Caída previsible del Gobierno francés en un momento crítico
Moción de confianza a la desesperada del primer ministro francés, François Bayrou, que se ventilará en la Asamblea Nacional el próximo 8 de septiembre y todos los pronósticos apuntan a que tal apuesta se saldará con una estrepitosa derrota
Toda la izquierda, desde el Partido Socialista de Oliver Faure a la más extremista de la Francia Insumisa de Jean-Luc Mélenchon ya han anunciado su voto en contra, lo mismo que la extrema derecha del Reagrupamiento Nacional de Marine Le Pen. Como consecuencia, el presidente Enmanuel Macron saldrá aún más debilitado, puesto que Bayrou será, después de la moción de censura a Michel Barnier, el segundo jefe de Gobierno desautorizado por la Asamblea Nacional en apenas un año.
Ante la intransigencia de las fuerzas políticas a aceptar su diagnóstico sobre el sobrendeudamiento del país, François Bayrou pretendía convencer a la opinión pública de la bondad de sus propuestas de austeridad y recortes “cuando el país se encuentra en un momento crítico”. Para ello, desplegó una intensa campaña mediática, compareciendo sucesivamente en prensa, radio y televisión, en un intento por demostrar el divorcio entre el país y la clase política.
La maniobra produjo el efecto contrario, así que la crispación popular aumentó. Acostumbrados los franceses a un generoso Estado de Bienestar, que ha hecho del país uno de los más dadivosos en términos de prestaciones y ayudas sociales, no transigen ahora con medidas como recortar en 44.000 millones de euros el presupuesto nacional, suprimir dos días festivos anuales para destinarlos a enjugar la descomunal deuda de 3,3 billones de euros, la congelación de las pensiones, la reducción de muchos capítulos de las ayudas sociales y, en fin, el previsible y simultáneo aumento de los impuestos, cuando solo la fiscalidad directa que padecen los ciudadanos se eleva al 45,6 %, según datos de Eurostat.
Si la clase política se proclive a unas elecciones generales anticipadas y a unas presidenciales, el pueblo tampoco parece cambiar mucho sus hábitos de protesta. Por ejemplo, ha aparecido un movimiento bastante nebuloso, denominado Bloqueemos Todo, que anuncia para el 10 de septiembre, o sea tan solo dos días después de que se debata la moción de confianza, una paralización total del país. Algo que se parece mucho a los Chalecos Amarillos, que amargaron el final de la primera presidencia y el principio de la segunda de Macron.
Por si esto fuera poco, ha aparecido una campaña, con el lema “Nicolas, el que paga todo”, que pretende sintetizar en un personaje denominado Nicolas el hartazgo del francés medio, que se supone trabaja duro y paga sus impuestos a los que considera cuasi confiscatorios, por lo que él se ve desposeído crecientemente de lo que cree merecer por su esfuerzo. Apenas asciende en la escala social y económica al estar agobiado por un sistema que recorta su poder adquisitivo so pretexto de atender a una cantidad creciente de cargas sociales.
La campaña está haciendo furor y ha conseguido dividir al país, ya que mientras los políticos autodenominados progresistas señalan al tal Nicolas como “racista, clasista e insolidario, combinación perfecta del autoritarismo libertario”, los que dicen situarse en el centro y la derecha del espectro político defienden que representa “el hartazgo de que sobre las cansadas espaldas de este ciudadano medio recaiga la abrumadora carga de las prestaciones a los jubilados, desempleados, inmigrantes y familias en situación precaria”.
Mensajes difundidos a través de la red X describen que Francia destina el 31,5 % de su PIB al gasto social, es decir dos puntos más que Alemania e Italia, superior en tres puntos al de España y cuatro por encima de Dinamarca, concluyendo en que tal cantidad habría que recortarla imperiosamente.
“Gastar menos; producir más”, la conclusión a la que llegaba François Bayrou tras su diagnóstico sobre la “crítica” situación de Francia parece, pues, que no evitará su caída, “un suicidio político” en palabras de Renacimiento, el movimiento que sostiene directamente al presidente Macron, y cuyos diputados auguran en consecuencia una nueva y grave crisis en Francia. Quizá sería más realista señalar que es la misma crisis, solo que el deterioro solo hace que acelerarse según no se resuelven los graves problemas que aquejan al país, y los ciudadanos aumentan su desagrado cuando comprueban que cada vez llegan con más penalidades a fin de mes.