Puerta de embarque a los cielos de África

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El aeropuerto internacional de la ciudad nigeriana de Port Harcourt ocupa, desde el pasado 20 de octubre, el primer lugar en una clasificación poco honorable: el del peor aeropuerto del mundo. Así lo asegura la lista publicada por SleepingInAirports.net. Entre los comentarios de los usuarios destacan algunos que aseguran que “es también el aeropuerto más corrompido del mundo” y aconsejan “traer dinero suficiente para pagar sobornos”. Según los comentaristas su personal de tierra es antipático y no ayuda; en la terminal –poco limpia– no hay prácticamente asientos; el aire acondicionado no funciona; y la sala de llegadas es una tienda de campaña. En un lugar como este, lo mejor para un viajero es pasar poco tiempo esperando su vuelo.

Otro aeropuerto donde se recurre a las tiendas de campaña es el de Asmara, la capital de Eritrea. En este caso, la sala de espera para acoger –-más bien, tener a buen recaudo– a los pasajeros que quieren salir del país está situada a una buena distancia del edificio principal, lo que resulta bastante incómodo en las frías noches del invierno eritreo.

Si un aeropuerto es la primera impresión que queda grabada en la cabeza de un extranjero que visita por primera vez un país, y el primer factor que puede hacer que un visitante potencial decida convertirse en turista, no parece que esa sea una preocupación primordial de muchos Gobiernos de África. Ni un solo aeropuerto de este continente figura entre los 30 mejores del mundo (que incluye en sus primeras posiciones a los aeródromos de Singapur, Tokio, Taipéi, Hong Kong, Múnich, Helsinki y Vancouver) en la clasificación ya citada. No siempre es cuestión de tener medios: Nigeria –que según la misma clasificación tiene sus tres aeropuertos principales entre los más desastrosos del mundo– es la primera economía africana (por delante de Sudáfrica, que cuenta con tres de las mejores terminales del continente) y tendría dinero suficiente para invertir en infraestructuras. Uganda, sin embargo, que tiene un índice de desarrollo mucho más bajo que Nigeria, ha realizado desde 1990 tres reformas importantes de su aeropuerto internacional de Entebbe. La primera de ellas, por cierto, acometida por la empresa española Dragados.

Empecemos por este lugar nuestro recorrido por algunos aeropuertos africanos. Situado a orillas del lago Victoria, el aeropuerto de Entebbe es pequeño, pero funcional, limpio, bien organizado y agradable, sobre todo si uno puede permitirse entrar en el salón vip durante el tiempo de espera. Más detalles: el aparcamiento tiene suficiente espacio, y en la zona de salidas hay wifi gratis. En el salón de llegadas, tras pasar el control sanitario, nos encontraremos con suficientes cabinas para el control de inmigración de entrada, donde un turista puede presentarse con la tranquilidad de que le darán allí mismo, con rapidez, un trato amable y sin problemas, un visado de un mes por 100 dólares (hasta mediados de 2014 eran solo 50). En el lugar habilitado para la recogida de equipajes hay suficiente espacio, carritos disponibles para todos, y el recién llegado podrá incluso aprovechar el tiempo de espera para acercarse a alguna tienda a comprar una tarjeta telefónica, cambiar divisas o retirar dinero de un cajero. A la salida, los taxistas se alinean en orden sin atosigar al viajero ofreciendo sus servicios. Las tarifas suelen ser fijas y no es probable que nadie busque engañarte con el precio. Entebbe tiene solo dos inconvenientes: su distancia (40 kilómetros) de la capital, Kampala, que se recorren por una carretera donde hay monumentales atascos a todas horas, excepto de madrugada (es seguro hacer el viaje incluso de noche), y su zona de facturación, demasiado pequeña para el volumen considerable de compañías aéreas que operan allí y que ha aumentado en los últimos años, además de numerosos vuelos diarios de Naciones Unidas.

Terminales de pesadilla

Vayamos ahora al otro extremo del continente, al aeropuerto de Duala, en Camerún, que está en las antípodas de Entebbe no solo geográficamente sino también por lo que a atención al cliente y calidad de servicio se refiere. Si vamos a tomar un avión, debemos cerciorarnos de que agarramos bien las maletas al salir del taxi para evitar que alguno de los maleteros –supuestamente oficiales, o no– eche la mano encima de nuestro equipaje sin preguntarnos y corramos el riesgo de perderlo definitivamente de vista.

