No somos iguales

multiculturalidad
PHOTO/PIXABAY

No todos somos iguales.

No todos tenemos la misma cultura.

No todos hemos heredado las mismas costumbres.

No todos pensamos de la misma forma.

No todos creemos en el mismo Dios. Hay quienes no creen en ninguno.

No todos caminamos en la misma dirección.

No todos sentimos las alegrías y las tristezas con la misma intensidad.

No todos tenemos los mismos gustos.

No todos hemos sido moldeados por las mismas manos.

No todos hemos sido creados con los mismos patrones.

No todos hemos desarrollado las mismas capacidades para las ciencias y para las letras.

No todos miramos al cielo y nos emocionamos al ver la luna o las estrellas.

No todos necesitamos el silencio en nuestras vidas.

No todos sentimos la necesidad de gritar en mitad de la noche oscura.

No todos corremos para abrazar a los seres queridos mientras susurramos en sus oídos un te quiero.

No todos soñamos con alcanzar metas con las mismas características.

No todos disfrutamos viendo el cielo por una ventanilla minúscula o compartiendo la soledad de un hotel en la lejanía.

No todos tenemos las fuerzas y el coraje suficiente para denunciar las injusticias de este mundo, ni siquiera las que nos afectan más directamente.

No todos creemos en la certeza de que el diálogo es el mejor camino para alcanzar una paz que se nos presenta cada vez más utópica.

No todos disfrutamos de una buena conversación junto a los amigos con un buen vino de La Mancha.

No todos vemos el vaso lleno o vacío porque hay ocasiones en que no se ve ni el vaso.

No todos desarrollamos las mismas cualidades para entender el mundo y a sus habitantes.

No todos somos capaces de olvidar o de manejar el rencor sin que nos haga daño, sin hacerlo.

No todos somos simpáticos o antipáticos ni hacemos pactos con la sociabilidad o la timidez según nos convenga.

No todos somos capaces de dejar las cosas atrás y empezar de nuevo, por necesidad, por decisión, por capricho, porque es lo que toca.

No todos dejamos escapar una lágrima o dos o las que sean necesarias cuando la crueldad o una composición bien tocada nos las provoca.

No todos cantamos victoria ante la venganza.

No todos estrechamos lazos o arrimamos el hombro cuando se supone que hay que hacerlo.

No todos derribamos puentes, murallas o vallas. No todos los levantamos.

No todos somos iguales por mucho que nos empeñemos, ni siquiera dentro de una familia. Y no todos queremos serlo, porque nos convertiríamos en monstruos.

El problema no está en que no seamos iguales, sino en la negación del otro, en la no aceptación de quienes piensan, sienten, hablan, creen, actúan… de forma diferente.

En respetar y no creerse en posesión de la verdad podría estar la clave de muchas cosas.

La maldad ¡menuda palabra! La maldad es otra historia. 

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