Un verano griego: Crónica de un viaje al centro de la crisis

Daniel Serrano desde Grecia, en exclusiva para diarioabierto.es http://www.diarioabierto.es/262200/un-verano-griego-cronica-de-un-viaje-al-centro-de-la-crisis

Varoufakis asoma su sonrisa de medio lado por una callejuela de Atenas que conduce a la sede del Ministerio de Economía. Llega a pie después de haber aparcado la moto en la que suele desplazarse. Los periodistas reclaman su palabra y los turistas (me incluyo) hacen fotografías como si fuese una estrella del rock&roll.

Corralito en Patmos o la crisis griega desde la isla del Apocalipsis.

Es una estrella del rock&roll.

La edición griega de Esquire le presenta en portada luciendo su porte de galán no exento de una chulería que, según dicen, luego queda desmentida por unos  exquisitos modales.

El caso es que, apenas a unas horas de que los griegos voten en referéndum Sí o No a las exigencias de austeridad provenientes de Bruselas, nos hemos cruzado por una calle de Atenas con Varoufakis y a la vuelta de la esquina los griegos hacen cola en los cajeros con gesto de resignación.

Los corresponsales extranjeros beben café en las omnipresentes terrazas en torno a la plaza Syntagma, legiones de turistas sudan entre las ruinas del Partenón y la vida sigue como si el fin del mundo no estuviera cerca.

Si uno busca aquí la tragedia ha de fotografiarla (con cierto grado de demagogia) en la angustia de algunos ancianos aguardando su turno a la puerta de las sucursales bancarias. Dos de ellos espantan a gritos a un equipo de televisión, hartos de que se les grabe para ilustrar los efectos de un corralito con el que Alexis Tsipras ha desafiado al mundo.

Llevamos 12 días en Grecia y el abismo se ha ensanchado desde que aterrizamos. El 22 de junio, perdidos en diferentes autobuses y tranvías tratando de llegar al centro de Atenas, una pareja de ancianos nos cuenta que hay manifestación en Syntagma. Ella es francesa y su marido es griego. Acuden a la convocatoria para exigir que Grecia permanezca en la Unión Europa.

En el hotel preguntamos a la recepcionista

– La manifestación ¿es contra el gobierno.

– No, no, no… Bueno, creo que no… Tal vez contra Varoufakis. Él siempre dice a Europa no, no, no y no. Pero Tsipras es diferente.

El hotel está en el barrio de Omonia, a donde la gentrificación (está claro) no ha llegado. Los últimos mohicanos de la heroína resisten en tugurios infectos, hay prostitutas por las esquinas y en el suelo pueden verse jeringuillas. Llevaba sin ver una chuta usada en el suelo desde mi infancia de niño vallecano en los años 80.

Si fuera periodista de ‘The New York Times’ tal vez podría utilizar este escenario como ejemplo de los estragos de la crisis en Grecia. Pero no. Este paisaje de comercios cerrados, edificios ruinosos y fachadas teñidas por la polución lleva así desde antes de la depresión económica.

En realidad, resulta difícil para un visitante ocasional observar el drama de la crisis económica griega. Pero todo el mundo sabe que está ahí. En Mykonos, el dueño de una agencia de alquiler de coches, nos lo comenta:

– Las islas no son Grecia. Aquí hay turistas, hay dinero.

Pero en el resto de Grecia la situación es extrema. Hay niños que van al colegio sin comer, hay hambre… Pero yo votaré Sí.  Porque ¿después de No qué sucedería? Nadie lo sabe. Si gana el Sí las cosas seguirán siendo muy duras pero sabremos a qué atenernos.