En la zona de espera antes de la facturación, este viajero ha visto durante las incontables veces que ha pasado por allí en los últimos tres años obras de reforma que parecen siempre estancadas y que dan un aire lúgubre al vestíbulo principal. Imposible sentarse en una silla, a no ser en el único restaurante –algo escondido en un rincón– donde uno puede, eso sí, disfrutar de un excelente ndole con carne si tiene la suerte de encontrar un lugar en una de sus escasas mesitas. Tras pasar por el control de pasaportes, uno debe armarse de paciencia para salir airoso de un control de seguridad que puede llegar a ser agresivo.

En una ocasión me quisieron quitar los pocos francos CFA que encontraron en mi cartera, poniéndome como excusa que no podía salir del país con la moneda local, a pesar de que se usa en los países de la Comunidad Económica de África Central y que me dirigía a Gabón, lugar donde residía entonces. Finalmente, tras un larguísimo pasillo poco iluminado donde algún policía deambulante puede amedrentar a algún pasajero que identifique como vulnerable por cualquier motivo, se llega a la sala de embarque, donde puedes ocupar unas incómodas sillas de plástico. Los servicios no suelen tener agua corriente. Algún viajero avispado podrá aprovechar el tiempo de espera acercándose a la sala vip y sentarse en el suelo para aprovecharse de la conexión a Internet que puede cogerse fácilmente a pocos metros del salón.

Peor es la llegada, donde la espera de las maletas puede demorarse hasta dos horas, y donde en el control de inmigración pueden recibirnos con cara de pocos amigos si no llevamos visado de entrada, aunque estemos en tránsito y solo necesitemos estar en el aeropuerto un breve espacio de tiempo para tomar otro vuelo de conexión.

Si cree que no puede haber un aeropuerto más desagradable que el de Duala, espere a ir al de Kinshasa Ndiji, lugar que es aconsejable evitar a toda costa de noche. El salón de salidas es pequeño y caótico, y en las llegadas uno puede esperar que le compliquen la vida, aunque venga con su visado y otros documentos perfectamente en regla. Tanto allí como en el resto de los aeropuertos de República Democrática de Congo, quien vaya a tomar un vuelo internacional tendrá que pagar antes el impuesto conocido como Go Pass, una tasa para mantenimiento del aeropuerto que uno no puede menos que preguntarse a dónde irá, dado el aspecto descuidado que tienen las instalaciones aeroportuarias en este país. Si uno tiene la mala fortuna de caer en manos de funcionarios desaprensivos, pasará varios malos tragos ante las exigencias inesperadas que le pueden cortar el paso a quien se las prometía muy felices: desde la falta de una supuesta vacuna contra la polio salvaje hasta un intimidatorio interrogatorio en el que un policía acusa al incauto blanco de “haber salido ilegalmente de Europa”, exhibiendo como prueba que falta el sello de salida de su país de origen.

Pero no caigamos en el afropesimismo, y seamos justos. En África hay aeropuertos más que dignos, donde el viajero puede esperar ser tratado con amabilidad, las instalaciones son buenas e incluso uno puede encontrarse con comodidades dignas de agradecer. Es el caso del aeropuerto internacional Mohamed V de Casablanca (Marruecos), uno de los más antiguos del continente (inaugurado en 1943) e importantísimo nudo de comunicaciones aéreas gracias a los vuelos a muy buen precio de la compañía Royal Air Maroc, que vuela a prácticamente todas las capitales de África occidental y central.

Durante el tiempo de espera, uno puede sentarse al lado de alguna de las columnas llenas de enchufes donde puede recargar la batería de su móvil, tableta u ordenador portátil. Si cree que es un detalle baladí, pruebe a buscar un enchufe público en Barajas y verá que excepto en alguna cafetería o salón vip es una empresa imposible.

Durante 2014, en el aeropuerto de Casablanca se realizaron reformas que lo han mejorado mucho y tiene hoy numerosos restaurantes y bares donde distraerse durante la espera. En uno de ellos, La Table du Marche, este viajero comió el pasado mes de octubre el mejor cuscús que ha probado en su vida. Hay también un hotel de módico precio dentro de la terminal, donde por unos 40 euros puede dormir y asearse si tiene que esperar muchas horas, sin necesidad de salir al exterior.

Grandes infraestructuras

Otros aeropuertos africanos que acogen cientos de conexiones a diario son los de Johannesburgo, El Cairo y el Jomo Kenyatta, de Nairobi. Este último, uno de los más transitados de África, sufrió en agosto de 2013 importantes daños en su terminal de llegadas internacionales por un incendio. Dos años después, la zona dañada había sido reparada y se aprovecharon las obras para ampliar también la zona de salidas, que se había quedado demasiado pequeña. También en este caso se habilitaron amplias zonas donde los viajeros pueden recargar sus baterías y conectarse a Internet gratis.

