El colonialismo verde, una nueva forma de influencia en el continente

Cómo conservar África sin los africanos

photo_camera PHOTO/PIXABAY - África

Las mejoras de las infraestructuras y de la oferta turística posibilitan que el continente africano gane enteros cada año dentro del mercado global. Sin embargo, el fenómeno del ecoturismo hace que afloren formas de explotación que no benefician a las comunidades locales.

Cada año, millones de turistas procedentes de todas las partes del mundo acuden a África ávidos de una naturaleza cada vez más difícil de encontrar en sus lugares de origen. El ecoturismo se ha convertido en uno de los principales motores económicos de varios países africanos, un negocio que aporta millones de euros a las mermadas arcas de los Estados receptores. En el continente, los dos puntos calientes de esta pujante industria llevan tiempo bien definidos: África oriental y austral. Aquí, vastas extensiones de territorio han sido convertidas en reservas de fauna y parques nacionales consagrados a la conservación de la vida salvaje y al ecoturismo de safari. 

Según la Organización Mundial del Turismo (OMT), el ecoturismo es aquella actividad que gira en torno a la naturaleza y en la que la principal motivación de los turistas es la observación y disfrute del entorno natural, así como de las culturas tradicionales que en este puedan encontrarse. Así mismo, debe ser sostenible y velar por minimizar los impactos negativos de la actividad turística sobre el entorno natural y sociocultural.

A priori, el ecoturismo parece una gran idea. ¿Quién no estaría a favor de conservar la maravillosa fauna africana y, de paso, permitir el desarrollo de poblaciones deprimidas? Cierto es que esta actividad ha permitido conservar importantes áreas salvajes del continente, salvando a numerosas especies de la extinción, y ha propiciado el progreso económico de paupérrimas comunidades locales. Sin embargo, no es menos cierto que también tiene algunos flecos oscuros.

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Herencia colonial

Ya desde la época colonial, las potencias europeas conservaron enormes extensiones del continente para el disfrute de los blancos. En ellas, los colonos podían cazar los grandes trofeos africanos y disfrutar de una naturaleza salvaje y virginal que había sido destruida en sus países tras la Revolución Industrial. Tras las independencias, muchos de esos antiguos cotos de caza se convirtieron, bajo los auspicios de oenegés conservacionistas norteamericanas y europeas –y con la complicidad de los corruptos Gobiernos locales–, en parques nacionales ideados por y para los blancos.

La conservación de estos lugares, oficialmente, debe beneficiar a las comunidades locales que viven en sus proximidades. Pero la realidad es que un mal planteamiento en la protección de la biosfera ha supuesto la expulsión para aquellos pueblos indígenas que vivían desde antiguo en el interior de lo que hoy son santuarios de vida salvaje. Lugares que un puñado de blancos decidieron proteger para que los turistas disfruten de la fauna africana de manera similar a como lo hacían los antiguos colonos hace 200 años.

La mayoría de las comunidades indígenas que tradicionalmente poblaban los actuales destinos ecoturísticos han sido expulsadas a la fuerza para poder crear estos espacios. Sustentadas en la premisa de que la conservación de la fauna es incompatible con la actividad humana, las expulsiones se llevaron a cabo obviando la opinión y los derechos indígenas y sin ofrecer compensaciones por los daños ocasionados. 

Para crear y mantener esta visión idealizada del África salvaje que el ecoturismo demanda, resulta imprescindible deshumanizar e impedir la “africanización” de los parques nacionales africanos.

Según la ONG Survival International, este proceso de creación de reservas y parques nacionales, se ha saldado, hasta la fecha, con la expulsión de cerca de 14 millones de personas. De esta manera, los europeos crearon el mito del edén africano, todavía ampliamente empleado por la industria turística. Y es en África oriental y austral donde esta suerte de neocolonialismo verde se hace más patente. 

Batuas y gorilas de montaña 

Cuando en 1991 se constituyeron en Uganda los parques nacionales de Mgahinga y Bwindi para salvar a los amenazados gorilas de montaña, el estilo de vida de los entre 3.000 y 7.000 pigmeos batuas que vivían en el lado ugandés de los montes Virunga llegó a su fin. 

