Opinión

Los héroes de Oxford

photo_camera La vacuna contra la COVID-19 desarrollada por la Universidad de Oxford, en Reino Unido, será probada en un grupo de 2.000 personas en Brasil

En los seis meses largos que llevamos de difusión mundial del coronavirus, esta es la noticia mejor recibida de los ensayos clínicos para una vacuna que frene la enfermedad. Solo discutirá ese liderazgo informativo el anuncio en el mes de junio de la compañía Moderna, la farmacéutica con sede en Boston, de que su investigación iba para adelante y comenzaba a probar su vacuna en humanos. Pero lo que publica Lancet supera en expectativas incluso a lo logrado por Moderna y su director técnico Juan Andrés, porque pone énfasis en el éxito logrado al actuar sobre la inmunidad de los pacientes testados con su fórmula. Las células T eran su objetivo, y estos linfocitos salen reforzados en las pruebas que la Universidad de Oxford ha realizado en sus ensayos con un millar largo de personas (1.077 en total) para experimentar con la vacuna. 

Siendo profano, la sorpresa que causa la pericia de los científicos es enorme con este proyecto denominado ChAdOx1 nCoV-19. Proviene de la gripe de los chimpancés, lo cual exige un grado de preparación superlativo para interrelacionar especies y sacar conclusiones positivas mezclando enfermedades de unas y otras. Han aislado ese virus del resfriado de los monos, y lo han modificado para que se parezca lo más posible al coronavirus al que todos ya conocemos como el auténtico demonio, con su núcleo y sus prolongaciones como ventosas. Y para hacerlo le han inyectado la proteína con la que el virus actual penetra en las células del cuerpo humano, para que así genere más anticuerpos en el sistema inmunitario. Cuando esos anticuerpos logren adherirse a la superficie del patógeno, desactivarán la enfermedad, y su acción coordinada con linfocitos T es como la de un regimiento de infantería al que, en el momento más decisivo de la batalla, se le une la carga de la brigada de caballería en el cuerpo a cuerpo contra el enemigo. Tan fácil contarlo, y tan difícil conseguirlo...

Como a la profesión médica, los agentes de policía, los soldados de todos los ejércitos, los profesionales en general del servicio a los demás, nunca será suficiente el agradecimiento que la sociedad puede dar a los investigadores que están buscando el antídoto de este mal del siglo XXI. La admiración la personifica el profesor Andrew Pollard, dedicado durante años a la inmunidad pediátrica en la Universidad de Oxford, que ha trabajado con niños de países como Nepal o Bangladesh, y lidera la investigación.

O la profesora Sarah Gilbert, que participa igualmente en esta vacuna y lleva una década haciendo y probando vacunas que generen células T para hacer frente a la malaria y la gripe. La Universidad de Oxford dispone de un organismo como el Oxford University Clinical Research Unit - OUCRU), fundado en 1991 y con sede en Ho Chi Minh City. La experiencia de Oxford en materia investigadora es directamente proporcional a su prestigio. Veintiocho primeros ministros británicos han estudiado entre sus muros y jardines, entre ellos Heath, Wilson, Thatcher, Atlee, Blair, Cameron y Theresa May, además de científicos como Stephen Hawking, escritores como Oscar Wilde, Lewis Carroll o Graham Greene, o estrellas del cine como Hugh Grant.

No solo la comunidad científica merece esa admiración. Los cobayas, ahora mil y más adelante se multiplicarán por diez, en el Reino Unido y en el resto de países donde se desarrollan investigaciones, deben ser considerados igualmente héroes de esta peculiar guerra contra el enemigo invisible. Boris Johnson se ha dado cuenta de la importancia de esta investigación y ha comprometido ya dinero público para su desarrollo y para la compra de cien millones de dosis. Los gobiernos ponen el ojo allá donde hay posibilidades, también en Estados Unidos el presidente Trump ha presumido de las probables vacunas que están en camino.

Esta circunstancia pone de actualidad la cuestión que ya comenzó a debatirse al principio del confinamiento: si debería ser obligatoriamente un bien público la vacuna una vez descubierta y comprobada su eficacia con escasos efectos secundarios. La cooperación internacional se antoja en esto indispensable, aunque pueda ser una quimera esa declaración de bien de interés universal para la fórmula que logre erradicar el virus. Por ejemplo: los niveles de coronavirus por individuo afectado en el Reino Unido se consideran pocos en relación con otros países, por lo que será necesaria la colaboración de otros gobiernos y empresas europeas para lograr el éxito total. Estados Unidos, Sudáfrica y Brasil ya se han sumado a la prueba de Oxford a nivel global porque sólo así la humanidad conseguirá derrotar totalmente a esta amenaza sanitaria. 

Más de veinte vacunas contra la COVID-19 están experimentándose en el mundo, y dos centenares de proyectos más se desarrollan en fases iniciales, aunque con vistas a prolongarse en el tiempo y la inversión. Oxford lleva ventaja, pero muchas de ellas llegarán igualmente a la meta.