Sin embargo, eso será después. Todavía estamos empezando nuestro viaje y aquí, en Atenas, lo que hallamos son las formas de una urbe globalizada en las calles más céntricas (Starbucks, H&M, Zara…) y, un poco más allá, los detalles que revelan que estamos en Grecia. Los comercios con una mesa y dos sillas a la puerta, donde los tenderos fuman y beben café helado y hacen tertulia con quien tenga a bien sentarse junto a ellos. Los gritos en crescendo cuando entra el visitante en el mercado central, reclamando atención al género fresco que se muestra en un pandemónium de cabezas de pescado y costillares sangrantes. Algún señor mayor que tiene entre sus manos el rosario típico de las zonas rurales mientras consume cigarrillo tras cigarrillo, ya que los griegos son incansables fumadores.

Y en Atenas, claro, la conversación que (una y otra vez) se repetirá a lo largo de nuestro viaje:

– ¿Españoles?

– Sí.

– ¡Podemos!

Pablo Iglesias es tan conocido en Grecia como en España y en el barrio universitario, con las fachadas de los edificios ensuciadas de pintadas reivindicativas, las librerías venden un volumen en el cual el líder de Podemos sonríe en la cubierta.

En nuestro segundo día de viaje, tras contemplar el horror que supone una Acrópolis absolutamente devastada por la presencia incontrolada de turistas (me incluyo), subimos al monte Licabeto. Atardece y el crepúsculo pinta de oro los mármoles del Partenón y vemos el verde de los olivos en las colinas que rodean la ciudad y dos soldados, ayudados por un vendedor de souvenirs, arrian la bandera griega. Desde Syntagma llegan los gritos de los jubilados, que hoy se manifiestan iracundos exigiendo al gobierno que no ceda a la pretensión de Bruselas de recortar sus pensiones.

Es 23 de junio y Grecia todavía está en la mesa de negociación del Eurogrupo.

Volamos a Mykonos y partimos hacia otra Grecia. Quedan lejos (lejísimos) las convulsiones de Atenas y nuestros anfitriones, Kostas y Kali, nos cuentan que la isla está ya repleta de visitantes y nos ruegan que tengamos cuidado al conducir. Porque Grecia es el país europeo con mayor índice de siniestralidad en carretera. Y si los griegos conducen con cierta tendencia a la temeridad, súmese a ello una masa de turistas con motocicletas, quads y vehículos de toda condición con ganas de recorrer la isla a toda velocidad.

Más allá del tópico (o incidiendo en el tópico) Mykonos es una isla muy bella. Ventosa y árida, aquí se ha construido mucho pero, al menos, no se han levantado grandes rascacielos al estilo de lo que vemos en la costa levantina o Baleares. Todo son casitas blancas que refulgen sobre el amarillo de un paisaje que se agosta camino del enésimo verano del amor. Porque a Mykonos vienen miles de personas en busca del verano del amor aunque también hay lugar para la quietud. Como un eco lejano, los televisores agitan una permanente polémica a través de interminables programas de debate. En la BBC, desde una azotea, relata la situación del país un corresponsal gordito. Le reconocemos. Cenaba junto a nosotros en un restaurante en Atenas. El mundo es un pañuelo.

También hay que hablar de los gatos. Los gatos son habitantes multitudinarios de las islas. Pasean su donaire y su expresión indiferente por cada rincón. Adornan cada calle y piden a los visitantes una raspa con la que alimentarse. Y los visitantes se la ofrecen.

En el ferry rumbo a Patmos, la isla donde (según la tradición) escribió San Juan su Libro de las Revelaciones o Apocalipsis, las grandes pantallas de televisión retransmiten el debate parlamentario sobre la convocatoria de un referéndum para que el pueblo griego se pronuncie acerca del plan que el Eurogrupo quiere imponer a Grecia.

Alexis Tsipras ha lanzado la bomba atómica y en Patmos nos encontraremos con un corralito de dimensiones jamás conocidas en Europa.

Si en Mykonos las convulsiones políticas parecían lejanas, en Patmos nos introducimos en otro mundo. Todo va más lento. Es esta una isla de monasterios y capillas, popes en motocicleta, burros al sol y turistas italianos que tocan el claxon, actividad ésta a la que son muy aficionados los turistas italianos como todo el mundo sabe.

