Los efectos del terrorismo

F. Javier Blasco. Coronel en la Reserva

A finales de diciembre del año pasado publiqué un trabajo al que titulé “El poder del terrorismo” [1] en el que mencionaba los logros alcanzados por dicho fenómeno en la arena internacional. Partía de que el objetivo final de la mayoría de los movimientos terroristas es sembrar el caos, el miedo y, en definitiva, el terror entre la sociedad a la que ataca. Posteriormente, desgranaba algunos de los efectos que se han venido produciendo como consecuencia del poder creciente que dichas fuerzas van teniendo y afianzando por la atrocidad de sus actos, la facilidad con la que los perpetran y la sensación de inseguridad que han conseguido sembrar en todos los ciudadanos, principalmente, entre los occidentales.

Es precisamente gracias a esa finalidad lograda y a la sensación de poder derivada de sus actos por lo que ahora, más que nunca, se disponen a recoger sus frutos en la forma de efectos derivados o consecuencias. Hoy, ya nadie se atreve a negar que lo dicho anteriormente es solo fruto de una imaginación desmesurada de alguien que es un derrotista y que confía poco o nada en la capacidad de la Comunidad Internacional para hacer frente a una lacra cada vez más extendida en todo el globo terráqueo.

Remarcaba que el terrorismo es un fenómeno viejo, que ha existido, participado e influido enormemente -bajo diversas apariencias, raíces y coberturas- en la mayoría de las catástrofes provocadas por la mano del hombre, propiciado guerras mundiales y alentado movimientos de todo tipo que han sido la causa de multitud de víctimas inocentes, la caída de gobiernos y llevado a la ruina a pueblos enteros.

Es precisamente en este punto en el que ahora volvemos a encontrarnos y esta vez lo estamos bajo la egida de un terrorismo de nuevo cuño, el terrorismo yihadista. Acaba de cumplirse el tercer aniversario de la autoproclamación del denominado Estado Islámico (ISIS por sus siglas en inglés). Un movimiento al que pocos auguraban un futuro propicio y que como rama o escisión de Al Qaeda se refugiaría allá en tierras lejanas y sería uno más de los inhumanos e incomprensibles movimientos que, si bien sea capaz de provocar atentados de cierta o mucha importancia, solo trascendería hasta nuestros corazones y hogares en poca medida y de forma esporádica. Como algo lejano y que verdaderamente nos afecta poco en nuestra vida cotidiana. Que sería combatido militarmente donde intentara implantarse y que tarde o temprano, acabaría sucumbiendo al poder de las armas internacionales a nada que pusiéramos algo de empeño en lograrlo.

Nos equivocamos de medio a medio –cosa que, para nuestra desgracia, viene siendo bastante habitual- No solo no hemos logrado derrotarles militarmente en sus lugares de instauración por mucho que nos animemos en proclamar éxitos sobre el terreno tanto en Siria como en Iraq, sino que este movimiento y sus consecuencias se ha instalado en nuestras casas, en nuestra sociedad y nos tiene totalmente atenazados.

Hemos vuelto a valorar en muy poco sus capacidades, poderes y los efectos derivados de sus acciones y logros; hemos olvidado de que en la historia reciente han sido capaces de provocar grandes desastres (el 11 S en EEUU); confrontaciones bélicas de mucha importancia (la guerra en Afganistán); derribar gobiernos dados por afianzados (España 2004); provocar o alimentar las llamadas Primaveras Árabes con la consiguiente caída de muchos de los líderes establecidos en dichos países; llevar a la guerra y a la destrucción total de países como Iraq y Siria (2014); provocar graves y millonarios movimientos migratorios como consecuencia de sus acciones; sembrar de persecuciones y masacres muchos países de Oriente Medio y África; extender sus tentáculos y acciones a Asia y tener a Occidente asustado y escondido bajo la mesa o la cama en todo el espectro de lo que esto significa.  

Fueron o son grandes figuras políticas internacionales las que han caído o caerán como consecuencia de sus efectos o por la mala o insuficiente aplicación de las medidas para prevenirlo, analizarlo y acometerlo y, además, han sido capaces de cambiar nuestros modos y formas de vida de forma tan drástica, que ahora, solo algunos recalcitrantes o poco sensatos protestan porque la inmensa mayoría de los gobiernos e incluso de la sociedad está dispuesta a perder lo que se conoce como “libertades” como contrapeso a ganar o mantener su “seguridad”.

Hay líderes actuales que se han comprometido firmemente en acabar con esta lacra (i.e. Donald Trump) y no saben lo que dicha promesa supone para ellos y su futuro político si a medida que transcurre el tiempo, no logran resultados fehacientes y palpables para satisfacer a su electorado en este sentido. Han provocado, en gran parte, el éxito del Brexit e incluso, se les ha intentado utilizar como moneda de trueque para favorecer dicho paso con suavidad. Que grave error cometió la todavía Primera Ministra británica al amenazar a la UE con cortar la cooperación y los flujos de información en dicho aspecto, si no se les permitía una salida sin problemas ni consecuencias. Ahora el Reino Unido, se encuentra sometido a la peor de las rachas de actos terroristas y además, se muestra incapaz de solventar la amenaza ni en aclarar ni siquiera cuantas y cuáles son las víctimas de su último atentado y puede, que incluso, no sepan o quieran decir quienes, verdaderamente, las han provocado.

