Entre armas y narrativas: filosofía de un mundo al borde del conflicto

Policías de Hamás hacen guardia después de desplegarse en las calles para mantener el orden, tras un alto el fuego entre Israel y Hamás, en la ciudad de Gaza, el 20 de enero de 2025 - REUTERS/ DAWOUD ABU ALKAS
Policías de Hamás hacen guardia después de desplegarse en las calles para mantener el orden, tras un alto el fuego entre Israel y Hamás, en la ciudad de Gaza, el 20 de enero de 2025 - REUTERS/ DAWOUD ABU ALKAS
“En un momento dado, cuando los tambores suenan por todas partes, comprendemos que el silencio ya no es una opción, sino el preludio de la guerra”

Hoy, el mundo no se encuentra en tensiones pasajeras ni en vacilaciones diplomáticas temporales, sino en un proceso de reconfiguración radical de la conciencia global, marcado por el fuego y la sangre. 

Alemania anuncia un aumento en su presupuesto de Defensa y en el número de soldados, como si declarara la muerte de los traumas de la Segunda Guerra Mundial y volviera a posicionarse como un actor central y armado. Francia, por su parte, prueba planes de movilización como si recordara 1914 y 1939, como si París entendiera que la era de la complacencia europea ha terminado. Gran Bretaña eleva su presupuesto de Defensa al nivel más alto desde la Segunda Guerra Mundial, una decisión que no es económica, sino un reconocimiento de que los días de la supremacía naval y financiera han pasado y que la “protección militar” es ahora la garantía de supervivencia internacional. 

Turquía, obsesionada con su lugar histórico, corre contra el tiempo para desarrollar su industria militar y construir refugios, consciente de que lo que viene no dejará espacio para la neutralidad. China, con su fría mesura, revela armas nucleares de terror, enviando un mensaje silencioso pero resonante al mundo occidental: “No somos solo la fábrica de sus bienes, somos la fábrica del final posible”. Rusia, sin rodeos, anuncia que sus misiles alcanzan todas las capitales europeas en minutos, desafiando a la OTAN: “Acérquense y vean lo que haremos”. 

Mientras tanto, Estados Unidos abandona la máscara de la diplomacia y cambia el nombre del Departamento de Defensa a Departamento de Guerra, un retorno a su esencia desde 1945, reconociendo que lo que se avecina no será defensa, sino guerra ofensiva para reconfigurar el mundo. 

Estos eventos no son aislados, sino episodios de una misma secuencia, cuyos hilos convergen en un pequeño epicentro llamado Gaza. Gaza, aún bajo una guerra de exterminio, no es solo un territorio; es un espejo que refleja la caída de todas las narrativas. La narrativa israelí se ha desplomado ante la conciencia occidental colectiva, y por primera vez desde 1948, los medios occidentales ya no pueden difundir mentiras sin enfrentar un despertar masivo. Gaza deja de ser solo una causa palestina y se convierte en el nodo central que revela la fragilidad del sistema internacional y expone la hipocresía occidental. 

En términos de psicología colectiva, cuando las máscaras caen de repente, surge un sentimiento de caos y el impulso de reconstruir un nuevo orden a cualquier costo. Este escenario muestra que Occidente se rearma no solo para enfrentar a Rusia o China, sino para enfrentar el colapso de su legitimidad interna. Europa teme las revoluciones internas ante la inflación y las guerras por poder, y Estados Unidos teme el quiebre de su imperio financiero, regresando a su estrategia antigua: militarizar el mundo. 

Pero el conflicto no es solo político; es civilizacional y psicológico. Hoy, el mundo está dividido entre dos niveles de conciencia: uno antiguo que ve la seguridad en más armas y disuasión nuclear, y otro nuevo, nacido en las calles que claman por Palestina, en los estudiantes universitarios que desafían los lobbies mediáticos y políticos, en millones que observan las masacres desde sus teléfonos sin intermediarios. Esta nueva conciencia es la amenaza más profunda al sistema, porque desnuda la fragilidad del equilibrio global y demuestra que ninguna arma puede dominar una idea. 

Es el mismo tiempo que describió Hobbes como “la guerra de todos contra todos”, pero hoy no solo se traduce en conflictos estatales, sino en choques de narrativas. Occidente rearma sus Ejércitos, Rusia exhibe su fuerza, China amenaza con su poder nuclear, y Medio Oriente oscila entre las heridas de Gaza y sus repercusiones. Pero debajo de la superficie hay un conflicto más profundo: ¿quién tiene derecho a definir la justicia? ¿Quién tiene derecho a narrar la verdad? 

Los sistemas declaran su preparación para la guerra, pero los pueblos descubren que la gran guerra ya está en marcha: es la guerra de la conciencia. Gaza no es solo víctima; es reveladora. Ha expuesto las contradicciones de Europa entre valores y conveniencia, mostrando que la democracia enseñada en universidades occidentales colapsa frente a los lobbies que deciden quién vive y quién muere. Por ello, se puede decir que Gaza es la universidad que enseña al mundo el significado de la resistencia, que demuestra que una ciudad devastada puede exponer la fragilidad de toda una civilización. 

La historia nos recuerda que las carreras armamentísticas no previenen la guerra; la aceleran. Antes de la Primera Guerra Mundial, Europa vivía una carrera armamentística similar; antes de la Segunda, los países invertían en fábricas de armas con la misma lógica: la disuasión garantiza la paz. Pero la disuasión no impidió la explosión; la precipitó. Hoy se repite el escenario: armamento, discursos de odio, divisiones globales y un epicentro pequeño: Gaza. 

Lo que hace esta etapa más peligrosa es que la tecnología ha trasladado la guerra a la conciencia global. Drones, inteligencia artificial, misiles intercontinentales y medios digitales han difuminado fronteras. La guerra de Ucrania ya no es solo europea; es global por delegación. La guerra en Gaza ya no es solo contra un pueblo pequeño; es contra la verdad misma. 

Quizás por eso vemos a todos afilar sus cuchillos: saben que el sistema global post-1945 se derrumba, y que lo que viene no será solo una redistribución del poder, sino una redefinición del ser humano: ¿quién merece vivir? ¿Solo el occidental blanco, o la sangre palestina tiene el mismo valor en las nuevas escalas de justicia? 

El mundo, por lo tanto, no solo se prepara para un desastre militar, sino para un colapso de significado. Cuando el sentido se derrumba, las armas se convierten en el último lenguaje. Pero en medio de todo este ruido, la voz de Gaza permanece como brasa bajo las cenizas: recordando que las ideas no pueden ser vencidas, que una narrativa alternativa ya ha nacido, y que la conciencia popular tiene el poder de reconfigurar el futuro. 

Puede parecer que el mundo avanza hacia choques históricos enormes, pero tal vez estos choques sean un parto del cambio más que una muerte. Como nos enseñó Nietzsche: “Uno debe tener un caos dentro de sí para dar a luz a una estrella danzante”. 

Abdelhay Korret, periodista y escritor marroquí