Opinión

La hora de la verdad para Netanyahu

El primer ministro israelí anunciando su intención de anexionarse el valle del Jordán

Los últimos sondeos electores hechos públicos en los días inmediatos a los comicios en Israel, muestran una apatía del electorado que sitúa al Likud de Benjamin Netanyahu y a la coalición Kahol Lavan/Yair Lapid que le disputa el poder en un empate técnico a 32 escaños. 

En términos de bloques, las estimaciones proyectan 58 escaños para los partidos situados en la derecha del espectro político y 53 para sus rivales a la izquierda, lo que deja a ambos por debajo del umbral de 61 escaños necesario para formar gobierno sin incorporar a los nacionalistas del Yisrael Beiteinu. Presumiblemente, el temor a otro veredicto irresoluto en las urnas y el nudo en el estómago causado por la caída en desgracia del gavilán Bolton, llevaron a Netanyahu a elevar la apuesta electoral prometiendo la anexión del Valle del Jordán, 1/4 del territorio ocupado en Cisjordania, lo que situaría a los aproximadamente 50.000 palestinos que habitan la zona disgregados en enclaves, bajo una suerte de limbo legal en el que probablemente carecerían de derechos cívicos merecedores de tal calificativo.

Aunque la Casa Blanca ha optado por la callada como respuesta, Netanyahu exclamó que sus planes de anexión habían sido concebidos en estrecha coordinación con la administración Trump (a pesar de que un plan sospechosamente similar fue publicado en 1995 en su libro “Un lugar entre las naciones”; a su vez una adaptación moderada del plan de Plan Allon de 1967); que en cualquier caso tiene previsto publicar sus planes para la región antes del inicio de la precampaña electoral norteamericana, manteniendo en vilo por igual a líderes europeos y árabes, a quienes no se les escapa el común interés de Israel y EEUU por debilitar el proyecto europeo por su oposición a los asentamientos judíos en Cisjordania, tal y cómo reconoció el antiguo embajador israelí en Washington y miembro del gabinete de Netanyahu, Michael Oren, y nunca ha ocultado Donald Trump.
 

Esta coyuntura aumenta la presión en Palestina para subscribir un acuerdo facilitado por Washington, algo a lo que hasta ahora se ha resistido el liderazgo palestino, que ha ignorado las llamadas del yerno de Trump Jared, para que se sienten en una mesa negociadora. La obtención de una mayoría suficiente y contra pronóstico de Netanyahu, podría forzar a los palestinos a reconsiderar su postura, aunque sólo fuese por razones tácticas, y para no dar a EEUU una coartada plausible para imponer su plan sin contar con Palestina. 

Desde este punto de vista, parece más inteligente formar parte de las discusiones y buscar apoyos en Europa para que el plan Kushner incluya al menos el reconocimiento de Palestina como estado y se produzca la devolución de una parte sensible de los territorios en liza. No parece que prolongar la situación actual pueda producir nada positivo para Palestina, y sí en cambio aumentar el riesgo de la imposición de una solución sin la agencia de los palestinos al situar el problema en la clave de fait accompli que pueden permitirse EEUU e Israel. 

Por más que parece improbable que a largo plazo un cumplimiento de la promesa de anexionarse territorios árabes beneficie a Israel, parece obvio que a medio plazo las consecuencias negativas para Palestina serían potencialmente irreversibles. Se estiman ya en más de 800.000 los israelíes asentados en Cisjordania sólo durante el mandato de Netanyahu. La cristalización de esta política mediante una anexión haría prácticamente inviable el desalojo de los colonos, y por ende la viabilidad de un estado palestino así fragmentado, a la par que crearía las condiciones ideales para exportar los resultados de los problemas de convivencia a los países limítrofes, y por extensión, a la Unión Europea. 

Por lo tanto, por más que la promesa de anexión hecha por Netanyahu tenga una motivación próxima de carácter tacticista, para tratar de sumar votos de la derecha, en particular los de la popular ex-ministra de justicia Ayelet Shaked, subyace en la proposición un acicate estratégico de peso, basado en el antes mencionado Plan Allon, que no está  exento de importantes resonancias religiosas y fundacionales, en tanto que atañe a la “tierra bíblica” cisjordana que según el credo sionista fue otorgada al pueblo hebreo por Yahvé, lo que se materializó al ser conquistada por Israel en la guerra de los Seis Días. 

El situar la disputa entre israelíes y palestinos en términos mesiánicos hace que el problema sea intratable para importantes sectores transversales de la población israelí, pero también para un número notable de fundamentalistas evangélicos norteamericanos cuyo apoyo es vital para contar con el respaldo de la Casa Blanca a la política exterior israelí, que, a ojos de Netanyahu, no es tan firme como lo fue cuando Trump reconoció a Jerusalén como capital de Israel, y trasladó allí la Embajada de EEUU, o asumió la soberanía israelí sobre los Altos del Golán. Lo que hace particularmente peligroso el gambito de la anexión ahora es que implica asumir la renuncia tácita a salvaguardar la separación entre la seguridad de Israel y la lucha partidista, en un momento en el que la política exterior norteamericana carece de claridad y consistencia.