Misioneros en África: un altruismo enciclopédico a prueba de riesgos

María Rodríguez/EFE

Desde que ponen un pie en África, los misioneros y misioneras se funden con el ecosistema, preguntan, estudian, observan y se sumergen en la realidad de las poblaciones para acabar convirtiéndose en enciclopedias andantes de este continente que, a veces, también implica riesgos para su seguridad.

Estos miles de samaritanos desplegados en países africanos tienen esa peculiaridad. Aprenden las lenguas locales y se distribuyen a lo largo y ancho de los países, a veces en lugares donde no todo el mundo llega, para intentar llegar a todo el mundo.

Su misión es evangelizar, pero en África el concepto occidental de evangelización se queda corto. "Evangelizar para nosotros sería lo que dice Jesús en el capítulo 10.10 de (el evangelio de) San Juan: 'Yo he venido para que tengan vida y para que la tengan en abundancia'", dice a Efe por teléfono el misionero español y comboniano Jesús Ruiz, obispo auxiliar de la diócesis de Bangassou, en el sureste de la República Centroafricana (RCA), aludiendo a la necesidad de tratar cuestiones como la sanidad, la educación, la justicia y la paz. Por eso, las actividades de los misioneros van desde dirigir una escuela, gestionar un hospital y dar cursos de costura a cualquier otra tarea que permita a las poblaciones más empobrecidas vivir con mayor dignidad.

Rutina es una palabra que no casa con la vida de un misionero en África. "El día a día de un misionero en Chad tiene poco de cotidiano", asegura a Efe vía telefónica el también español y comboniano Ismael Piñón, un sacerdote que conoce bien ese país desde 1996 y en el que ha vivido 13 años en dos etapas diferentes. "Desde que te levantas hasta que te acuestas, hay un sinfín de cosas que te vienen encima. Muchas son, es cierto, actividades cotidianas, pero la norma es que cada día te encuentres con algo que no te esperabas", cuenta Piñón.

Puede ser un enfermo grave que pide los sacramentos, un niño que murió de malaria, un problema en la escuela porque se ha roto la bomba de agua, una reunión que se ha tenido que suspender porque llueve a cántaros o un pinchazo en la rueda del coche. "Para serte sincero, cuando me levanto por las mañanas mi primer pensamiento es 'a ver que me tiene preparado Dios para hoy'", admite este misionero, que se despierta a las cuatro y media de la mañana para dar misa una hora después y actualmente está inmerso en un proyecto de escuela que ha echado a andar en Sarh (sur de Chad).

Los imprevistos están a la orden del día. "Programas una cosa y luego tienes que hacer otra", explica Ruiz. Al final, matiza, "la agenda la marca el ritmo de la vida africana, que es muy movido, y en República Centroafricana (RCA), que llevamos siete años en una guerra que no acaba, está marcada por las circunstancias". Piñón recuerda, que cuando estuvo en Chad en la década de los años 90, "los rebeldes andaban un poco por todas partes y, durante un viaje que hacía de Doba a Moundou, un grupo de militares, metralleta en mano, me obligó a transportarlos durante unos 10 kilómetros a la búsqueda de rebeldes". "Gracias a Dios -prosigue- no apareció ninguno y me dejaron marchar. No quiero pensar lo que hubiera pasado si nos topamos con ellos y empiezan la refriega a tiros conmigo como chófer".

Riesgos que pueden costar la vida

En lo que va de 2019, perdieron la vida asesinados en África tres misioneros españoles. Antonio César Fernández (72 años), tras recibir tres disparos en un ataque yihadista a una aduana en Burkina Faso; Inés Nieves (77 años), en el oeste de República Centroafricana; y Fernando Fernández (59 años), en Bobo-Dioulaso, en el suroeste de Burkina Faso, a manos de un antiguo cocinero que habría actuado en venganza.

"A la hermana Inés le ocurrió eso por estar donde estaba: una zona preciosa, pero abandonada. Era un blanco, nunca mejor dicho, muy fácil para los que quieran hacer daño, porque era una mujer mayor y sólo vivía con unas chicas a las que daba cursos de costura, higiene y alfabetización", cuenta a Efe el obispo auxiliar de Bangassou. A la monja española Victoria Braquehais, misionera desde 2009 en la región de Kanzenze, al sur de la República Democrática del Congo (RDC), le sorprendió que todas estas muertes ocurrieran en tan poco tiempo y por causas tan distintas. Pero esta hermana de la congregación Religiosas Pureza de María subraya a Efe en conversación telefónica que "también ha habido otras muertes y otros asesinatos que, como no han sido de españoles o extranjeros, han pasado desapercibidos".