En Patmos los camareros son de Syriza (y de Podemos).

En la bahía de Diakoftis, cenando en un magnífico restaurante dentro de un singular astillero donde se reparan embarcaciones de recreo y de pesca, quien nos sirve la deliciosa ensalada griega y el pescado de la isla expone su tesis:

– Si hay que volver al dracma, bienvenido sea. No podemos continuar así. Si la gente no tiene para comer, si no hay buena educación y sanidad pública, ¿para qué sirve el euro? En todo caso, seguiremos en Europa.

Hay una convicción profunda en los griegos: seguirán siendo Europa.

Al día siguiente, cenando sobre la arena de la playa en Skala, otro camarero repite similares argumentos:

– Si salimos del euro tal vez tendremos uno o dos años malos pero luego la economía remontará. Tenemos a Rusia y tenemos el turismo..

– ¿Rusia?

– Sí, Rusia es un país amigo. Compartimos la misma religión. Y luego está Turquía. A Patmos vienen muchos turistas turcos, estamos apenas a una hora en barco. Turistas muy occidentales, nada islamistas…

Resulta que Patmos abre los brazos a los turcos, las vueltas que da la Historia teniendo en cuenta que esta isla ha sido asolada por genoveses, venecianos y, sobre todo, turcos. De hecho, Patmos es Grecia desde hace relativamente poco. Tal vez por eso, por tener una larga tradición de catástrofes e invasiones a las espaldas, los habitantes de esta pequeña isla del Egeo se toman las cosas con calma.

En el primer día del corralito acudimos a un cajero y las escenas de histeria que las televisiones y los periódicos difunden no tienen lugar aquí. Hay una mochilera estadounidense esperando para sacar dinero. Algún turista más también. El máximo de 60 euros funciona para los griegos pero nosotros sacamos 80 sin problema. También se puede pagar con tarjeta en casi todos lados. Aunque algunos establecimientos comienzan a ser reticentes. En la Vangelis Taverna, donde sirven deliciosas especialidades griegas en lo alto de la montaña, en una plazoleta de Hora, nos comentan que debido a la situación del país tienen que cobrar en metálico.

Patmos es la Jerusalén del Egeo, 2.500 habitantes en medio del mar. Aquí enviaron al exilio a Juan El Evangelista y se refugió en una cueva mirando al impresionante azul del mar. Las grietas de su cueva le dictaron el psicodélico Apocalipsis y hoy esa gruta santa es visitada con devoción (por unos) y con curiosidad cansada (por parte de los cruceristas).

El día en que el corralito llegaba a Grecia había en la cueva del Apocalipsis tan solo un matrimonio de mediana edad besando repetidamente reliquias y libros sagrados. A la entrada de la gruta, convertida en santuario, un pope de largas barbas y sotana se espantaba las moscas y saludaba al recién llegado con un ligero movimiento de cabeza.

Grecia vive (quizás) el fin del mundo pero aquí en Patmos las cosas siguen como si nada sucediese. Al atardecer bebemos vino blanco frente a una hermosísima ensenada de aguas calmas, donde un ligero viento agita las barcas. Las mesas están sobre la tierra del camino. A nuestro lado se sienta un pope barbado y grandón, con gafas Ray-Ban de piloto. Viene con un niño. Ambos meriendan. Dos parroquianos se sientan con ellos y comienza la charla. Pasa un campesino en burro y regala a los de la tertulia unos pepinos. El pope, con el rosario en su mano derecha y una cerveza en su mano izquierda, pontifica con grave voz de púlpito. El niño, con gafas de cristales gruesos y zapatos de domingo, se aburre y se acerca al agua a explorar sus honduras con un palo. Cae el sol y esta estampa parece sacada de otro tiempo.

