Ceuta y Melilla: ¿separan o unen a Marruecos y España?

Vista general del paso fronterizo marroquí de Fnideq con el enclave español de Ceuta (al fondo) – PHOTO/FADEL SENNA/AFP
Vista general del paso fronterizo marroquí de Fnideq con el enclave español de Ceuta (al fondo) – PHOTO/FADEL SENNA/AFP

Hay dos maneras de abordar el futuro de las dos ciudades, Ceuta y Melilla, y de las islas e islotes adyacentes. “Ciudades Autónomas” para España, “presidios ocupados” para Marruecos, los dos enclaves situados en la costa norte del Reino marroquí, uno frente al peñón de Gibraltar y el otro lindando con el mar de Alborán, han sido desde hace siglos objeto de un litigio territorial entre los dos vecinos. 

¿Existe alguna solución viable a dicho litigio? Puede haber dos maneras de vislumbrar su futuro.

La primera es la jurídico-legal, que pone frente a frente el estatuto de ambas bajo soberanía española, algo en parte aceptado por las Naciones Unidas, la Unión Europea y los organismos supranacionales a los que pertenece España, como la OTAN; y, del otro lado, las reivindicaciones territoriales formuladas por el Reino de Marruecos, constantes en sus proclamas anticolonialistas formuladas por la dinastía alauí reinante, y aceptadas entera o parcialmente por los organismos supranacionales  a los que adhiere, como la Liga Árabe, Organización de la Conferencia Islámica, Movimiento de los No Alineados o Grupo de los 77. 

Otros organismos supranacionales en los que están representados los dos países, como la Unión por el Mediterráneo, adoptan una posición de neutralidad pasiva. Incluso la ONU parece mantener una cierta equidistancia. Ambos países han enviado a las Naciones Unidas sendos documentos formulando sus respectivas posiciones, que el organismo internacional ha inscrito en sus registros. 

Vista la historia de ambas ciudades e islotes, y las posiciones jurídico-geográficas que sostienen ambos países, la solución del “diferendo territorial” entre España y Marruecos no es previsible ni a corto ni a medio plazo. Hay argumentos a favor y en contra por ambas partes, que hacen complicado, si no imposible, un entendimiento. 

La segunda manera de acercarse al problema y otear un futuro factible y pragmático es poner en el centro de la cuestión el porvenir de las poblaciones afectadas por el litigio: las propias que habitan ambas ciudades (las islas y peñones están deshabitados), y las adyacentes de la Andalucía española y del norte marroquí en la región del antiguo Protectorado. 

Ambos escenarios no son incompatibles y excluyentes. Es más, se puede continuar o iniciar el diálogo sobre los aspectos jurídicos e históricos relativos a la soberanía, buscando fórmulas de futuro (que ya en el pasado han sido exploradas y debatidas oficiosamente por España y Marruecos, como la cosoberanía, la regencia compartida, la bicefalia del Estado), mientras se lleva adelante un plan de desarrollo compartido, aun por poner a punto. 

La urgencia de buscar soluciones al crecimiento económico y a la problemática social está determinada por la situación en la que se encuentran las 170.000 personas residentes en ambas ciudades, repartidas mitad y mitad entre ambas. 

Es materialmente imposible prever un desarrollo aislado de Ceuta y Melilla en tanto que ciudades españolas fuera del contexto marroquí.  Los planes de apoyo europeos, relativos a las regiones periféricas o ultraperiféricas, que tienen excelente resultado en el archipiélago canario, cuya soberanía española no está en absoluto cuestionada por el reino marroquí, no han resultado en los dos enclaves norteafricanos. Las medidas fiscales y financieras de las que el Estado español ha dotado a ambas ciudades no han sido suficientes. 

Ceuta y Melilla, “como españolas”, no pueden desarrollarse de espaldas a Marruecos. No solo por el entramado social, religioso y cultural que tienen (en cada una de las ciudades hay censados aproximadamente 31.000 musulmanes, cerca de un 37% de su totalidad, todos ellos con derecho a la doble nacionalidad hispano-marroquí), sino por la interdependencia existente en el conjunto de las Administraciones y en las Fuerzas Armadas desplegadas en las dos urbes con más de la cuarta parte de soldados musulmanes de origen marroquí en el Ejército español.  

Viceversa, tampoco Ceuta y Melilla, “como marroquíes”, podrían desarrollarse de espaldas a España, y en particular a Andalucía, Comunidad Autónoma con la que están estrechamente vinculadas y comprometidas. 

En tales circunstancias, se considera urgente la exploración por todos los actores presentes en la cuestión territorial hispano-marroquí, de fórmulas de desarrollo compartido, semejantes, o no, a las propiciadas por Gran Bretaña en Hong Kong y Portugal en Macao, que han derivado en la constitución de Regiones Administrativas Especiales al incorporarse a la soberanía de China. 

Un entendimiento entre Madrid y Rabat, Sevilla y Tetuán/Nador, Ceuta y Melilla beneficiaría a todas las poblaciones vinculadas, y podría comenzar a implementar medidas de codesarrollo compartido.  En espera, para una etapa ulterior, de encontrar fórmulas administrativas adecuadas al estatuto de soberanía. 

Sería un escenario ganador-ganador, siempre que los actores reales, ciudadanos, colectivos, empresarios, funcionarios públicos, docentes y sociedad civil, estén debidamente representados en el diálogo de futuro, y que ambos Estados estén dispuestos a poner los medios financieros necesarios.  

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