Sin ir más lejos, el pasado 19 de mayo, el religioso congoleño Landry Ibil Ikwel (34 años) fue asesinado en Beira, la segunda ciudad más poblada de Mozambique, envenenado por cinco jóvenes de los que se desconoce su identidad y motivaciones. "No creo que sea un peligro ser sacerdote en África", dice a Efe por teléfono el congoleño Jean Bosco Elumba Nyindu, superior provincial de la Congregación de los Sagrados Corazones en RDC. Tanto este sacerdote como la hermana Victoria señalan que cuando reciben ataques o amenazadas en RDC es cuando hay tensiones políticas, debido a la posición que ha tomado la Iglesia a favor de la democracia ante el ya expresidente Joseph Kabila, que tras terminar su mandato en 2016 no dejó el poder hasta enero pasado. Sin embargo, indica Elumba, "la mayor parte de las agresiones está ligada al dinero porque se piensa que hasta hoy la Iglesia tiene mucho y ser sacerdote es como ser un noble". "En caso de pudiéramos sufrir una agresión, no creo que fuera por nuestra identidad de religiosos sino porque al estar en congregaciones internacionales, por ser blancos o porque llevamos el hábito, intuyen los bandidos que hay más dinero", reflexiona la monja. Esta misionera asegura que su día a día es muy tranquilo y que, "si le diera un tinte de heroicidad estaría mintiendo", aunque sí que percibe a diario la dificultad de ser mujer en RDC, "porque se la considera menos, porque siempre tienes que estar luchando por tus derechos". "Es más -apostilla-, en ese sentido creo que nosotras como religiosas aportamos algo muy bonito al pueblo: la dignificación del valor de la mujer".

No obstante, añade la hermana, "lo que la gente no puede deducir es que lo que pasa en un país de África pasa en toda África". Mientras hay países donde reina la paz, otros están marcados por el conflicto, como el este de RDC, la RCA o Sudán del Sur; y en algunas naciones del Sahel, la situación de seguridad se ha ido recrudeciendo en los últimos años.

2019 ha sido el año en el que, por primera vez, se ha atentado contra iglesias en Burkina Faso, donde se han perpetrado tres ataques de ese tipo, además de otro cometido contra una procesión mariana, en un país donde los ataques yihadistas comenzaron en 2015. En febrero de 2017 en Mali, cerca de la frontera con Burkina Faso, fue secuestrada la religiosa colombiana Gloria Cecilia Narváez; y en septiembre de 2018 se secuestró en Níger, cerca de la frontera con Burkina Faso, al sacerdote italiano Pierluigi Maccali, ambos aún en manos de los yihadistas.

El salesiano Hernán Cordero es un misionero ecuatoriano residente en Mali, pero que vivió en Burkina Faso, donde ocupó el puesto del sacerdote asesinado en Bobo-Dioulaso. Para él, según relata a Efe por teléfono, hay riesgo en los países de su zona "porque estos grupos terroristas raptan para pedir luego recompensas, pero también para ganar prensa y visibilidad", aunque, de momento, impera la calma en su zona y, de hecho, sale a tomar una cerveza o a pasear con amigos sin problemas.

El exmisionero español Chema Caballero, que vivió en Sierra Leona durante la guerra que tuvo lugar entre 1991 y 2002, cree que "posiblemente en aquellos tiempos el ser blanco era casi un salvoconducto". No en vano, la primera vez que le apuntaron con un rifle, le dejaron ir por ser blanco. Hoy en día, ya no es así, según dijo por teléfono.

Ante el peligro, ellos se quedan cuando otros se van

Los misioneros tienen otra peculiaridad. En multitud de ocasiones, mientras las ONG evacúan a su personal en situaciones de peligro, ellos se quedan. "Todos estamos haciendo un buen trabajo, pero, cuando la cosa se calienta, aquí los únicos que nos hemos quedado hemos sido los misioneros. Nosotros no podemos abandonar a la gente que está pasando calamidades", explica Ruiz, al añadir que en la catedral de Bangassou viven 2.000 musulmanes refugiados y que las únicas escuelas que funcionan en RCA son las gestionadas por misioneros.

El comboniano español Isaac Martín (83 años) siempre lo tuvo claro. Quería que su destino de misión fuera Sudán y allí llegó en 1971, donde vivió primero en el norte árabe, y luego en el sur negro que en 2011 obtuvo la independencia constituyéndose como Sudán del Sur, país que sufre una guerra civil desde diciembre de 2013. En 2017, Martín se fue de Sudán del Sur siguiendo a quienes huían de los ataques hacia Uganda, donde sobreviven más de 1,2 millones de refugiados, el 65% sursudaneses, según datos de la Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR). Actualmente se halla en Uganda, trabajando en los campos de refugiados. "Yo no pensaba venir a Uganda -admite vía telefónica-, pero tienes que seguirles. Para nosotros fue una nueva situación, pero, como siempre decimos, el pastor va con las ovejas".

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