La polarización de la vida política italiana

REUTERS/GUGLIELMO MANGIAPANE - La primera ministra de Italia, Giorgia Meloni

Cuando ya han transcurrido siete meses desde la constitución del Gobierno Meloni (“in carica” desde el pasado 22 de octubre), se constata una clara polarización de la vida política transalpina. Una vida que, entre 1996 y 2018, se movió en el eje centroderecha-centroizquierda, para, a partir de 2018, con la irrupción del Movimiento Cinco Estrellas, entrar, en lo que muy acertadamente señaló en diversos artículos el politólogo Jorge Del Palacio, en una competición “tripolar” donde los tres polos eran la centroderecha, la centroizquierda y el partido transversal (ideológicamente hablando) que representaba Cinco Estrellas.

Una vez las elecciones “políticas” del pasado mes de septiembre dejaron claro que Cinco Estrellas ya había salido de esa competición (recibiendo la mitad de los votos que en marzo de 2018 y caminando hacia un claro declive que se ha podido percibir tanto en las elecciones al gobierno de las regiones de Lazio y Lombardia, así como en la primera vuelta de las administrativas de este año), la vida política parecía haber retornado al tradicional eje centroderecha-centroizquierda. Pero más bien ha sido todo lo contrario. Por un lado, el centroderecha tiene muy poco de “centro” y bastante más “derecha” (entre Meloni y Salvini, ambos de derechas, sumaron el pasado mes de septiembre el 35% de los votos, frente al 8.1% del auténtico centroderecha que representa Forza Italia); por otra parte, el partido concebido para aglutinar todo el centroizquierda (que no es otro que el Partido Democrático (PD), nacido el 14 de octubre de 2007), se ha escorado muy claramente hacia la izquierda tras hacerse con el liderazgo de la misma la joven parlamentaria Ely Schlein. Prueba de ello es que el llamado elemento “reformista” del PD (esto es, el formado por parlamentarios de centroizquierda) se está marchando hacia otras formaciones (como Marcucci, durante años portavoz en el Senado) o dejando la política (caso de Cottarelli, tiempo antes Economista-jefe del Fondo Monetario Internacional (FMI)).

Así que la vida política transalpina se mueve en torno a un nuevo eje, que es, lisa y llanamente, derecha-izquierda. Lo que deja un amplio espacio (centroderecha, centroizquierda y centro “a secas”) por ocupar: ahora sí que existe realmente un “terzo polo”, donde en este momento se mueven formaciones básicamente europeístas como Azione, Italia Viva y Piu Europa. El problema de ellos no es encontrar un electorado creciente, sino en la ausencia de un nuevo liderazgo que ponga nombre concreto a ese espacio político que ha quedado libre. Porque parece evidente que, al menos a ojos de los votantes, los actuales líderes no sirven. En el caso de Azione, su líder, el romano Calenda, se ha ganado una merecida fama de político “bronco”, que es precisamente lo que menos necesita tanto votante hastiado de este tipo de políticos. Mientras, al frente de Italia Viva está un Matteo Renzi que, sabedor de que no es capaz de revertir las encuestas de intención de voto, ha puesto su vista en las elecciones al Parlamento europeo de mayo de 2024 y ahora prefiere centrar su tiempo en dirigir el periódico “Il Riformista”. Finalmente, Piu Europa se quedó sin su líder (Emma Bonino) tras no lograr revalidar escaño en septiembre pasado, y sus colaboradores andan buscando un lugar donde reagruparse.

En relación con ello, lo que se constata es la ausencia de un auténtico relevo generacional: entre 2011 y 2013 aparecieron tres políticos diferentes (Salvini, de 1973; Renzi, de 1975; y Meloni, de 1977) que, o han logrado hacerse con la presidencia del Consejo de ministros (Renzi en 2014 y Meloni en 2022), o han repetido como vicepresidentes de ese mismo Consejo de Ministros (Salvini en 2018 y en 2022).

Pero detrás de ello ha venido una generación “fallida”, como también la fue la de los nacidos en los sesenta. Schlein pertenece a ésta (nació en 1985), pero no parece que vaya a tener importantes logros en un partido célebre por triturar a líderes sin llegar a cumplir un quinquenio al frente del partido (los que más duraron fueron Bersani entre 2009 y 2013, y Renzi entre 2013 y 2016 y 2017-18). En el caso de Cinco Estrellas, su líder entre 2018 y 2020, Luigi Di Maio, no consiguió siquiera revalidar escaño, aunque ha encontrado acomodo en la diplomacia comunitaria (sonrojando, por cierto, a más de uno, dado sus enormes lagunas de conocimiento que comienzan por la Geografía más elemental). Salvini está más cuestionado que nunca en su partido (la Lega), pero sigue sin aparecer su sustituto. Y Alessandro Di Battista, que tenía futuro como líder de los “pentastellinos”, paga el hecho de quedarse por segunda legislatura consecutiva sin escaño parlamentario: ha fundado un nuevo partido, pero le va a tocar esperar tiempo hasta poder dejarse ver de nuevo en la cámara alta o en la baja.