No pasa nada en Patmos. Tal vez suceda. Pero ¿cómo asustar a unas gentes a las que le anunciaron hace siglos el apocalipsis, dictado por el sonido de unas grietas en una cueva de la montaña?

Antes de despedirnos de la isla tomamos una copa en un restaurante que regenta una dama de Miami. Abre su establecimiento cuatro meses al año y luego vuelve a Estados Unidos hasta la siguiente temporada vacacional.

– No es bueno lo que está pasando aquí. España es diferente, es otro tipo de país. Pero Grecia. No. No es bueno.

Y, sin embargo, en el fondo parece confiar (igual que muchos griegos) en que al final las cosas se encaucen. Grecia sobrevivirá. Como han sobrevivido estas islas a incursiones violentas de piratas y conquistadores.

Regresamos a Mykonos en ferry para tomar un avión a Atenas. Si el viaje de ida a Patmos había sido un encantador trayecto al estilo Vacaciones en el mar lo que nos encontramos a la vuelta es diferente. Cientos de familias turcas abarrotan el barco, dormitan en los asientos o directamente en el suelo, hay un joven que ejecuta sus oraciones, resulta complicado encontrar un sitio donde pasar tranquilamente el viaje.

En cubierta la situación resulta idéntica.

Esto también es Europa. Las migraciones que cruzan el continente. Ajenos al ruido de la actualidad, estos hombres y mujeres (y muchos niños) viajan a Atenas. Tal vez sigan camino a Alemania. Tal vez vuelven de vacaciones o van a visitar a parientes. Desconocemos su destino. Resulta extraño ser minoría en un barco atestados de mujeres con pañuelo en la cabeza y jóvenes de tez apenas un poco más morena que la nuestra. Como si de una nave de refugiados se tratase.

Y, de nuevo, emprendiendo la vuelta a casa, parada en Mykonos. Ha entrado el mes de julio y se nota muchísima más presencia de turistas en la isla. La comunidad gay tiene en estas costas un lugar de vacaciones importante. Todo el mundo parece feliz y contento y lo que tenga que suceder sucederá. El tipo de la agencia de alquiler de automóviles nos dice que hace diez años había el doble de turistas, que ya no es como antes. Menos mal, pensamos.

– Por cierto, casi no hay españoles. Dejaron de venir hace un par de años. ¿Por la crisis?

Es verdad. Son pocos los españoles que nos cruzamos en nuestro periplo. Tampoco hay muchos alemanes. La mayoría son ingleses e italianos. Basta y sobra para llenar la isla y hacer de las carreteras un infierno para quien conduzca prudentemente. Al día siguiente, toca regresar a Atenas.

Y en Atenas de nuevo, a apenas unas horas del referéndum, la plaza Syntagma se prepara para una gran manifestación de apoyo al No. Hablará Tsipras y hay carteles donde la palabra Oxi (No en griego) está bajo la imagen amenazadora del rostro de Wolfang Schäuble, el temible ministro de Finanzas alemán.

Unas calles más allá, en el barrio adinerado de las embajadas, predominan los carteles del Nai (Sí en griego). Hay menos colas en los cajeros y las tiendas de ropa cara atienden a una clientela en la que cuesta hallar rastro alguno de inquietud.

Varoufakis sonríe al entrar a su ministerio y los turistas le fotografían como la estrella del rock&roll que es.

Grecia está en la cuenta atrás y nadie sabe qué va a pasar. Pero si algo tienen claro los griegos es que, con una moneda u otra, ellos son europeos. Tan europeos como Angela Merkel y demás líderes de las naciones ricas que pretenden la rendición sin condiciones de un país orgulloso, habituado a pelear a la contra.

Y los crepúsculos de Grecia son mucho más Europa que la puerta de Brandenburgo.  Cuando despega el avión dejamos atrás el humo de un incendio que tal vez sea origen de algo nuevo.

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