Naciones y capital: el eslabón perdido de la expansión mundial

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La mayoría de los teóricos del nacionalismo afirman que el nacionalismo es un fenómeno moderno. Sin embargo, suelen pasar por alto que el fenómeno al que se refieren vagamente como Modernidad está absolutamente determinado y definido por un sistema socioeconómico muy compacto y estructurado con precisión, el del capitalismo. Por ello, el capitalismo en su conjunto -y no sus aspectos particulares, como el "industrialismo" de Gellner, el "capitalismo impreso" de Anderson, el "desarrollo desigual" de Nairn, el "colonialismo interno" de Hechter, la "militarización de masas" de Tilly o la "occidentalización" de Conversi- surge inevitablemente como el marco más adecuado para el análisis del nacionalismo como fenómeno histórico, al ofrecer las razones de su surgimiento y de su existencia continuada.   

Mientras que el principio del intercambio desigual y la acumulación de riqueza en todos los sistemas anteriores era proporcionar seguridad socioeconómica y establecer la jerarquía social, el capitalismo ha construido un mecanismo que hace que el intercambio desigual se autoperpetúe, para que la acumulación de riqueza sea perpetua e ilimitada. El imperativo del capitalismo de obtener beneficios privados perpetuos, presente en todas sus fases, tanto preindustrial como industrial y postindustrial, genera condiciones sociales particulares que tienden a socavar la propia sostenibilidad del sistema capitalista: una brecha cada vez mayor entre las élites explotadoras, por un lado, y las masas explotadas, por otro, conduce a un aumento perpetuo de los potenciales insurreccionales de estas últimas, amenazando la estabilidad de todo el sistema. Salvar esa brecha sin cambiar la estructura de la sociedad se convierte en la tarea primordial del sistema capitalista en sus intentos de preservar el mecanismo de explotación incesante del trabajo y de acumulación ilimitada de capital. Por lo tanto, este sistema ha introducido un pegamento social hecho a medida para ocultar, pero también para cimentar, la polarización real de la sociedad. Este pegamento se ha diseñado como un ideal de unidad social absoluta, basado en el supuesto de que tanto los explotadores como los explotados nacen como iguales, con los mismos derechos, idénticos intereses e identidad común, y que juntos forman una entidad totalmente nueva, la nación.  

La nación se conceptualiza como una comunidad simulada cuya homogeneidad genera su poder sobre el territorio que habita y cuyo poder sobre el territorio que habita genera su homogeneidad. En otras palabras, la nación se concibe como una comunidad cuyas capacidades de homogeneidad social y soberanía política están en proporción directa: el poder de la homogeneidad crea el derecho a la soberanía, el poder de la soberanía crea la obligación de la homogeneidad. En la realidad histórica, política y social, la nación y el nacionalismo operan siempre de acuerdo con esta lógica. La nación, por su propia naturaleza, consiste en el nacionalismo. Parafraseando a Gellner, el nacionalismo no sólo inventa naciones donde no existen, sino que las propias naciones sólo existen en forma de nacionalismo: en la realidad social, la nación funciona como un discurso fluctuante más que como una entidad fija, sustantiva y duradera. En este sentido, las naciones funcionan como nacionalismos: las naciones son generadas y traídas a la existencia por sus respectivos nacionalismos; y las naciones siguen existiendo mientras las sociedades que han sido políticamente enmarcadas como naciones sigan siendo capaces de perpetuar sus respectivos nacionalismos.  

El Estado-nación surgió como superior a las otras formas de Estado que caracterizaban al capitalismo temprano -como la ciudad-estado y el imperio mercantilista- debido a su capacidad para proteger la dominación de la clase capitalista conteniendo sistémicamente el descontento potencial de otras clases. Para las élites capitalistas, el Estado-nación desempeña otra función importante: mientras que las poblaciones conformadas como naciones se aíslan cada vez más unas de otras por sus respectivas ideologías nacionalistas, límites simbólicos y fronteras físicas, y por tanto se vuelven cada vez más impotentes, las élites capitalistas refuerzan aún más su posición operando a través y por encima de estas ideologías, límites y fronteras, como una poderosa red transnacional. Finalmente, con el apoyo de la ideología del nacionalismo, el capitalismo rediseña todos los estados del mundo como estados-nación, mediante los cuales compran un billete imprescindible para entrar en el sistema capitalista global. Todos los regímenes comunistas y de izquierdas han recurrido al nacionalismo, basándose en este principio de obligación de compra, en su lucha permanente por convertirse en miembros de pleno derecho de este sistema.

El nacionalismo desempeñó con éxito el papel designado dentro del sistema capitalista hasta las últimas décadas del siglo XX. Sin embargo, la revolución neoliberal global, difundida bajo la etiqueta de globalización, ha ensanchado la brecha entre ricos y pobres hasta tal punto que el nacionalismo clásico, vinculado a los principios liberal-democráticos, ha dejado de ser capaz de ocultar esa brecha, habiendo hecho inestable, o incluso insostenible, el sistema capitalista. Por lo tanto, las élites capitalistas han identificado una posible solución en un resurgimiento del nacionalismo en una forma más robusta, no democrática y autoritaria. Esta forma de nacionalismo anuncia una nueva fase en el desarrollo del capitalismo, la fase del hipercapitalismo, en la que la explotación del trabajo y la acumulación de riqueza tienden a hacerse absolutas, apoyadas en métodos de gobierno abiertamente robustos y autoritarios.  

Este libro demuestra que el capitalismo necesita y genera el nacionalismo, tanto democrático como autoritario, como requisito estructural que acaba convirtiéndose en “conditio sine qua non” de su propia existencia. En otras palabras, no sólo no hay nacionalismo sin capitalismo; lo que es más importante, no hay capitalismo sin nacionalismo. 

Publicado por primera vez en 2022  

por Routledge  

4 Park Square, Milton Park, Abingdon, Oxon OX14 4RN 

  

y por Routledge  

605 Third Avenue, Nueva York, NY 10158 2022  

  

© Zlatko Hadžidedić 

  

ISBN 978-1-032-15970-6 (hbk) 

ISBN 978-1-032-15972-0 (pbk) 

ISBN 978-1-003-24652-7 (ebk) 

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