Ya no se asiste con calma a ningún tipo de evento masivo por muy lúdico, social, oficial o privado que este sea. Deberemos acostumbrarnos a los sucesivos cinturones de seguridad para acudir a cualquier acto masivo y a sentarnos con miedo al que lo hace a nuestro lado, si este no es conocido. El pánico forma ya parte de nuestro ADN y cualquier pequeña sospecha, grito, ruido anormal o movimiento inesperado puede provocar estampidas masivas de personas que causan miles de heridos e incluso muertos sin que nadie, al final, sepa que es lo que había sucedido para provocar tamaña reacción. Fue simplemente por el miedo personal que, en instantes, se transformó en colectivo. Ya pocos se apuntan inconscientemente o son muchos lo que se lo piensan, y bastante, antes de asistir a un concierto de música, un evento deportivo, dar un paseo a la orilla del mar, un lugar de recreo o en un mercadillo de navidad o incluso a una recepción con el Papa o una simple misa.

Esto es lo que los terroristas venían y vienen buscando; su regocijo es tremendo -por no decir total- al comprobar, que con muy pocos medios e incluso, sin su participación directa, “los infieles” sentimos el terror en nuestras venas y este está provocado por ellos. Es su principal propaganda y es lo que llena sus graneros de adeptos entre los que, inconformes con sus grises vidas y apartados por la sociedad allá donde se criaron, se sienten importantes por ser capaces de someter y aterrar a aquellos que tanto y tantas veces les han humillado y/o despreciado. Han comprobado y demostrado que ya no hace falta una gran, costosa y arriesgada planificación; ahora basta un simple cuchillo, un vehículo e incluso que es suficiente con rodearse el cuerpo con unas latas de cerveza vacías y gritar ¡Alá es Grande!

Frente a esta progresiva y patente simplificación, nosotros, los sufridores hemos venido ampliando nuestras medidas, medios y fondos para tratar de combatirlos en todos los vectores; aunque, de momento con poco o nada palpables buenos resultados. Algunos, ya sin saber que más hacer, han caído hasta en la tentación de emplear e implicar a sus fuerzas armadas llenado las calles, estamentos y monumentos de soldados fuertemente armados. Que error tan grave este.

Sí, he dicho error y lo justifico ahora mismo. Porque esta demostración aparente de fuerza no es más que la prueba manifiesta de que además de aceptar que estamos en guerra con ellos, nos tienen aterrados, que van ganando y somos incapaces de vigilar y proporcionar la seguridad ciudadana con los medios que, normalmente deberían proporcionarla. Que, dichos medios son pocos, insuficientes o mal preparados y necesitan el concurso de los soldados para, al menos, calmar a los aterrados contribuyentes. Las fuerzas armadas sirven y están preparadas para otro tipo de misiones; por lo general, no lo están para proporcionar seguridad o combatir en ambientes en los que la inmensa mayoría de los que les rodean no les son hostiles. Además, precisan de unas claras y estrictas reglas de enfrentamiento, porque su capacidad de reacción y prontitud para el fuego y el combate es muy superior que la de unos cuerpos y fuerzas de seguridad entrenados específicamente para mantener la calma y manejarse en terrenos mucho más resbaladizos y menos claros. Para ser empleados en estos menesteres sería preciso un cierto tiempo y aprendizaje, al igual que se hizo cuando se pensó en transformarlos, parcialmente, en Unidades de Emergencias. Su eficacia en esto no se logró de la noche a la mañana.

Por otro lado, la implicación de miles de soldados en tareas que, ya vemos no les son propias, influye en su grado de instrucción y en la disposición para poder ser desplegados donde verdaderamente deben emplearse. Es ciertamente una medida muy arriesgada con muchos más contras que pros y pienso que hacen bien aquellos gobiernos que no la aplican o que habiendo caído en la tentación de hacerlo, lo han suprimido en un corto espacio de tiempo. Su entrada en escena puede alegrar la vista de muchos y dar una cierta sensación de seguridad, pero la verdad es que aportan poco valor añadido a la acción en la auténtica lucha contra el terrorismo, salvo que lo que se use de estas sea su gran capacidad de inteligencia y las posibilidades de sus potentes medios y medidas de captación de señales y guerra cibernética o electrónica. 

Actualmente, el terrorismo yihadista se ha envalentonado tanto que se atreve con todo; al ser conscientes de sus éxitos palpables, no tienen reparos en implicarse en países poco democráticos y donde no se andan con miramientos a la hora de tomar medidas contra los que osan oponerse a su régimen establecido; hoy mismo ha saltado la noticia de que han intervenido en los órganos de gobierno de Irán. Sus masivas masacres con coches bomba u otros artefactos de dicho tipo son cada vez mayores en Iraq, Afganistán y otros lugares donde se establecen y expanden a la velocidad del rayo.