Esta polarización de la vida política italiana de momento apenas tiene los perversos efectos que tuvo entre 2018 y 2019, cuando se juntaron la Lega de Salvini y el Movimiento Cinco Estrellas de Di Maio en una coalición de gobierno que no hizo más que estar en guerra abierta y permanente con las autoridades comunitarias. La renegociación de las condiciones del Pacto de Estabilidad y Crecimiento, que se volverá a aplicar en los Presupuestos Generales del Estado (PGE) de cada estado miembro de la Unión Europea en el año 2024 ha dado la posibilidad de evitar una vuelta a la “austeridad” en el gasto público, pero será inevitable reducir el gasto de cada Estado ante el tremendo endeudamiento que tienen algunos (básicamente, los de la Europa meridional). En relación con ello, la romana Meloni se ha vuelto más “europeísta” que nunca, y ha renunciado a medidas radicales como, por ejemplo, la agresiva política de puertos completamente cerrados a la inmigración irregular que sí puso en marcha su ahora VicePrimer ministro Matteo Salvini entre 2018 y 2019. Mientras, Schlein sabe que debe ser cuidadosa con el “giro a sinistra” que encabeza, porque, de escorarse excesivamente a la izquierda, podría quedarse fuera de la familia socialista europea, que es la segunda más importante dentro del arco parlamentario de la Unión Europea.

Una vez transcurran estas elecciones administrativas (que dan la impresión de estar básicamente en el “empate” con ligera ventaja a favor de Meloni), habrá que ver qué sucede con ese “terzo polo”, porque, al menos de momento, la guerra permanente entre Renzi y Calenda (que lleve a que no hagan más que quitarse parlamentarios el uno al otro) no cesa, y no aparece una figura de peso que dé impulso a un espacio político que, en principio, se alinearía con el Presidente francés Macron (más fortalecido que nunca tras lograr sacar adelante la reforma del sistema de pensiones) en lo que se conoce como “Renew Europe”. En todo caso, la Unión Europea ha aprendido de sus errores y ahora partidos como Alternativa por Alemania, Frente Nacional o Partido Popular Danés se han quedado virtualmente estancados. Incluso Nigel Farage, líder del UKIP que estuvo detrás de la inesperada salida del Reino Unido de la construcción europea, se encuentran en sus horas más bajas por el perjuicio que han causado a su país, tan aislado como los estuvo en los años sesenta del siglo pasado y con una durísima recesión que ha llevado a la caída de varios “premiers” en el espacio de menos de un año.

Y, mientras, la primera ministra Meloni intentando retomar el tantas veces fracasado tema de la elección del Presidente del Consejo de Ministros, que se quiere que sea al estilo francés: con mandato de cinco años y elegido por el sistema de doble vuelta (igual, por cierto, que el “ballottagio” que se utiliza para las elecciones locales en la tercera economía de la eurozona). De momento, su propuesta ha sido bien acogida, pero solo se está al inicio, y está por ver si esta vez será la definitiva. Más fácil sería para la política romana hacer una nueva ley electoral y llevar el “sbarramento” o umbral de votos para entrar en el Parlamento del actual 3% al 5%, que es, por ejemplo, lo que sucede en la política nacional alemana. En todo caso, está sorprendiendo la postura tan templada como dialogante de esta aun joven política, que hace todo lo posible por ensanchar la “maggioranza” a pesar de que la oposición se encuentra en cifras irrisorias y no puede plantarle cara.

Veremos, en todo caso, si a lo largo de los meses venideros ese amplio espacio de centroderecha-centroizquierda-centro logra concretarse en un nuevo “artefacto” político, siguiendo, por ejemplo, el modelo que la exministra Carfagna llamó “federación de partidos”. La realidad es que tanto Meloni como, sobre todo, Schlein, se lo están poniendo fácil a quienes estén detrás de esta parte del espacio político, porque una, al tiempo que no es ni “neofascista” ni “postfacista” (y, menos aún, “ultraderechista”, como algunos se empeñan en llamarla), sí es claramente “derecha” y no “centroderecha”; y la otra (Schlein), ni es “comunista de nuevo cuño” ni tampoco socialista (y menos aún socialdemócrata), pero sí se mueve en una nítida izquierda que ahora tiene más inquietudes medioambientales y menos preocupación por los derechos y libertades ya logrados en generaciones anteriores. La cuestión es: ¿no espera un auténtico “terzo polo” en meses venideros? El desenlace, en menos de un año.

Pablo Martín de Santa Olalla Saludes es Profesor en la Universidad Camilo José Cela (UCJC) y autor del libro Historia de la Italia republicana (Madrid, Sílex Ediciones, 2021).

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