Los gorilas son la principal atracción turística del país. Sin embargo, el éxito en la conservación de esta especie y de sus selvas oculta una flagrante violación de derechos humanos.

Durante la creación de los parques se procedió al desalojo forzado de este pueblo pigmeo. Prácticamente del día a la noche, su hogar pasó a estarles vetado. Desde entonces, el alcohol y el sida campan a sus anchas gracias a la terrible creencia que afirma que si un hombre seropositivo tiene relaciones sexuales con una pigmea quedará libre del virus. Los batuas no han recibido compensación alguna por la expulsión de sus territorios. En la actualidad, malviven en los límites de los parques y en los bordes de las carreteras, donde sus tradicionales mogulus –pequeñas chozas construidas entrelazando ramas y hojas– han sido sustituidas por míseras chabolas. 

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Los bahimas y el lago Mburo

Sin salir de Uganda, a 240 kilómetros al suroeste de la capital, Kampala, se encuentra el parque nacional del lago Mburo. Antes de que fuera cercado por primera vez en 1933 para convertirlo en coto de caza para los blancos, los habitantes de la región, los pastores bahimas, siempre conocieron este territorio, el suyo, como karo karungi (la tierra hermosa). Cuando, en 1983, se creó el actual parque nacional, los bahimas fueron definitivamente expulsados del karo karungi. Dos años después cayó en Kampala el Gobierno que los había expulsado. Entonces, los orgullosos bahimas se alzaron en armas para reclamar su antigua tierra. Obligaron a huir al personal del parque, al tiempo que destruían las infraestructuras y esquilmaban las poblaciones de depredadores que amenazaban a sus veneradas vacas. 

Con la restitución del parque, en 1986, la extensión del área protegida quedó reducida a menos de la mitad de la original. Pese a ello, en la actualidad, muchos de los lugares sagrados de los bahimas permanecen en el interior del perímetro que les está vetado, incluyendo el bosque sagrado –en el sector sur del parque– donde reposan los restos de sus antiguos reyes.

La meca de los safaris

Pero si pensamos en pastores africanos, una palabra nos viene inmediatamente a la cabeza: masái. Cualquiera que haya realizado un safari en Kenia o Tanzania habrá visto a los altos y esbeltos masáis y se habrá llevado la impresión de que este pueblo se beneficia claramente del ecoturismo. Cierto es que algunos regentan lodges y obtienen sustanciosos beneficios de los turistas. Sin embargo, en el siglo XIX, el territorio masái cubría la mayor parte del gran valle del Rift, desde la meseta de Laikipia, en Kenia, hasta el lago Manyara, en el norte de Tanzania. Para el final de la centuria, su territorio había sido partido en dos por la vía férrea del célebre Tren Lunático, construido por los británicos, que conectaba la costa keniana con el lago Victoria. A pesar de su feroz oposición, los belicosos masáis se vieron obligados a abandonar sus fértiles pastos volcánicos. Años después, en la segunda mitad del siglo XX, este pueblo recibió un segundo golpe cuando se crearon una serie de parques nacionales y reservas de fauna en sus territorios.

Hoy, el epicentro de la industria del safari, con varios de los parques nacionales más populares de África oriental, como el Masái Mara, Amboseli, Ngorongoro o el mítico Serengueti, se asientan sobre antiguas tierras masáis.

En 1992, el Gobierno tanzano cedió a una empresa emiratí organizadora de cacerías de lujo, la exclusividad del uso de la tierra de un área del país masái llamada Loliondo, ubicada al norte del país. De nuevo, la concesión se llevó a cabo sin consultar a los habitantes masáis y sin que estos recibieran ningún tipo de contrapartida. En 2009 se produjeron los episodios más violentos cuando los masáis, que seguían aferrados a su hogar, fueron definitivamente expulsados y sus aldeas quedaron reducidas a cenizas.

Aunque son los más conocidos, los masáis no son los únicos que han padecido el colonialismo verde en Kenia y Tanzania. Aproximadamente la mitad de las comunidades indígenas de ambos países han sufrido algún tipo de desahucio de sus tierras en nombre del ecoturismo. Entre las comunidades afectadas se encuentran pokots, turkanas o los cazadores recolectores hadzabes del tanzano lago Eyasi.