Uno de los aeropuertos más transitados es el etíope de Adís Abeba, situado en el floreciente barrio de Bole. Mucho más monumental, y con dos terminales, el viajero que tenga que esperar algunas horas para su próxima conexión respirará aliviado al ver alineadas numerosas hamacas donde poder echar una cabezada y superar el cansancio, todo un detalle que no es fácil encontrar en muchas terminales europeas. Al despertarse, uno puede disfrutar de un café bien cargado recién preparado a la manera tradicional, por un dólar. Las líneas aéreas de Etiopía, por cierto, tienen atenciones con el cliente que uno no se encuentra en todas partes, y si ocurre –como suele ser el caso a menudo– que uno llega a la capital etíope al caer la tarde y tiene su siguiente vuelo por la mañana, no tendrá que pasar la noche en la terminal, sino que a la llegada, la compañía  -tras hacerle pasar gratis el control de inmigración– le llevará a alguno de los hoteles próximos al aeropuerto, donde además de disfrutar de una magnifica habitación de cuatro estrellas, le servirán la cena y el desayuno. Muchos compañeros de viaje de este cronista piensan que es, en parte, una política comercial para animar al pasajero a pensar en Etiopía como su próximo destino vacacional.

Otros países de escasa población y territorio, pero con la visión de atraer a inversores, se han molestado en poner en pie estructuras de transporte aéreo de primera categoría. Es el caso del nuevo aeropuerto de Maya-Maya, en Brazzaville (República de Congo), con dos impresionantes y modernos módulos, el primero de ellos inaugurado en 2012 y el otro en 2014. Entre sus mejoras, una pista de aterrizaje de 3.700 metros. También en el aeropuerto de Kigali se emprendieron, de 2012 a 2014, importantes reformas para hacer que sus instalaciones pudieran acoger un número creciente de vuelos, unos 400 por semana actualmente. Su aerolínea nacional, Rwandair, que ofrece vuelos a precios muy competitivos a numerosos destinos, ha contribuido a que el aeropuerto ruandés haya experimentado un aumento notable de su tráfico aéreo.

Pero no todo son grandes infraestructuras, y lo más normal es que en numerosos países africanos nos encontremos con aeropuertos en miniatura, con pocos servicios, donde si uno llega en un vuelo lleno hasta la bandera y tiene la mala fortuna de salir al final, tendrá que estar al menos una hora antes de pasar por el control de pasaportes. Este viajero los ha conocido en lugares como Accra, Yuba, Buyumbura o Libreville. El de la capital gabonesa tiene una zona de salidas minúscula y aburrida. Imposible encontrar un triste bocadillo o una cerveza en el único bar –más bien chiringuito– si ya son más de las ocho de la noche. La única distracción es pasearnos por las dos tiendecillas de lujo donde uno puede admirar botellas de champan francés de 500 euros o joyas de varios miles de dólares que nadie parece estar interesado en comprar.

Terminemos este breve recorrido por los aeropuertos del continente africano con una visita al de Bangui, la sufrida capital de RCA, donde este cronista reside actualmente. Hace poco que empezaron tímidamente algunas obras de reforma, las primeras en muchas décadas. A pesar de sus modestísimas e inadecuadas instalaciones, en mi vida he visto un aeropuerto con tantos controles de seguridad: a la entrada hay que mostrar el billete y el pasaporte, para a continuación abrir la maleta para que revisen su interior. En una ocasión me hicieron pasar a la oficina para decirme que habían descubierto algo que no podía sacar del país. ¿Diamantes, quizás? No, boniatos. “Verá, es que mi esposa es africana y le gustan mucho las patatas dulces, pero si no se puede… qué le vamos a hacer”. “No, hombre, no, haber empezado por ahí, hay que tratar bien a la mamá de sus hijos”, me dijo el policía mientras me hizo pasar al siguiente control, antes de la caótica facturación. Unos metros más adelante hay que pagar 10.000 francos CFA de tasa de aeropuerto, después, dos controles de pasaporte, paso obligado por una minúscula oficina de la Gendarmería donde apuntan nuestro nombre, control de seguridad en la máquina, otro más del Ministerio de Minas para asegurarse de que no sacamos diamantes del país, revisión del bolso de mano, otro control de la propia compañía aérea en la sala de embarque, y dos más antes de entrar en el autobús que nos lleva al pie de la escalerilla del avión, donde parece que pasamos el último. Eso sí, en ningún control nos han pedido que les demos nada.

Al subir la escalerilla miro a un lado y veo el inmenso campo de desplazados al final de la pista de aterrizaje, que la gente cruza despreocupadamente para ir a sus barrios de origen bajo la mirada de los soldados de la misión de paz de la ONU. Una visión poco habitual para un aeropuerto.

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