlo. Para ello, impulsa su energía y los sectores tecnológicos, equilibra su balanza comercial, mantiene sus alianzas (OTAN, QUAD, bilaterales), pero exige un esfuerzo compartido y convierte al Hemisferio Occidental en su principal objetivo regional.
Tantos años queriendo los rusos, los chinos y los iraníes que Estados Unidos saliera de Europa, de Asia y de Oriente Medio, y ahora pueden ser ellos los que salgan de América, de sus fronteras y de sus redes. Esa es la principal innovación de la estrategia de 2025: asegurar América en un espacio geopolítico amplio (probablemente hasta el Ártico); con nuevos ejes clave para el interés nacional (el canal de Panamá, puertos o bases); sin espías, drogas, ni inmigrantes ilegales; y con grandes recursos materiales y mercados.
Y la consecuencia de ese hemisferio occidental más seguro y americanizado gracias a esta estrategia que el documento denomina el “Corolario Trump” a la Doctrina Monroe, será el debilitamiento de liderazgo económico chino y el final de la desestabilización rusa o iraní en la región.
La estrategia geoeconómica no se detiene ahí, sino que se proyecta en el Sudeste Asiático donde se propone acelerar la inversión y la actividad económica compartida con los países aliados y también con India.
La libertad de navegación y de comercio en la región se mantienen como un interés prioritario y, por tanto, la seguridad de Taiwán, y de la primera línea del Pacífico (Japón, Corea del Sur y Filipinas), se verán reforzadas por la tecnología y la defensa norteamericanas frente a cualquier intento hegemónico chino.
Y la contribución de los aliados en esa defensa será mayor. Pero China no aparece señalado como un rival que hay que contener sino como un competidor, con el que se puede comerciar, incluso con semiconductores. Y su reinserción en los mercados no pasa por la guerra arancelaria sino por una reestructuración estratégica del orden económico global, en el que China pueda auto consumir parte de su excedente productivo, para no saturar los mercados globales.
Esa competición económica con China, reforzada por una estabilidad activa y vigilante en Asia, se traslada también al Sur Global. Para lo cual, el documento hace una llamada a los países de Europa, Japón y Corea para establecer objetivos y reconfigurar instituciones (bancos internacionales) que permitan equilibrar la ventaja comercial y de infraestructuras chinas y activar las inversiones occidentales en proyectos con países de bajo ingreso e ingreso medio, con criterios de interés nacional, no sujetos a exigencias de transformación política y democrática. “Realismo flexible” se llama en la geoeconomía de 2025 lo que tradicionalmente se ha llamado Pragmatismo en la diplomacia comercial de Estados Unidos.
La explícita negativa a promocionar los valores occidentales a nivel global y el explícito respeto por la diversidad cultural (creencias) y política (autoritarismos), no significa que la Casa Blanca renuncie a utilizar la diplomacia pública y el soft power para proyectar una imagen de América como una nación fiable en sus acuerdos comerciales y como una cultura política que genera progreso y bienestar.
América no solo tiene ser “first”, sino que además tiene que percibirse como “best” si quiere combatir y rechazar las influencias perversas que pretenden desestabilizar su sociedad.
Europa es para la Casa Blanca el ejemplo de ese debilitamiento cultural que ha proliferado por la falta de respuestas políticas ante la entrada incontrolada de inmigrantes, ideas e influencias exteriores. La parte del documento estratégico que más polémica ha generado es precisamente la llamada al fortalecimiento de partidos y líderes que recuperen el patriotismo europeo, advirtiendo sobre la preferencia de la administración Trump por los países que mejor se adapten no solo al interés americano, sino en el caso europeo, también a su ideario.
Aunque la Estrategia de Seguridad Nacional no olvida a las democracias europeas y su valor aliado en un futuro orden de potencias renovado, la prioridad en 2025 pasa por estabilizar la región, cerrando la guerra de Ucrania y promoviendo diplomáticamente un acercamiento entre los países europeos y Rusia, cuya amenaza estratégica o nuclear no recoge el texto.
Con la excepción del conflicto israelo – palestino, Oriente Medio es una región que desde la visión americana se considera como definitivamente reconfigurada, a través de la cooperación tecnológica, económica y en materia de defensa con los aliados regionales.
El documento en 2025 refuerza y define con claridad el interés nacional americano en la defensa de Isarel y en la navegación abierta en los estrechos y mares regionales. Sin embargo, no identifica con claridad determinados riesgos específicos como las tensiones entre minorías, o las amenazas de grupos o países concretos, que solo aparecen implícitamente en el documento.
Finalmente, la Estrategia 2025 confirma un aumento del gasto en defensa para modernizar e incorporar IA en todos los sistemas tradicionales e incrementar las capacidades disuasivas de Estados Unidos frente a las grandes potencias y amenazas. Pero también para producir nuevas armas de combate guerrillero (drones) y munición autosuficiente.
Desde los submarinos a los aviones de combate y desde los misiles a los soldados, se busca mejorar la precisión para dañar más selectivamente y más letalmente al enemigo, que según el documento indica, se encuentra tanto en los potenciales ejércitos rivales como en las fronteras domésticas y en el ciberespacio.
El liderazgo de Donald Trump progresa satisfactoriamente y su impronta económica permea en la Seguridad Nacional. Pero el documento de 2025 resulta excesivamente optimista en algunos aspectos. Si el idealismo y los principios liberales desaparecen por completo y solo el interés nacional define la estrategia, las potencias y países aliados tendrán que actuar en consecuencia. Y en esa competición de intereses, las alianzas pueden desconfigurarse y orientarse hacia otras potencias, tanto a nivel regional como estratégico y global.
Y si no se denuncian explícitamente las acciones de líderes y regímenes como Putin e Irán, y no se hace referencia a las limitaciones del poder a través de las normas internacionales, cualquier dictador y cualquier potencia en cualquier región, puede concebir su interés nacional al margen del respeto por la dignidad humana.
La Estrategia es muy explícita para excluir al Cambio Climático como un problema de seguridad nacional y global, y muy determinante para dar por finalizado el fenómeno global de la inmigración. Para estabilizar el mundo hay que estabilizar su movimiento. Pero no lo es para identificar aliados en África, riesgos en Oriente Medio, ni amenazas en el Sahel y el Báltico.
Trump aún puede mejorar su liderazgo si comprende que, en un mundo abierto y complejo, las condiciones humanas y políticas no son constantes, aunque la tecnología artificial diga lo contrario. Cuando Estados Unidos pensó en términos globales en los años 90, el terrorismo le atacó en un espacio local. Y cuando combatió al terrorismo en Oriente Medio, las grandes potencias euroasiáticas se hicieron fuertes en otros mercados regionales. Por eso un documento estratégico de seguridad, no solo configura un proyecto (geoeconómico), sino que advierte sobre los riesgos, e identifica los que amenazan a un país, pero también a la sociedad global.