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Los bosquimanos del Kalahari

Se estima que hay unos 100.000 bosquimanos o khoisanes repartidos entre Botsuana, Namibia, Angola y Sudáfrica. Existe un amplio consenso entre arqueólogos y antropólogos a la hora de considerarlos los primeros pobladores de África austral.

En el centro de Botsuana se encuentra la reserva de caza del Kalahari central, un lugar creado, en principio, para proteger los territorios donde vivían cerca de 5.000 bosquimanos y los animales de los que dependían.

Por desgracia, a principios de la década de 1980, se descubrieron diamantes en la reserva. Poco después, el Gobierno comunicó a los bosquimanos que debían marcharse para permitir la explotación de las minas. Entre 1997 y 2005, prácticamente todos los bosquimanos fueron expulsados del Kalahari central. Sus poblados fueron desmantelados y su suministro de agua, destruido.

Los bosquimanos tienen en común con los pigmeos batua su condición de cazadores recolectores. También comparten la precaria situación en la que viven desde la expulsión. Como los batuas, los khoisanes han sido reubicados a la fuerza y ahora viven en condiciones miserables en el perímetro de la reserva. Rara vez son capaces de cazar, y cuando lo hacen, son violentamente arrestados. En la actualidad dependen de las escasas ayudas de un Gobierno que aspira a hacerlos desaparecer. 

Aunque los bosquimanos ganaron en 2006 en los tribunales el derecho a regresar a sus tierras, el Gobierno ha hecho todo lo posible para impedirles el retorno a sus antiguos feudos. Las tácticas gubernamentales incluyen cegar con cemento los pozos de los que depende este pueblo.

En paralelo, el Gobierno de Gaborone permitió que una conocida compañía de safaris construyera un nuevo lodge en territorio khoisán. Mientras los bosquimanos luchan por encontrar suficiente agua para sobrevivir en sus tierras, los turistas pueden disfrutar de una copa mientras se bañan en la piscina que preside el lujoso alojamiento.

Por si fuera poco, el Ejecutivo bostsuano les restringió el acceso y negó la autorización para cazar en esas tierras alegando que los cazadores khoisanes acabarían con la fauna que atrae a los turistas. 

El turismo es un importantísimo negocio en Botsuana [según datos del Banco Mundial, en 2018, 1,8 millones de turistas visitaron el país]. Sus principales atractivos son el delta del Okavango y el propio Kalahari. No deja de resultar indignante que el Ministerio de Turismo y Vida Salvaje de Botsuana utilice imágenes de cazadores bosquimanos para promocionar el turismo en el país. De forma descarada se invita a los turistas a convivir con los khoisanes, acompañarlos en fingidas partidas de caza y -verlos realizar sus trances chamánicos. Todo esto, al tiempo que se intenta destruir su ancestral modo de vida.

En Namibia, como en todo el Kalahari, algunos bosquimanos han sido arrancados hasta tal grado de su cultura que han olvidado sus habilidades en el rastreo de la fauna. Ahora dependen de antropólogos externos y especialistas blancos en rastreo para recuperar estos saberes que antaño definieron a su pueblo. Sin sus antiguos cazaderos, su cultura está condenada a desaparecer.

Como habitantes originarios de sus zonas, profundos conocedores de los ecosistemas que habitan, y sujetos a la Declaración Universal de los Derechos Humanos, los pueblos indígenas deben ser considerados actores fundamentales y prioritarios de la industria ecoturística. 

Si queremos conservar la biodiversidad, el método más barato y efectivo es conservar la etnosfera. Ello pasa por dar voz y voto a los diferentes pueblos indígenas. Al fin y al cabo, el 80% de los puntos calientes de biodiversidad del planeta se encuentran en territorio indígena. Sería deseable que las organizaciones conservacionistas occidentales aplicaran en África la misma política que propugnan en Europa: la -coevolución entre las áreas salvajes y la población humana nativa.

La industria turística crece en el mundo, y África no es la excepción. Si se aspira a un modelo sostenible, los pueblos indígenas son claves en la ecuación. Se debe exigir a la industria que respete sus derechos y los haga partícipes activos de sus beneficios. Todo, para que sean ellos –y solo ellos– los dueños de sus destinos.   

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