Cuando el fútbol se convierte en el espejo del desorden: Marruecos y la lógica de la isla

Los marroquíes Youssef En-Nesyri, Abde Ezzalzouli y Nayef Aguerd se muestran abatidos tras el partido - PHOTO/ REUTERS
Los marroquíes Youssef En-Nesyri, Abde Ezzalzouli y Nayef Aguerd se muestran abatidos tras el partido - PHOTO/ REUTERS
Una vez más, el fútbol africano revela su rostro más áspero cuando se acerca a los momentos decisivos

La final entre Marruecos y Senegal no fue solo un partido, sino una prueba ética y conductual para un continente que aún no logra separar el deporte del caos, ni la competencia del descontrol. En unas gradas que debían celebrar el espectáculo, predominó la tensión; y en un entorno que debía festejar el logro, se impusieron reacciones primarias, como si el progreso siguiera siendo un invitado incómodo en una conciencia colectiva que aún no asimila el verdadero significado del juego limpio.

<p>Jawad El Yamiq, de Marruecos, parece abatido tras el partido - REUTERS/ AMR ABDALLAH DALSH</p>
Jawad El Yamiq, de Marruecos, parece abatido tras el partido - REUTERS/ AMR ABDALLAH DALSH

Marruecos, que ofreció a África la mejor organización en la historia de sus torneos —con infraestructuras modernas, estadios de nivel internacional y una logística eficiente—, demostró que avanza por un camino distinto al de la improvisación. Sin embargo, la paradoja es que este avance no siempre se recibe con reconocimiento, sino con sospechas y provocaciones, como si el éxito fuera una falta que mereciera ser cuestionada. 
El comportamiento de algunos actores, especialmente el seleccionador de Senegal no estuvo a la altura del momento. En lugar de centrarse en el rendimiento deportivo, optó por un discurso cargado de insinuaciones y polémicas.

<p>Los aficionados marroquíes se muestran abatidos tras el partido - REUTERS/ AMR ABDALLAH DALSH</p>
Los aficionados marroquíes se muestran abatidos tras el partido - REUTERS/ AMR ABDALLAH DALSH

Este tipo de “estrategia fuera del campo” no refleja fortaleza, sino una fragilidad mental frente a una experiencia organizativa y deportiva que superó ampliamente los estándares habituales del fútbol africano.

Aquí cobra sentido la idea del pensador Abdallah Laroui sobre “Marruecos como isla”. El país, por sus elecciones históricas, ya no se rige por la lógica del rebaño, sino por la de un Estado que planifica, construye e inviste en el futuro. Mientras otros siguen atrapados en la reacción emocional, Marruecos apuesta por la estabilidad, la modernización y la visión a largo plazo. La diferencia ya no es solo de medios, sino de mentalidad.

Cuando surgen voces críticas y ruidosas, es señal de que el camino avanza. Marruecos no necesita aplausos de un entorno inestable, porque el verdadero éxito se mide en la continuidad del progreso, no en el reconocimiento externo.

<p>Los aficionados marroquíes en las gradas se muestran abatidos tras el partido - PHOTO/REUTERS</p>
Los aficionados marroquíes en las gradas se muestran abatidos tras el partido - PHOTO/REUTERS

Tal vez ha llegado el momento de que los marroquíes se pregunten con honestidad: ¿por qué seguir atados a un espacio deportivo que no acompaña nuestras ambiciones? ¿Por qué no aspirar a competir en contextos donde primen las reglas, la profesionalidad y la serenidad? El fútbol europeo, con su rigor organizativo y su cultura competitiva, parece más cercano a la lógica del Marruecos moderno que ciertos torneos marcados por la tensión y la improvisación.

Marruecos no avanza porque otros retrocedan, sino porque su rumbo es distinto. Una isla en medio de un mar agitado, que navega sin prestar atención al ruido de fondo.