Puede que incluso, se torne en un arma tipo boomerang y que allí donde sirvió para producir un efecto; la mala gestión o incompetencia para combatirlo, sea lo que provoque la caída de los que se aferraron a sus efectos para realizar cierto tipo de movimientos. Me refiero claro está al Reino Unido, donde proclamaron que sería el Brexit lo que les proporcionaría un mayor grado de cobertura al prohibir la entrada de refugiados y extraños en sus tierras y, ahora, tras el último atentado, es precisamente su mala gestión tras los atentados, el hacer caso omiso a la información fruto de la cooperación internacional y la escasez de recursos empleados en la lucha contra el terrorismo, lo que pueda dar al traste con aquellos que proclamaban el aislacionismo como la panacea contra dicha lacra. Ya veremos mañana que dicen las urnas cuando se recojan los votos de unos ciudadanos cansados de ser mentidos constantemente.

El terrorismo va alcanzando otros niveles de consecuencias; recientemente hemos conocido que, como resultado de ciertos apoyos a estos movimientos, fuertes alianzas entre vecinos y hermanos de religión se rompen de forma súbita y con muy probables graves consecuencias. Qatar es la primera víctima -aunque no inocente- en este sentido, pero mucho me temo, que no será la última.

Trump, Erdogan o Putin y ciertos países del Golfo juegan a esta baza con mucho desparpajo y no cesan de acusar a unos y otros de estar tras las coberturas y apoyos a estos movimientos sin que de verdad quede bien claro hasta qué punto, ellos mismos son la clave y parte en el mismo. Alentar y apoyar de forma indiscriminada a aquellos que tiene un origen y destino bastante obscuro, nunca ha propiciado a la larga buenos resultados; más bien al contrario. 

Estamos desorientados, sufrimos sus consecuencias y no somos capaces de encontrar una salida a un problema, que lejos de irse diluyendo, toma cada vez más volumen, intensidad y del que ya nadie piensa que pueda resolverse en el horizonte cercano. Hasta el Papa ha tenido que intervenir en varias ocasiones para llamar la atención al mundo y a sus dirigentes sobre el tema y sus consecuencias. Hay países que, habiendo vivido del turismo en gran medida, están perdiendo dicho canal de ingresos por ser los principales o fáciles sufridores de golpes terroristas.

Desde luego que un tema de tal consideración y calado no puede resolverse con grandes y elocuentes declaraciones en organismos por separado como la Iglesia, la ONU, la OTAN o la UE ni por parte de los más importantes líderes mundiales. Los frentes para batirlos son varios y debemos implicarnos con fuerza en todos ellos. Debemos dejar de tener tanto miramiento con las férreas oposiciones a las leyes que tratan de combatirlo; dar muchas más atribuciones a las fuerzas y cuerpos de seguridad de los estados; exigir a los jueces la total aplicación de las leyes específicas al tema; evitar por todos los medios que en los hasta hace poco considerados guetos sigan viviendo y aplicando las leyes que a ellos les interesan y no las del país de ubicación; mantener un mayor control sobre los lugares de reunión y oración de ciertas religiones tendentes a acoger dichos movimientos; realizar un verdadero esfuerzo en la cooperación internacional y la aplicación de la información obtenida por estos canales; cambiar la legislación que impide el control de las redes sociales, exigiendo, además, mucho más rigor a los que se enriquecen con el manejo de ellas; invertir mucho más en medios y medidas de seguridad; implicarse de verdad, no de palabra, en la lucha en los terrenos de entrenamiento y combate del yihadismo; controlar mucho mejor los movimientos de personas entrando y saliendo de ellos; reducir las desigualdades sociales en nuestros países, prestando mucho más atención a los conocidos caladeros de desesperados; combatir con todos los medios sus oscuras vías de financiación; implicar realmente a los medios de comunicación en esta lucha para que bajen el tono e intensidad en el bombo y platillo que estos proporcionan a los actos terroristas y, en buscar el acercamiento sincero entre las verdaderas religiones.

Hay mucha tarea por delante y debemos entender de una vez por todas, que en ella todos los niveles políticos y sociales deben estar implicados. Mientras no nos pongamos a la tarea todos a la vez y cada uno en su parcela, pero de forma coordinada y sincera, no lograremos nada.  A pesar de muchas advertencias, declaraciones de intenciones y promesas, casi todas ellas huecas, vemos que seguimos perdiendo la batalla. Una convención mundial para la lucha contra el terrorismo en todos los frentes es más que necesaria. No sé a qué espera la ONU para tomar las riendas en este concepto. Puede que este sea el motor que reactive su importancia y trascendencia, sobre todo, si los países dejan de mirarse al ombligo y siguan pensando que en su propio aislacionismo está la solución.

Por último, y no por ello menos importante, rogaría que bajemos el tono a las autocomplacencias; no hay nada peor que proclamar a todos los vientos nuestra capacidad para protegernos y lo bien que lo estamos haciendo. Esto, claramente, supone un reto y no hay nada peor que retar a unos alocados; supone un verdadero acicate, ya que cualquier logro en dichos paraderos, se transformaría en un éxito importante para aquellos.  

[1] https://sites.google.com/site/articulosfjavierblasco/el-poder-del-terrorismo

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